Por: Jose David Guevara 12 febrero, 2015

A veces quisiera sentarme a hablar de fútbol con mis abuelos, dejar que el balón de la tertulia ruede, rebote, vuele y anote goles en los marcos de la memoria y la nostalgia.

Con Orlando Muñoz Meneses (1916-1968), padre de mi mamá, me imagino sentado en la sala de su casa en Guadalupe de Goicoechea, exactamente junto al viejo y enorme radio de tubos que solo sintonizaba emisoras en la amplitud modulada. Y mientras conversamos, de ese aparato emanan las voces de tres enamorados del balompié que vivieron en tiempos de mi abuelo: Juanito Martín Guijarro, Jorge Pastor Durán y Luis Cartín Paniagua.

Desconozco si a mi abuelo le gustaría hablar de este tema. Lo digo porque en los pocos recuerdos que conservo de él no hay ninguno que huela a gramilla, red o bola de cuero. El deporte más hermoso del mundo no alineaba tampoco en las historias que me contaba mi abuela Inés (1912-2000) o en las anécdotas familiares en torno a ese hombre alto, grueso, serio y adicto a la sandía, su fruta favorita. No importa, igual yo pondría el tema sobre la mesa. De esta manera saldría de dudas respecto al tipo de relación que hubo entre “Tati” y el fútbol.

Con Román Guevara López (1904-2000), padre de mi tata, el diálogo tendría lugar en Quepos o en El Carmen de Paso Ancho. Yo ocuparía una silla del comedor, en tanto que el viejo se instalaría en su mecedora ubicada al lado de una biblioteca habitada por libros de ficción, política e historia. Puedo verlo extrañado de que yo quiera conversar con él sobre Pelé, Eusebio y Lev Yashin, pues por lo general nuestros diálogos giraban en torno a su infancia en Nicaragua, mi abuela Socorro (fallecida en 1941), sus giras evangelísticas a Guanacaste y su amistad y lucha con líderes de la izquierda costarricense como Carlos Luis Fallas (Calufa), Manuel Mora Valverde y Humberto Vargas Carbonell. Con este abuelo pícaro, bromista y adicto a las tortillas de masa que palmeaba su segunda esposa —Hortensia— tampoco hablé de fútbol durante los años que disfruté de su presencia, así que también saldría de dudas.

Sé que es un imposible, pero me gusta soñar que celebro un gol con mis abuelos. Gritamos, saltamos, nos abrazamos e imaginamos que el árbitro de la eternidad le muestra la tarjeta roja a la muerte.

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