Por: Jacques Sagot 15 febrero, 2016

No son ya once rivales haciendo todo lo imaginable por detener su cabalgata hacia el marco. Ojalá tal fuese el caso. Ahora es un enjambre de células insurrectas que han decidido multiplicarse desordenadamente en sus pulmones. El pasado 22 de octubre, Cruyff reveló al mundo que padecía de cáncer. ¡Esos tres paquetes diarios, fumados durante medio siglo, aun en los intermedios de los partidos, fueron, mi querido Johan, un autogol fatídico: la peor jugada de tu vida! Pero el coloso, desde sus 68 años, declara: “tengo la sensación de irle ganando al cáncer por 2-0, y sé que voy a terminar derrotándolo”. ¡Bien rugido, león!

Quienes mencionan hoy en día a Cruyff, evocan al técnico que hizo ganar al Barça la Liga de 1991 a 1994, y lo guió a su primera Copa de Europa. No es lo que visualizamos aquellos que lo vimos jugar. Cruyff es uno de los pocos deportistas a los que se les puede llamar genios, usando el término en su plenitud semántica.

No era un jugador: era un tsunami futbolístico. Se comía la cancha con su zancada de gacela: en un momento dado estaba asistiendo a su propia defensa con la marcación, y en el siguiente estaba adelante, desbordando por las puntas o marcando un gol. Era un jugador-orquesta: tocaba todos los instrumentos y además saltaba al podio, batuta en mano. Fue el primer futbolista “moderno”, en el sentido que hoy conferimos a la palabra. Junto a Puskas, di Stefano, Seeler, Zico y Platini, el más grande jugador que jamás ganara un mundial.

Él y Beckenbauer se posaron sobre la década de los setentas como águilas sobre el peñasco. Cruyff con el Ajax ganó las copas europeas de 1971, 1972 y 1973, y Beckenbauer, con regio gesto de emperador, le regaló al Bayern las de 1974, 1975 y 1976. Cruyff encarnó como nadie el modelo del “jugador total”. Su “naranja mecánica” -la de 1974- ha sido la única auténtica. No lo fueron las finalistas de los mundiales 1978 y 2010 ni la ganadora de la Eurocopa 1988, cuyo juego, aunque brillante, era más bien convencional.

Es con esa honda devoción, con ese profundo cariño anónimo que sentimos por los héroes de nuestra infancia, que ahora, mientras libras el partido de tu vida, la justa definitiva, te digo: ¡adelante, campeón! ¡Este tenemos que ganarlo!