2 marzo, 2014
Imagen sin titulo - GN
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Duró cuatro, cinco años; fue el mejor equipo de la historia de este juego, ya ni siquiera es el mejor del mundo actual. Viene tercero, cuarto... Y en cualquier momento aparece con una vuelta menos. Hablamos del Fútbol Club Barcelona. Cuanto más decae en belleza y rendimiento, más astuto parece Pep Guardiola, su creador, de haberse ido a tiempo, antes de que la máquina comenzara a tener problemas de gomas, de motor, en el chásis... En junio se cumplirán dos años de la (oportuna) partida de Guardiola. En el primero, como venía con el envión, disimuló las fallas. Pero son dos años de declive progresivo, de lento desmejoramiento. El sábado anterior se vio un Barça famélico, con ojeras, sin vivacidad y sin luz, a miles de kilómetros del ballet que deslumbró a todos los públicos. Y con muchos de los mismos nombres.

Los futbolistas dicen que los partidos los ganan y los pierden ellos; pero el primer gol, a favor o en contra, lo anotan los presidentes de los clubes. Ellos contratan a los entrenadores y fichan a los jugadores. Y ahí empieza la gloria o el fracaso de los clubes. Luego viene el mensaje que el presidente baja a través de su conducta, de su gestión. Cuando en una institución impera el orden y la cabeza muestra decencia y compromiso, cuando hay palabra, todo va bien, el plantel lucha por los colores. Tiempo llevamos diciendo que la cúpula del Barcelona no da buenas señales, hay algo ahí que no cierra. Se nota especialmente en las contrataciones raras, desacertadas. Y se tradujo en la renuncia intempestiva del presidente Sandro Rosell, acorralado por las sospechas de irregularidades en el pase de Neymar. Pase que, ahora con los 13,5 millones de euros que el Barcelona depositó apresuradamente al fisco más los 5,5 millones de multa, dicen, costaría 111,7 millones de euros; aunque nadie sabe. Pase que sigue generando reacciones y nuevos amagos de juicios.

Mientras, Neymar hace algún que otro golcito, alguna jugada por ahí. Lo justo para que nadie se atreva a decir que es malo; tampoco nadie se anima a jugarse que es tan bueno. Por lo pronto, lleva 8 meses en el club; aún no ha solventado un partido solo, uno de esos importantes que gana un verdadero crack. Mientras, va fermentando esa ecuación costo-beneficio que en el fútbol no perdona. Si eres bueno bueno, el precio no interesa, sino, cunde el clásico "vete a robar a otra parte". Y en el vestuario no cae bien ese despiporre de cifras para un extranjero que todavía no ha ganado un título grande.

Pero Neymar no tiene la culpa, es un instrumento. Además, él llegó a Barcelona con el equipo ya en bajada. Eso sí, no ha podido hacer nada para revertir esa ley de gravedad.

Pep Guardiola era un hijo de la casa, pero no sintonizaba con Rosell. Y se marchó. Antes se fue Txiki Begiristain, el director deportivo con quien se consiguieron los grandes éxitos barcelonistas de los últimos años. Txiki contrató a Ronaldinho y a Eto'o, puso en el banco a Frank Rijkaard y luego a Guardiola. Es decir, armó el gran Bar ç a. Txiki tampoco la iba con Rosell y se fue al salir Laporta, el presidente anterior. Hoy es el director de fútbol del Manchester City, con enorme suceso. En su lugar, Rosell puso a Andoni Zubizarreta, de quien, por lo bajo, dicen que sabe poquito de fútbol. Es decir, hay un deterioro futbolístico, pero que empieza de arriba.

El ciclo de oro azulgrana hace tiempo terminó, empezó a extinguirse tras la ida de Guardiola. Quedan los restos gloriosos, que como fueron tan brillantes, de vez en cuando componen una actuación de esas magistrales. Pero son cada vez más espaciadas. Y vienen como oleadas. Después de un trabajoso paso a la final de la Copa del Rey ante la Real Sociedad (sin sobrarle ni las migas), devino un triunfo esperanzador en Manchester ante el City. Y el sábado último, otra vez ante la Real en San Sebastián, marea baja. Seguramente la más floja de sus actuaciones en años, junto con aquellas dos goleadas que le propinó el Bayern el año pasado.

Tan floja que un día antes el flamante presidente Bartomeu habló de la renovación de Martino; un día después empezaron a surgir normbres para reemplazarlo. Así de alarmante fue la derrota. Parecía un cuadro de barrio, ni siquiera podría decirse que esbozó un toquecito aburrido, nada. Dio pena y cayó 3 a 1, abrumado en defensa, desarticulado en el medio, insípido en ataque. Todo el barcelonismo entró en pánico: "Quedamos afuera de todo". Y sí, si Messi no decide lo contrario marcando decenas de goles, lo más probable es que termine de caerse. Pero él no es Superman, no puede evitar que dos aviones choquen, que un tren descarrile o que la chica se ahogue. Depende también del resto.

Ensoberbecido por las bondades de su cantera, el Barcelona compra poco. Y acierta menos. Alexis Sánchez, Mascherano, Song... Gente que tal vez sirve para ganarle al Almería de local, pero no resuelve partidos grandes. Era la hora de un Rooney, de Luis Suárez, de Falcao, de Hummels, de Thiago Silva... A Modric (espectacular centrocampista) supo verlo antes el Madrid... Ahora el plantel luce envejecido, marchitado. Puyol ya dio todo; a Xavi, el mariscal, el sabio titiritero que sostuvo la bandera del tiqui-taca en los últimos años, se lo ve sin frescura física. Iniesta, después de más de dos años desaparecido, ha mejorado en los últimos tres partidos, pero siempre lejos del arco y del gol, sin gravitación.

Encima, por esa manía a veces exagerada de las rotaciones, Martino patinó feo en el País Vasco: puso dos volantes de contención (Busquets y Song), dejó afuera a Xavi y el equipo no tuvo posesión ni toque ni ideas. Y esa es una bandera que nadie le perdona haber entregado. Porque el Bar ç a se hizo célebre por su estilo, sino es un equipo más. Tampoco Martino tiene demasiada culpa: cuando él llegó, el auto ya acusaba grandes desperfectos.

¿Y La Masía, la célebre industria barcelonista que fabrica cracks...? ¿Qué hay de ella...? ¿Por qué no acerca algunos fenómenos nuevos...? Porque nadie hace cracks como si fuesen zapatos, carteras o sillones. Ni los japoneses ni los chinos pudieron con esto. Los cracks nacen. Se puede ofrecer la mejor formación, pero el genio se forma en la pancita de la madre.

Ahora, con el equipo confundido, individual y colectivamente en declive, debe afrontar en los próximos 84 días los 20 partidos más importantes del año: la final de la Copa del Rey ante el Real Madrid (el 14 de abril), los 13 que quedan de Liga (entre ellos ir al Bernabéu a jugarse el título el 23 de marzo), la vuelta ante el City por los octavos de final de Champions y, si pasa, los 5 que quedarían hasta jugar la final (24 de mayo). Si llega, claro. Pero esto parece hoy demasiado utópico para un Bar ç a que sufre en la cancha y en los escritorios.

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