Por: Kenneth Hernández Cerdas 28 mayo, 2015

El día apenas comienza en Suiza. El reloj está cerca de marcar las 6 a. m. (10 p. m., del martes en Costa Rica). En el lujoso hotel Baur au Lac (con habitaciones de precios entre $600 y $4.000 por noche), el silencio parece anticipar la convulsión que está por empezar.

Sin grandes aspavientos, 12 oficiales suizos, vestidos de civil, cruzan la puerta giratoria, ingresan al lobby , se identifican y le enseñan al recepcionista las órdenes de captura contra altos funcionarios de FIFA hospedados allí. Uno de ellos es Eduardo Li, presidente de la Federación Costarricense de Fútbol.

A unos 30 minutos de ahí, en otro hotel, el Sheraton Zurich, Rafael Vargas y Rodolfo Villalobos, federativos de confianza de Li, están por levantarse para desayunar, sin la mínima sospecha de lo que ocurrirá.

Horas antes conversaron con Li sobre la investidura que recibiría: el costarricense estaba, entonces, a unas 48 horas de ingresar al exclusivo círculo del Comité Ejecutivo de la FIFA.

En el Baur au Lac, los oficiales toman posesión del sitio. Con el máximo sigilo, inician la búsqueda de los personajes en cuestión, previa información dada por el recepcionista.

Li descansa en una habitación ubicada en el cuarto piso, muy cercana a una escalera en forma de espiral. De pronto, dos oficiales tocan a su puerta, se identifican y lo invitan a salir, sin permitirle que recoja las pertenencias.

El presidente de la Fedefútbol no se opone, tampoco lo toman por la fuerza ni lo esposan, camina sobre la alfombra, con una maleta con logotipos de la FIFA.

Nadie empuña un arma, no hay gritos ni amenazas... Tampoco un escuadrón de asalto, como en las películas. “La secuencia fue tan discreta que el huésped de la habitación contigua pudo estar dormido plácidamente sin darse cuenta”, relata el diario New York Times , único medio testigo de los hechos.

La operación continúa bajo el más extremo cuidado. Los efectivos que escoltan a Li lo conducen a una puerta que da a una estrecha calle, para no llamar la atención. A los otros sospechosos les aplican la misma operación: los sacan por las puertas alternas, incluso por el garaje del inmueble.

Empleados del hotel, ataviados con trajes enteros de cola, aguardan a la salida con una sábana blanca. Su tarea es taparles la visibilidad a los periodistas.

Un Opel azul, tipo hatchback , espera con la puerta trasera abierta. El botones extiende la sábana blanca, Li ingresa al auto, se acomoda en el asiento trasero, el vehículo arranca y sale rápido hacia una comisaría en Zúrich.

“Los suizos optaron por una operación tan sutil, que en vez de asaltar las habitaciones, optaron por darles la oportunidad a los implicados de que no salieran en pijamas, sino que les concedieron tiempo de vestirse con sus trajes formales”, añade el NY Times .

Uno a uno, los altos dirigentes dejan el hotel y el revuelo comienza. El vestíbulo del Baur au Lac pasa del silencio al caos, en cuestión de minutos. Las preguntas sin respuestas arrecian.

El reloj suizo marca las 7 a. m., en el Sheraton Zurich, Rafael Fello Vargas y Rodolfo Villalobos, bajan a desayunar y la noticia los golpea como una ola gigantesca: Eduardo Li había sido arrestado.

“Un funcionario de Concacaf nos dijo que hubo un operativo y se llevaron a Eduardo; quedamos consternados”, dice Vargas. “No lo llamé, porque de inmediato, supe que era imposible localizarlo. Esto es una pesadilla”, afirmó con la voz entrecortada. Con base en nota de ‘The New York Times’

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