Por: Jose David Guevara 5 marzo, 2015

Más que el café, el cafetal. Finca inquilina de la montaña y vecina del río. Arbusto cargado de flores blancas. Ramas repletas de granos verdes. Manos que recogen. Canastos llenos de frutos rojos. Carretas de bueyes o de camiones chorreando miel por el camino.

Aroma que se mezcla con los perfumes de los árboles de eucalipto, naranjos atiborrados de frutas amarillas, pequeñas y jugosas, anonos, nísperos, limones dulces, manzanas de agua, manzanas rosa, mandarinas, jocotes y matas de plátano, banano y guineo. Todo un manjar para los pájaros que no vuelan entre edificios, postes de electricidad ni semáforos, sino entre troncos, ramas y hojas, y para los caminantes que estampan las huellas de sus botas de hule o cuero en caminos y trillos de polvo y barro.

En las fosas nasales ingresan también los olores de los almuerzos, gallos y puntalitos de los hombres y mujeres que recolectan el grano de oro: tortas de huevo, arroz, frijoles arreglados, queso frito, barbudos, picadillo de papa o chayote, plátano maduro, un trozo de pan; a veces en un termo, a veces envuelto en hoja de plátano, a veces en una olla de aluminio pequeña y abollada, cuya tapa se asegura con un limpión atado a las asas del utensilio y la de la tapa. Súmele café negro en jarro de lata, aguadulce en botella, algunos sorbos de agua y de vez en cuando un buen trago de guaro.

No faltan a esta fiesta del olfato esencias que visitan a diario las narices de los campesinos: la tierra mojada por la lluvia, el musgo de las piedras, las flores silvestres, la boñiga del ganado, las cuitas de las gallinas, el humo de los fogones, las tortillas palmeadas, los niños recién bañados, el culantro de la huerta, la leche tibia y espumosa en el balde de ordeño.

En estos terrenos habitados por lagartijas, hormigas y avispas se perciben también las fragancias de sueños (una buena educación para los hijos), planes (casa nueva), ilusiones (lote propio), deseos (un carro), luchas (llevar el sustento al hogar), dignidad (proveerle una vejez digna a los abuelos), alegrías (la fiesta de cumpleaños de los chacalines), necesidades (un tratamiento médico que no puede esperar).

Y también huele a fútbol. Sobre todo cuando en algún rincón de estas fincas a alguien se le ocurre la buena idea de construir un marco con tres ramas. Sin red. Sin gramilla. Sin línea de cal. Pero sí sobre un suelo poblado de hierba y hojarasca. Exactamente como la portería que descubrí el domingo pasado durante una caminata entre San Antonio y San Joaquín de Corralillo de Cartago; allí hice una pausa tan solo para imaginar las animadas mejengas que tienen lugar en esa “cancha” entre peones que de cuando en cuando trocan los canastos por la bola.

A veces el café huele a fútbol.