Sin la tapada de Navas, relegada a segundo plano por los goles de Cristiano, el mundo habría narrado otra historia

Por: Antonio Alfaro 10 junio

Keylor Navas habría quedado tendido ante el remate potente, rastrero, malintecionado, decisivo, el 1 a 0 en el minuto siete.

La Juve se habría frotado la manos, asustado a todos, mandado al baño a Florentino Pérez, pasado el cerrojo, aplicado la receta que solo permitió tres goles en todo el resto del torneo y dejado a Cristiano Ronaldo haciendo pucheros por el resto del partido, anulado por Bonucci y Chiellini.

Buffon habría levantado su añorada Orejona, así en la cancha como en las portadas de Italia, China, Francia, India y Marte. Mr Chip habría tuiteado datos sobre el más longevo de los campeones.

La Monalisa, italiana de nacimiento, habría soltado la risa, descarada, sin pudor, desinhibida, en lugar de ese gesto de mosca muerta que unas veces parece mueca y otras tantas indiferencia.

La Cibeles luciría como una triste rotonda con una fuente en el medio, sin agua, sin aficionados, apenas fotografiada al paso por algunos turistas en el city tour que lleva por el Paseo de la Castellana hasta un desolado Bernabéu. El estadio merengue no estaría lleno de 'chinos' con cámara en mano, posando frente a las Orejonas.

Los diarios españoles habrían gastado toda su tinta en el eminente aterrizaje de David De Gea en Madrid, revelarían, gracias a informantes anónimos, los 'kilos' que se gastaría el Real Madrid en su llegada y describirían de buena fuente, siempre anónima, la impotencia de Zidane para convencer a Florentino.

Keylor Navas habría regresado al país, salido del Juan Santamaría por la misma puerta que el resto de los mortales, saludado a sus padres, firmado un par de autógrafos, posado para un selfie, esperado un taxi y partido rumbo a la concentración de la Sele (aclaración: sospecho que ni en el mundo al revés Keylor volverá a salvarse del asedio).

Ilustración:Dominick Proestakis
Ilustración:Dominick Proestakis

Su estirada la habrían pasado una y mil veces en ESPN, en Antena3, en Fox, en la Rai, en cámara lenta, desde arriba, desde atrás, de frente, siempre insuficiente para evitar el único tanto del partido en remate de Pjanic. Aquella jugada no habría pasado a segundo plano, desplazada por los goles de Cristiano, de Casemiro y de Asensio, que de hecho nunca habrían llegado.

La tapada –claro está– vive en franca desventaja con el gol, aunque ambos valgan una Champions. El portero que tapa, cumple (para eso le pagan). El delantero que anota, es héroe (bien vale su precio). Entre uno y el otro, el que vuela con la mano estirada tiene la opción de ser portada hasta que llega el que grita desgalillado el único tanto del juego.

La tapada resulta incluso aguafiestas: niega la algarabía, sienta al fanático, deja en el marcador un par ceros enormes como bostezos después de almuerzo en un mediodía bochornoso. Bien decía Eduardo Galeano que “el goleador hace alegrías y el guardameta.(...) las deshace”.

La tapada no se festeja. No hay tiempo, ni medio equipo hecho una piña. Se viene el tiro de esquina, el despeje, el contraataque. En el mejor de los casos algún zaguero premia con un par de palmadas. La tapada vale un gol –el que no entró– pero nadie lo festeja. Lo sabe Keylor Navas, con el puño cerrado.

También lo sabe Buffon. Sospecho que cuando sueña la Champions al revés, no piensa en los remates de Cristiano Ronaldo, ni en el de Casemiro; de seguro imagina que Keylor Navas se queda corto y la pelota entra y la historia cambia.