Ramos y coronas de flores sobre bóvedas con olor a pintura fresca, plegarias dirigidas al cielo y lágrimas o sonrisas fabricadas a partir de un recuerdo, serán algunas de las escenas que mañana, 2 de noviembre, se repetirán en muchos cementerios del país cuando los costarricenses rindan tributo a sus muertos.
Sin embargo, pasada esa fecha, la afluencia de personas desaparecerá de los campos santos y pocos se acordarán de visitar esos sitios durante los restantes 364 días del año.
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No sucede así en otros países como Estados Unidos, México, Perú, Chile o Francia, donde los cementerios revolucionaron su concepto y se transformaron en verdaderos museos al aire libre, con tours guiados para recrear historias de personajes emblemáticos y admirar el arte que vive tras esculturas y mausoleos.
¿Por qué no hacer lo mismo acá?, se preguntaron dos historiadores del Centro de Investigación y Conservación del Patrimonio Cultural del Ministerio de Cultura y Juventud (Cicopac), quienes, en el 2004, decidieron enfocarse en el Cementerio General de San José, sin duda el más grande y representativo del país.
Durante dos años, Carlos Manuel Zamora Hernández y Santiago Quesada Vanegas, recorrieron las calles y senderos de las nueve hectáreas (80.663 metros cuadrados) que componen ese terreno, propiedad de la Junta de Protección Social (JPS), para estudiar con sumo detalle los sepulcros y monumentos que allí pueden encontrarse. Eso sí, los investigadores solo censaron las bóvedas que contaban con su respectiva placa, así que la lista de “sitios claves” podría ser mucho más numerosa.
Tras invertir un año más en el análisis y la investigación, los historiadores –asesorados por Ileana Vives Luque, profesional en el campo de la arquitectura–, sacaron a la luz pública, el jueves pasado, un catálogo del Cementerio General. Este contiene un mapa con la ubicación exacta de cada uno de los puntos considerados por sus autores como relevantes en este espacio capitalino, declarado Patrimonio Histórico Arquitectónico Nacional en julio del 2000.
“La idea es que el libro se convierta en materia prima para empresas de turismo e instituciones educativas, deseosas de aprovechar los tesoros ocultos en este camposanto e incentivar el civismo”, indica Carlos Zamora, con satisfacción y orgullo.
Por su parte, Margarita Barahona, asistente de gerencia de la JPS, explica que ahora les corresponde a ellos analizar tan “valioso libro” para determinar cuándo y cómo podrían promover la visitación del cementerio.
El primer paseo
Aunque las visitas guiadas todavía están en ciernes, el pasado 22 de octubre, los historiadores del Cicopac accedieron a hacer un primer tour con un equipo de Proa.
La lluvia, copiosa en los últimos días, se mostró afable esa mañana y permitió que Zamora y Quesada, repasaran, una vez más, los distintos cuadrantes del cementerio, donde hay unas 300.000 personas sepultadas.
“Puede haber muchos más, pero nosotros tenemos registros de que aquí están los restos de 20 expresidentes de Costa Rica, 16 ciudadanos ilustres, 15 educadores connotados, 15 políticos, 13 escritores, ocho músicos y compositores, siete científicos, cuatro arquitectos e ingenieros, y dos religiosos que fueron protagonistas de nuestra historia patria”, explica Santiago Quesada, al pie del busto blanquísimo del expresidente Julio Acosta, esculpido en mármol.
La bóveda más visitada salta a la vista sin esfuerzo. “Siempre tiene flores plásticas o naturales; siempre hay alguien ahí pidiendo favores y rezando”, comentó Rolando Rodríguez, subadministrador del Cementerio, al referirse a la sepultura del doctor Ricardo Moreno Cañas, a quien muchos le atribuyen curaciones milagrosas tras haber sido asesinado en 1938.
Otras tumbas, en cambio, despiertan la melancolía, como la que guarda los restos del expresidente de la República León Cortés Castro. A pesar de estar ubicada en un gran terreno y de haber sido una de las más suntuosas en su época, hoy luce abandonada. Allí, el hampa ha hecho de las suyas, pues el pebetero (recipiente para hacer arder una llama ceremonial) y un escudo de Costa Rica labrado en bronce, que un día adornaron esa bóveda, hoy son solo recuerdos.
Muy cerca de ese lugar, en el llamado Panteón Bonnefil (un pequeño panteón dentro del Cementerio General), un mausoleo construido al estilo egipcio, rompe con el estilo arquitectónico del paisaje.
Una esfinge y un ángel de cuerpo completo, dan la bienvenida a la llamativa pirámide de siete metros de alto, mientras un penetrante olor, producto de una planta decorativa llamada popularmente ají, recién podada , se apodera del ambiente.
“Este mausoleo, perteneciente a la familia Bonnefil, de ascendencia francesa, es un elemento masónico que llama mucho la atención”, manifiesta Carlos Zamora, quien también resalta la riqueza arquitectónica de una gran capilla, de influencia neoclásica, localizada en el mismo espacio.
“La burguesía tenía como regla construir majestuosos mausoleos. Cuanto más grandes, elegantes y costosos, mejor, porque eso era una muestra irrefutable del poderío económico y social de la familia”, agrega Santiago Quesada.
