Por: Danilo Jiménez 4 diciembre, 2015

Chiqui cayó de cabeza y nos estrujó el corazón. La forma en que el cuello amortiguó el peso de su cuerpo nos hizo temer lo peor. Fue una de esas desventuras del fútbol, de efecto paralizante y sugestión trágica.

El goleador azul tendido sobre el césped nos recordó en milésimas de segundo que la vida es un don supremo y frágil, que se puede ir en un instante.

Como cualquier familia futbolera, seguíamos el intenso juego entre Saprissa y Cartaginés por televisión y, de repente, el resultado dejó de importarnos y solo pensamos en aquel hombre abandonado a su destino.

Poco después, cuando un periodista radial informó que al salir del estadio rumbo al hospital Randall había perdido la sensación en las piernas, mi hija mayor rompió en llanto y tuvo un gesto espontáneo que me conmovió.

La niña encendió una velita y le pidió a Dios por la salud de su ídolo. “Papi, que no le pase nada. Él tiene familia, esposa, hijos…” y se puso a llorar. Intenté consolarla. Mientras lo hacía pensé en el fútbol y en su capacidad de generar valores positivos en la sociedad, como este de enternecer el corazón de una niña de 12 años.

Esa reacción fue la primera de una cadena de acontecimientos positivos que sobrevendrían la tarde del domingo. El siguiente fue saber que Chiqui sorteó la caída sin secuelas y que las radiografías descartaban lo que tanto temíamos.

Y la cadena de buenas noticias siguió. Las redes sociales ardían con el tema. Había reacciones de todo tipo. Algunas, en caliente, señalaban a David Guzmán –Randall lo eximiría después de toda culpa– pero una saludable mayoría se solidarizó con Brenes.

Leí comentarios de seguidores de Saprissa, Herediano, Alajuelense y del resto de equipos de la Primera. La mayoría estaban consternados y le deseaban lo mejor.

En ese instante caí en la cuenta de que en las circunstancias más adversas, la solidaridad y la nobleza continúan a la cabeza como valores supremos del ser costarricense, nada que ver con lo que se tejió en esas mismas redes contra Chiqui antes y durante el Mundial.

Me alegré por él, un futbolista de perfil bajo, un antihéroe sin prensa, sin estridencias ni poses de ídolo, que en el día más difícil de su vida nos estrujó el corazón a todos quienes lo queremos.

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