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Costa Rica, Domingo 1 de noviembre de 2009

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Relato

Volver a vivir

 Los sobrevivientes de la tragedia del río Grande de Tárcoles comienzan el lento proceso de recuperación, pero saben que algunas heridas tardarán más en sanar: las que quedaron grabadas en su memoria la mañana del 22 de octubre pasado.

Otto Vargas M. | ovargas@nacion.com

Tan absorta iba en su libro de inglés que Saskia Umaña Quirós –de 17 años– no se percató de la llegada del bus al vetusto puente de tablones.

Por más de un centenar de años, esa estructura hermanó a los cantones de Turrubares (San José) y Orotina (Alajuela).

Diez minutos antes, esta colegiala, vecina del pequeño caserío de El Barro, en Turrubares, abordó el autobús del chofer Víctor Manuel Salas y, tras sentarse en el quinto asiento de la fila derecha, se dispuso a estudiar.

En cuestión de horas, ese 22 de octubre tendría que resolver un examen de inglés en el colegio de Orotina y aunque se sabía una alumna aplicada, prefirió un último repaso.

“La verdad es que iba distraída. Como no iba gente de pie, el chofer no se detuvo (Salas siempre pedía a las personas que viajaban de esa forma cruzar la estructura a pie).

“Escuché un ruido; algo así como un latigazo y alguien gritó: nos fuimos (al río). En eso el bus se fue de medio lado y me golpeé la cabeza. Cuando me desperté, una señora me tenía atrapada. No podía moverme y el agua me llegaba casi hasta la boca”.

Así comienza su narración una de las sobreviviente de la tragedia del río Grande de Tárcoles, accidente que cobró la vida de cinco personas y dejó heridas a 38. Saskia es demasiado joven como para pensar que Dios le dio una segunda oportunidad.. pero está convencida de que así fue. “Ese accidente era para que nadie quedara vivo”.

Aunque para la mayoría de los pasajeros del bus las heridas han comenzado a sanar, los sobrevivientes están convencidos de que será más difícil lidiar con otro mal peor: el recuerdo de haber sorteado a la muerte.

La tragedia borró las sonrisas en esta otrora apacible comunidad campesina.

Pesadilla

Durante la última semana, Saskia Umaña ha despertado sobresaltada por la sensación de viajar en un autobús. Es entonces cuando el dolor por las costuras en su párpado derecho le recuerdan que es una sobreviviente de la tragedia del Tárcoles.

La joven no se explica cómo llegó hasta la hilera izquierda de asientos. Allí quedó atrapada.

“Al despertar, tenía encima a una señora; yo le decía que me diera campo, pero no se movía. Le vi la cara; estaba pálida. Era Norma (Jiménez Cerdas, una de las víctimas mortales).

“A como pude, abrí la ventana y me salí. Me agarré por fuera para que el río no me arrastrara. Me sentía aturdida. Aún así, me corrí hasta llegar a la tapa del bus. El pito quedó sonando; era un sonido muy fuerte”.

En ese mismo bus viajaban otros estudiantes. Alicia Vargas Vásquez, de 14 años, era una de ellas. La joven, alumna de segundo año, aún permanece hospitalizada, a la espera de los resultados de exámenes para determinar si deben operarla de la cadera.

Su padre, Omar Vargas –viva estampa de un campesino de manos callosas y sonrisa generosa– laboraba en su parcela de maíz y frijoles cuando escuchó el rumor de un terrible accidente en el río.

Su hija viajaba en la mitad del bus. “Yo siempre estaba con ese pensamiento; uno sabía que el puente estaba en mal estado. Mi hija casi muere.

“La encontró un muchacho desmayada y la subió a uno de los asientos para que no se ahogara. Cuando llegué al río, aquello era un desastre. Por todo lado se oía llanto”, rememoró.

Aparte de la lesión en la cadera, la colegiala tiene costuras en la cara, la boca, los brazos y la espalda. Aún convalece en la Unidad de Rehabilitación del hospital México, en San José.

Familia golpeada

Cuando José Francisco Arias Rojas escuchó hablar del accidente con personas fallecidas en el puente de hamaca, un súbito temor acudió a su mente.

En ese vehículo viajaban cinco de sus familiares: su esposa, su hijo, dos hermanos y un sobrino.

“Dicen que Dios siempre avisa cuando se va llevar a alguien, pero ese día yo no sospeché nada. De mi esposa (Natalia Meléndez Quesada, de 28 años) me despedí con normalidad. No recuerdo qué hablamos en la mañana.

“Poco después, un hermano me avisó del accidente. Me dijo que el bus había caído al río, pero pensé que quizá se habían caído algunas tablas.