Y de ese tipo de moradas funerarias hay muchas en esta necrópoli. El mausoleo de la familia Peralta (influencia neogótica), el de Adolfo Bonilla (de ladrillo con repello de concreto), el de los González Feo (de influencia neocolonial con elementos del Art Decó y del neoclásico) o el de los Field (coronado con un pebetero en bronce), son ejemplos de cuán importante era dejar en alto el apellido, aún después de la muerte.
Uno de los más bellos mausoleos, según los autores del libro, es el que pertenece a la familia Rojas Álvarez, donde es imposible pasar por alto el mosaico que adorna su entrada. De estilo bizantino, este fue elaborado con diminutas láminas metálicas que forman la imagen de una hermosa mujer de cabellera larga y ondulada.
“No puedo calcular las horas de trabajo que implicó esta obra. Es un pecado no tener completa la historia”, se lamenta Zamora.
Otro edificio funerario que roba la atención de quienes visitan el cementerio es la Capilla de las Ánimas, construida en 1862. Las miradas se dirigen a ella por su antigüedad y misterio, más que por su belleza. De levantarla estuvo a cargo el ingeniero alemán Francisco Kurtze, bajo cuya responsabilidad estuvieron los trabajos de la carretera al Atlántico durante la administración de don Jesús Jiménez.
Se trata de un subterráneo de 85 metros de largo, donde se cuentan, aproximadamente, 560 nichos y osarios de alquiler, ubicados en seis niveles, a ambos lados de un oscuro pasillo.
Este lugar solo es iluminado –y ventilado– por diez monitores o ventanales, los cuales sobresalen en una extensa área verde y constituyen la única evidencia del túnel.
“Es cierto que esta parte intriga, genera un poco de susto, pero a nosotros nos gusta venir aquí. Hay mucho silencio”, expresa el joven Víctor Corrales, quien, junto a sus amigos David Zepeda y Wilberth Arroyo, ensayaban con la guitarra, ese día.
Arte vivo
Pero no solo los edificios mortuorios podrían ser guiños para el turismo. Las decenas de esculturas y bustos –por no hablar de los curiosos epitafios–, que allí se han colocado a lo largo de tantas décadas “son una maravilla y muestran la secularización del arte en nuestros cementerios”, comenta Quesada Vanegas.
Según él, al menos 32 esculturas son catalogadas como de alto nivel. Entre ellas, cabe destacar El reposo del artista de 1964, que yace sobre la bóveda de la familia Villalta. Se trata de un hombre con un martillo y un cincel en cada mano, que fue esculpido en bronce por el artista Leoni Tommasi, el mismo que se encargó del juego escultórico de León Cortés Castro, en La Sabana.
Ni qué decir de la majestuosidad de El Pensador (elaborado en Italia en 1983) o la réplica de La Piedad de Miguel Ángel, ubicada en el mausoleo de la familia Ortuño, así como otra versión de La Piedad, esculpida en concreto por Fabián Alejo Dobles, propiedad de la familia Brenes Ross.
A la lista de joyas se suma la escultura que engalana la bóveda de los Terán Ferrer, esculpida en Carrara, Italia en 1954, y los bustos de Manuel María Peralta Alfaro (cuyo escultor fue nada menos que el francés Louis Carrier Belleuse, el mismo que diseñó el Monumento Nacional) y el de Antonio Zelaya, tallado en piedra por el costarricense Juan Rafael Chacón.
Por curiosas, y bellas a la vez, nadie debería marcharse del Cementerio General sin hacer una parada en la bóveda de la familia de Eduardo Uribe, que recrea, en concreto, un árbol truncado.
Igual de singular es el San Francisco de Asís del escultor Juan Manuel Sánchez (escultura ubicada muy cerca de la Capilla de las Ánimas) o el sepulcro de la cantante Amalia Trejos, quien, según una placa –colocada a un lado de una obra en bronce de 1,68 metros de alto– “murió ahogada de la flema”.
Dentro del mausoleo de la familia Amerling, la escultura de una hermosa dama durmiente, también da mucho de qué hablar, pues, según una leyenda urbana, esta obra en mármol representa la historia de una joven novia que falleció en el altar y cuyo padre, descorazonado, mandó a construir en estatua.
En realidad, allí yacen los restos de la señora Luisa Otoya Ernst, esposa del connotado agroexportador Antonio Amerling Capitella, de origen austriaco, con quien se casó en 1875.
Después de su muerte, 18 años después de la boda –la mujer falleció en Italia, a causa de una pulmonía–, su marido le encargó al escultor venezolano Eloy Palacios Cabello esculpir tan famoso monumento funerario para decorar la bóveda que la familia poseía en el Cementerio General.
“No, si aquí hay muchas cosas qué ver. Este lugar es una belleza, se lo digo yo, que vengo desde güila . Eso de los fantasmas es pura mentira. Nadie asusta, todo en este sitio es relax ”, agregó Giovanny Coronado Quesada, quien, como él mismo dice “se encarga de chinear las bóvedas” en el Cementerio General y se conoce todos los recovecos del camposanto.
Los historiadores Zamora y Quesada lo escuchan, sonríen y le dan la razón. Además de recorridos históricos, culturales y turísticos, en esta inmensa galería a campo abierto, donde el tiempo parece detenerse, muchos, en vida, podrían disfrutar de minutos de inmensa paz. Cualquier día después de mañana, 2 de noviembre, podría ser una buena ocasión para comprobarlo.
FOTOS

