Por: Antonio Alfaro 25 octubre, 2015

Ahora que las piernas ya no duelen, ahora que el corazón palpita a ritmo de periodista, ahora que solo quedan rastros de un par de ampollas, ahora que en carne propia digiero cuánto cuestan 42 kilómetros con sus ingratos 145 metros adicionales, ahora que seguimos sin un clasificado tico para la maratón de los Juegos Olímpicos, estoy más jodido que nunca para juzgar los intentos fallidos de nuestros atletas rumbo a Río 2016.

No es como en el fútbol –mi amado fútbol– en el que basta una semana o unas cuantas para sanar heridas, reconquistar la suerte y pasar de la desazón al festejo. Incluso al magullado Saprissa no le dolerá ni un dedo si sale victorioso del próximo clásico ante la Liga. El maratonista, en cambio, tiene una o dos oportunidades al año. Es eso, nada más.

Un día, en 42 kilómetros quedan el esfuerzo de meses, los entrenamientos cuando el sol aún dormía y la exigencia al borde de las lesiones. Un día, la comida mal digerida, el viento en contra o el calor más fuerte de lo normal pueden frustrar a quien se preparó como Dios manda.

Ahora que sé cuánto cuesta, guardo el mayor respeto y admiración por César Lizano y Gabriela Traña, sin dejar de lamentar que nuestros mejores maratonistas estén a cuatro minutos de la marca exigida (bastante lejos, por ahora).

Me niego a festejar el puesto 24 de Lizano en Chicago. Me niego a titular en letras grandes que fue el mejor latinoamericano. Me niego a considerarlo un buen resultado. Me niego a promover de alguna forma el conformismo o la cultura del “pobrecito”. Si realmente llegué a respetar su esfuerzo de meses, esos eternos entrenamientos que obligan a correr hasta 30 kilómetros en un solo día, corresponde ir más allá de la compasión, por más que duela el esfuerzo no recompensado.

Sería injusto maquillar de triunfo el intento fallido. Atletas como Lizano y Traña merecen apoyo, no mentiras piadosas. Merecen la oportunidad de dedicarse por completo al deporte, como cualquiera de nuestros futbolistas. ¿O usted cree que la Sele iría al Mundial si nuestras figuras trabajaran además de jugar fútbol? Lo dudo.

Nuestros maratonistas lo intentarán de nuevo –ojalá con más respaldo, aunque también sin él– porque coraje les sobra; es requisito en eso de los 42,1 kilómetros.