“A cada rato el bus se hundía, de lo podridas que estaban. Cuando llegué, el bus tenía el agua hasta las ventanas. Alguien me dijo que mi esposa ya había salido”, contó la tarde del jueves.

La señora viajaba junto a su hijo, Steven Arias, un colegial de 15 años. Trabajaba tres días a la semana como servidora doméstica en Orotina. Lo hacía para contribuir con la economía familiar, pues las fuentes de trabajo para su esposo (un operario de construcción) escasearon en los últimos meses.

Pese al dolor de las heridas (entre estas una fractura en un brazo), Steven mantuvo a flote a su madre. A gritos pidió a otros pasajeros que le salvaran la vida.

Desde la orilla, su padre hacía desesperados intentos por hallarlos entre la multitud.

“Vi que pusieron a una muchacha en la tapa del motor y la reconocí. Estaba muy mal. Entonces dije: Diosito, haga lo que tenga que hacer.

“No se les veían heridas, solo un rasguño en la frente. Cuando la trajeron a la orilla, la tomé del brazo y comencé a decirle: ‘Amor... amor’; pero no respondió.”

Natalia Meléndez falleció en la clínica de Orotina. “Tuve que decirle a mi hijo que su mamá no iba a estar más con nosotros. Mi esposa era una mujer feliz. Nunca se enojaba. Le gustaba cantar... bailar.

“Yo siempre le dije que se ‘apeara’ del bus (al llegar al puente), pero decía que a nadie le gustaba hacerlo”, lamentó el señor, quien quedó a cargo de tres hijos de 17, 15 y 5 años.

Su hijo Steven permanece internado en el hospital de Alajuela. “Es un joven muy valiente. Más bien me dijo: ‘Papi, cuidado con una tontera’”, recordó Arias.

En el bus también viajaba su sobrino, Carlos Andrés Pérez Arias, de 24 años.

El muchacho tenía una cita médica en Orotina, pues a raíz de un accidente en motocicleta, eran necesarias curaciones en su pie. También resultó lastimado.

Escape

Cerca de esa familia, viajaba Christian Pérez Pérez, un estudiante de 16 años. El colegial se sentó “junto a un señor” con quien no cruzó palabra alguna debido a su carácter tímido.

“Yo iba en la mitad del bus. No me di cuenta del momento en que caímos. Cuando me desperté, estaba en el último asiento y había agua. La gente lloraba y gritaba.

“Algunos decían que estaban quebrados. A mí me dolía mucho el brazo y me costaba respirar (uno de sus pulmones resultó afectado). El chofer estaba quieto en su asiento. Nos veía por el espejo, pero no decía nada. No me había dado cuenta de que había gente muerta”.

El muchacho rara vez habla con los suyos sobre lo ocurrido. A su madre, Rosamira Pérez, solo le dijo estar preocupado, pues el río se llevó su libro de inglés.

“Lo noto nervioso, pensativo. Aquí todos están tristes. Todos los del pueblo nos sentimos tan mal”, expresó .

Bromas

A Flor María Rojas, vecina de El Barro de Turrubares, nunca le molestó que sus conocidos le dijeran “que parecía un montador de toros”.

“Vacilaban porque, al llegar al puente, yo siempre pedía ‘puerta’ para bajarme. La gente me decía que para qué me preocupaba; que de algo hay que morirse. Les agarraba una habladera”, recordó.

Rosamira Pérez (madre de uno de los sobrevivientes) también fue testigo de las bromas.

“A la gente que se bajaba le gritaban que eran comida de lagarto (en alusión a los reptiles del Tárcoles)”, relató.

Su vecino José Francisco Arias aseguró que todo el que pasaba por ese puente, aún los vecinos más viejos, sentían temor.

“Ese puente siempre estuvo quebrado. Todos le tenían miedo, pero tuvo que ocurrir una desgracia para que hicieran algo.

“Mi esposa más de una vez lo cruzó a pie, pero ese día (el 22 de octubre) se quedó dentro del bus. Sé que nada del mundo me la va a devolver. Me duele mucho por los güilas”, lamentó.

FOTOS

  • Nacion.com

    Jorge Castillo

    José Francisco Arias perdió a su esposa en la tragedia del río Grande de Tárcoles. Su hijo aún está hospitalizado.

  • Nacion.com

    Jorge Castillo

    Maquinaria del MOPT laboraba el miércoles en la construcción de nuevo puente entre Orotina y Turrubares.

  • Nacion.com

    Saskia Umaña Quirós sobrevivió al accidente, pero debe esperar a que su ojo derecho sane para que le quiten los hilos. Tampoco ha podido librarse de un dolor en el brazo derecho.