Alonso Tenorio
El Cementerio General de San José fue secularizado el 19 de julio de 1884.

Alonso Tenorio
Este mosaico de matiz bizantino, elaborado con diminutas láminas metálicas, puede apreciarse en el mausoleo de la familia Rojas Álvarez.

Alonso Tenorio
Esta escultura se localiza en el mausoleo de la familia Amerling. Está colocada sobre la bóveda de la señora Luisa Otoya Ernst.

Alonso Tenorio
En la Costa Rica de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, la burguesía tenía por costumbre construir grandes mausoleos.

Alonso Tenorio
En este pasillo subterráneo, construido a finales del siglo XIX, se encuentran 560 nichos y osarios de alquiler.

Alonso Tenorio
Este mausoleo, en forma de pirámide, se ubica en el Panteón Bonnefil y rompe con el estilo arquitectónico de todo el cementerio.

Alonso Tenorio
Escultura hecha en mármol y esculpida en Carrara, Italia, en 1954. Adorna la bóveda de la familia Terán Ferrer.

Alonso Tenorio
La cripta del doctor Ricardo Moreno Cañas, fallecido en 1938, es la más visitada.

Alonso Tenorio
La escultura denominada El reposo del artista fue esculpida por Leoni Tommasi.

Alonso Tenorio
Cecilio Umaña, religioso.
Moradores ilustres
Algunos personajes sepultados
Tumbas sencillas, que pasan casi inadvertidas o, por el contrario, mausoleos ostentosos, son la última morada en el Cementerio General de muchos personajes que dejaron huella en la historia patria. A continuación, la lista de algunos de esos ilustres ciudadanos.
Expresidentes: Julio Acosta, Francisco Aguilar, Rafael Ángel Calderón Guardia, Bruno Carranza, José María Castro Madriz, León Cortés, Carlos Durán, Próspero Fernández, José Rafael Gallegos, Cleto González Víquez, Vicente Herera, Ricardo Jiménez Oreamuno, Rafael Iglesias, Santos León Herrera, Juan Mora Fernández, Juan Rafael Mora Porras, Daniel Oduber, Francisco Orlich, Bernardo Soto y Federico Tinoco.
Ciudadanos ilustres: Alberto Brenes, José María Cañas, Luis Alcides Castro, Antonio Escarré, Pacífica Fernández de Castro, Rogelio Fernández Güell, Eduardo Garnier, Adela Gargollo, Román Macaya Lahman, Ricardo Moreno Cañas, Francisco María Núñez, Francisco Otoya Seminario, Carlos Sáenz Herrera, Emilia Solórzano de Guardia, Rafael Ureña Segura, Pío José Víquez.
Educadores: Alejandro Aguilar Machado, Porfirio Brenes Castro, Fernando Centeno Güel, Omar Dengo, Justo Facio de la Guardia, Juan Fernández Ferraz, Valeriano Fernández Ferraz, Marcelino García Flamenco, Vitalia Madrigal, Carlos Monge Alfaro, Rafael Obregón, Miguel Obregón, José María Orozco, Napoleón Quesada, Salvador Umaña.
Científicos: Anastasio Alfaro, Roberto Chacón, Marcial Fallas, Karl Hoffman, Solón Núñez, Clodomiro Picado, José Cástulo Zeledón.
Escritores: Abelardo Bonilla Baldares, Roberto Brenes Mesén, Aquileo J. Echeverría, Ricardo Fernández Guardia, Luis Ferrero Acosta, Carlos Gagini, Joaquín García Monge, Manuel Gonzalez Zeledón ( Magón ), Joaquín Gutiérrez Mangel, Carmen Lyra, Julián Marchena, Moisés Vicenzi, José María Zeledón Brenes.
Músicos y compositores: Roberto Campabadal, Roberto Cantillano, Rafael Chávez, Jean Loots Deblaes, Manuel Rodríguez, Manuel Melico Salazar, José Joaquín Vargas Calvo, José Daniel Zúñiga Zeledón.
Pintores y escultores: Luisa González, Fausto Pacheco, Tomás Povedano y Arcos, Juan Portuguez, Teodorico Quico Quirós.
Religiosos: Francisco Calvo, Cecilio Umaña.
Arquitectos e ingenieros: José María Barrantes Monge, Paul Ehremberg, Lemes Jiménez Bonnefil, Luis Llach Llagostera.
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