26 mayo, 2014

Buenos Aires

Nervios, tensión, desgaste, estoicismo, bravura, drama, milagro... La inolvidable, epopéyica final de Champions en Lisboa, este Real Madrid 4 - Atlético de Madrid 1 es la perfecta explicación de por qué el fútbol es la máxima pasión universal.

Justamente por sus inexplicables vaivenes, impredecibles situaciones y vuelcos emocionales. Por qué viajan los reyes y el presidente de un país a ver el partido, por qué lo verán 500 millones de personas en todo el mundo, por qué cien mil hinchas forman una caravana desde toda España hacia Portugal, con entradas o sin ellas... Este 4 a 1 insólito, sorpresivo, lo explica todo.

De cómo un equipo desesperado, confundido, perdidoso, al que lo espera el escarnio dentro de unos pocos segundos, empata en el minuto 93 y termina ganando 4 a 1, abrazado a una gloria esquiva que se le escabullía de manera irremediable. ¡Qué bonito es este deporte! Aún cuando no se juegue estéticamente (que no se jugó).

Quien reclame ortodoxia futbolera, prolijidad, juego atildado y pelota al pie en una final volcánica como resultó esta de los clásicos rivales madrileños, no entiende bien cómo es el fútbol.

Uno propone y las circunstancias empiezan a disponer. Y el partido, como si tuviera vida propia, sale solo, se va haciendo de acuerdo con los avatares que entregan las acciones, el resultado, el contexto emocional.

Tampoco hay un argumento sesudo para justificar esta décima corona del Real Madrid. Pasó de querer contraatacar antes de empezar el partido (deseaba que le dieran espacios para matar con las corridas de sus aviones de caza: Bale, Di María, Cristiano y Benzema) a ametrallar el área del Atlético, cuando ya casi no tenía respuestas futbolísticas elaboradas. Solo le tiraba la pelota a Di María para que Angelito despachara centro tras centro a ver si, por una vez, algún soldado rojiblanco se equivocaba en el rechazo. Si había un plan previo de cómo llegar al gol, este fue arrojado a un costado, como se arrojan al piso las botellas de agua, y el sistema se redujo a machacar, a meter bala como sea, tirando balones aéreos.

En uno de ellos apareció otra vez la cabeza ganadora de Sergio Ramos para traer a la vida al Real Madrid. Ya le hacían respiración boca a boca al cuadro de Ancelotti, ya lloraban las viudas y las comadres; volvió en sí con ese gol precioso de cabeza, esquinado, de pique al suelo, que ni un magnífico arquero como Courtois puede impedir. Después de sobrevivir, cambió los pañuelos negros de las plañideras por los blancos de la euforia: liquidó a su oponente.

El club de Santiago Bernabéu y Alfredo di Stéfano invirtió 700 millones de euros para armar este equipo, el que le diera su ansiada décima conquista en la Copa de Europa. Ahora que por fin la consiguió se dirá que es el mejor del mundo. Porque este es el máximo nivel entre clubes; sin embargo, nos preguntamos: ¿le cabe el rótulo? ¿Es el mejor un cuadro que no tiene una línea definida de juego, que no logra hilvanar una acción con más de tres o cuatro pases continuados, que lo dominan casi todos los equipos, que un día contragolpea, otro día ataca?

De momento digamos que es el campeón. Esperemos la próxima temporada, parece lo más sensato.

Precio. Antes del vendaval blanco del final, mientras tuvo piernas, el Atleti fue el rival terrible que todos esperábamos. Ocupó bien los espacios y tapó cualquier resquicio por donde pudiera llegar el gol de su adversario de toda la vida.

El gran secreto de este equipo de Simeone es tener siempre un hombre más en todas las pelotas divididas. La consigna parece ser “dos con cada uno”, lo cual logra en base a esfuerzo conjunto, a una conmovedora solidaridad.

Luego de blindar la puerta, a buscar el triunfo. Que llegaba una vez más de cabeza, con un nuevo testazo de Godín, ayudado por una mala salida de Casillas.

En esos primeros 70 minutos de mejor control rojiblanco apareció en su máxima dimensión un jugador notable, que insólitamente no está en la lista de 30 seleccionados de España para el Mundial, pese a ser, hoy, tal vez el mejor futbolista español: Gabi.

Hay 11 volantes y no está Gabi, un capitán extraordinario, sereno, templado, inteligente, bravo, con marca y juego, de pase casi perfecto. Lo que era Xavi en su momento estelar en el Barça , aunque con más combate; pero Gabi tiene cero marketing y es mediáticamente ignorado. Es el gran pilar del Atlético, y el día del desafío más importante en la historia del club, fue la superfigura de la cancha. Se jugó todo.

Ese doblaje al rival tiene un alto costo físico. Y se fue quedando sin piernas, era puro corazón, defensa heroica. Como en 1974, le faltaron dos minutos para ser campeón. El destino no perdona al Atlético, le juega sucio.

Cuando Ramos igualó a los 92' 50” del tiempo regular, podía intuirse que el Atleti se desmoronaría. A lo sumo podía llegar a los penales..., y aguantando. No lo logró.

Di María (el sobresaliente del campeón) armó un jugadón por izquierda, limpió todo el camino y de un zurdazo suyo parcialmente tapado por Courtois llegó el gol de Gareth Bale. Cien millones de euros por ese gol. Fue el final. Los del Cholo se fueron arriba desordenadamente y el Madrid lo perforó con dos contras más.

Faltaba un suspiro para que se diera una historia cenicienta: era el triunfo del obrero, pero ganó el poderoso no más. Más que nunca, billetera mata galán.