  • Nacion.com

    Christian Pérez regresó a su casa el martes luego de permanecer hospitalizado cinco días por un golpe en el pulmón. Aunque aún no puede reintegrarse al colegio todavía, aprovecha el tiempo para repasar.

  • Nacion.com

    Jorge Castillo

    Natalia Meléndez, de 28 años, fue una de las cinco víctimas mortales. Era madre de tres hijos y vivía en El Barro de Turrubares.

  • Nacion.com

    Jorge Castillo

    Observadores. A diario llegan a ambos lados del puente grupos de curiosos.

  • Nacion.com

    Jorge Castillo

    En recuperación. Alicia Vargas Vásquez, de 14 años, permanece en el hospital México.

  • Nacion.com

    Jorge Umaña

    El día del accidente, la labor de rescate de los heridos fue lenta y penosa. El caudal del río estaba bajo, por fortuna.

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VIDEOS

  • Declaraciones de familiares de victimas de turrubares.

Tragedia alteró al pueblo

Comercio, estudiantes y trabajadores afectados

La vida de El Barro de Turrubares se vio alterada no solo por la pérdida de varios de sus hijos, sino también por la incomunicación en la que están sumidos.

La caída del puente alejó a turistas y visitantes. Para Jeanette León, propietaria de la soda Talo (en Turrubares), esta es la situación más grave a la que se han enfrentado en los últimos 30 años.

“Por aquí no pasa gente; no hay movimiento y las ventas están muy bajas. Para nosotros es difícil salir a hacer compras”, enfatizó.

La otra soda de la localidad (La Turrubará) tuvo que cerrar sus puertas de forma temporal para enfrentar la crisis.

Otras tres ventas de frutas en Paso Agres también cerraron, pues no tenían a quién ofrecer su mercadería. “Trataremos de sostener el negocio hasta donde podamos”, agregó León.

La vida también se vio alterada para los estudiantes del colegio de Orotina que viven en barrios de Turrubares.

Ante la falta de un puente, a muchos no les ha quedado más remedio que cruzar en una panga. En principio el servicio lo daban particulares –cobraban a los usuarios ¢500 por cada cruzada–, pero ahora de eso se encargan unos boteros contratados por la Comisión Nacional de Emergencias (CNE). A los lugareños no les cobran nada.

Por temor al río, algunas familias han optado por enviar a sus hijos a residir, de forma temporal, con familias de Orotina.

Humberto Jiménez, finquero de Surtubal de San Pablo, también lamentó que la empresa a cargo de la línea entre Turrubares y Orotina no repusiera el bus accidentado para hacer trasbordos en el río. “La gente tiene que caminar o sacar ¢4.000 para tomar un taxi que lo lleve hasta el río y otro hasta Orotina. A eso hay que sumarle los otros ¢4.000 del regreso.

“Aquí la mayoría de la gente tiene que viajar porque trabaja en Orotina o en hoteles cercanos”, explicó Jiménez.

La familia de Alicia Vargas –la estudiante que permanece internada en el hospital México– tiene que hacer un esfuerzo aún mayor, pues por día alguno de sus miembros debe viajar a San José.

“A como podemos, nos movilizamos”, dijo.

Una fricción de 100 años

Desgaste en cable tensor del puente

Un desgaste en los cables tensores que pasaban sobre el arco sería el causante de que el puente de hamaca entre Turrubares y Orotina se desplomara, de acuerdo con las pesquisas preliminares.

Según informó José Luis Mora –conocido como Mento–, asesor del alcalde de Turrubares, las autoridades encontraron un daño en las líneas debido a la fricción acumulada tras décadas de uso... y abuso.

Mento explicó que cada vez que un vehículo entraba al puente, la estructura subía y bajaba, lo que producía fricción en unos canales situados en la parte superior del arco metálico.

“A este puente se le metió un sobrepeso brutal, aparte de que recibió un mal mantenimiento”, agregó.

El trabajador municipal agregó que los cables se cubrieron con pintura, cuando lo que requerían era engrase.

“El cable por encima se venía en buen estado por la pintura, pero por debajo se había deteriorado por herrumbre.

“En 89 años (eso tenía desde que fue remodelado) prácticamente no se le hizo nada”, puntualizó .

Las autoridades municipales también encontraron una serie de reparaciones “artesanales” en la estructura, entre estas tornillos cortados.

Desde el 2006, el Ministerio de Obras Pública y Transportes (MOPT) tenía informes que daban cuenta sobre el riesgo de que la estructura colapsara.

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