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Costa Rica, Domingo 17 de mayo de 2009

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Sociedad

Una dura lucha contra la adicción

 Mal crónico. El grupo Jugadores Anónimos reúne a hombres y mujeres que luchan por someter el deseo incontrolable de gastar dinero (propio o ajeno), mayoritariamente en los casinos. Uno de sus miembros cuenta su testimonio.

Sergio Arce A. | sarce@nacion.com

Alberto (nombre ficticio a petición de la persona) confiesa que, cada día y cada noche, lucha para controlar su adicción al juego, trastorno que sufre hace nueve años.

Este padre de familia ha dado pasos importantes en su rehabilitación, que ya cumple poco más de un año, detalló.

Atrás quedaron más de ¢3 millones en pérdidas, noches de desvelos, angustias familiares y viajes diarios al casino (ahora solo juega unas tres o cuatro veces al año, manifestó).

Alberto contó que estos avances los ha logrado gracias al apoyo decidido de su familia, pero también al soporte de Jugadores Anónimos, grupo que nació hace aproximadamente diez años, con el fin de apoyar a quienes gastan dinero propio o ajeno en casinos, loterías, bingos y hasta en juegos clandestinos.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) clasifica a estas personas como ludópatas.

Se trata de hombres y mujeres con impulsos incontrolables por jugar, no solo por el hecho de ganar, sino por el simple placer de jugar sin reparar en los daños emocionales, legales y, desde luego, financieros.

Dicho organismo internacional estima que el 2 por ciento de la población de cada país es ludópata. A partir de esta estimación, se puede decir que en Costa Rica hay cerca de 90.000 personas que sufren este trastorno.

La ludopatía no tiene cura, pero sí tiene tratamiento, básicamente con psicoterapia, aseguró el psiquiatra Antonio Sanabria.

El especialista agregó que esta patología, además, es tratable con psicofármacos como los antidepresivos, los cuales –dijo– han mostrado buenos resultados en el control de los impulsos.

Alberto fue uno de los que requirió ayuda profesional. Llegó el punto en que el deseo por el juego asumió el control de su vida.

“Uno siente un deseo irresistible por jugar y jugar. Esto es como una enfermedad crónica, como la diabetes”, dijo.

“Por eso es importante la ayuda. Yo fui a un psiquiatra durante año y tres meses y me trató con medicinas, porque para mí era importante ir, escuchar y entender qué me estaba pasando”, añadió este vecino de San José y padre de un hijo.

El grupo

Al tiempo que este hombre con más de 15 años de casado recibía ayuda de un profesional en medicina, Jugadores Anónimos hizo su parte con el apoyo emocional que le brindaron otros hombres en igual o hasta peor situación.

Las historias que Alberto contó a esta revista sobre otros ludópatas son dramáticas ( vea recuadro adjunto ).

A este grupo de apoyo llegan entre 15 y 20 personas, a su sede en Desamparados. Las reuniones se hacen tres veces por semana, y en algunas de las citas es común ver caras nuevas, pero desaparecen en un parpadeo.

¿La razón? “No hay constancia pero, ante todo, conciencia de que se tiene un problema de dimensiones grandes”, explicó.

De allí que la tarea de Jugadores Anónimos es, aún, mayor. El grupo está conformado en su mayoría por hombres, de entre 25 y 45 años. Los hay profesionales y pensionados. Incluso, una vez llegó un joven de 16 años, pero no tardó mucho en recaer en esta adicción.

Para formar parte de Jugadores Anónimos no se requiere pagar una cuota de ingreso o membresía. El único requisito –según dicta su primer enunciado– es reconocer que hay un problema y que se tiene la voluntad y el deseo para superarlo.

El programa de recuperación consta de 12 pasos y, según Alberto, es importante seguirlos al pie de la letra para lograr una “rehabilitación positiva y firme”.

“Es vital que la gente sepa que la rehabilitación es dura, y a veces muy lenta, pero con fe y con ayuda sí se puede controlar”, concluyó.

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    Los ludópatas suelen jugar en la ruleta o al llamado Pai Gow. Muchos combinan esta actividad con la ingesta de licor.

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De dinero y muerte

Historias al calor del juego

El juego desmedido y sin control ha teñido de dolor, angustia y desesperación a decenas de familias costarricenses, según relató Alberto, quien por “respeto” y “amor” a su familia y a sus compañeros de trabajo –dijo– no quiere que su nombre verdadero salga a la luz pública.

Entre las historias que contó, está la de un jugador empedernido, quien debía varios millones de colones y estaba a un paso de perder su negocio. Un familiar de este hombre le dio el dinero correspondiente al 75% de la deuda. El hombre pensó que jugando ese dinero podría conseguir el faltante. Resultado: perdió la suma prestada en un casino. Ante la impotencia de hacerle frente a la deuda, se quitó la vida.

Otro relato: una mujer llegó a Jugadores Anónimos en busca de ayuda. En sus finanzas tenía una deuda de “muchos millones” de colones en tarjetas de crédito. La familia la ayudó con la mitad, pero con la promesa de que ella trabajaría muy fuerte para controlar su adicción al juego. La joven no solo no le cumplió a sus allegados, sino que también se “enjaranó” con varios millones más.

Otro caso: uno de los miembros del grupo tuvo una recaída; entonces, dos compañeros de Jugadores Anónimos fueron a “rescatarlo” al casino donde se encontraba. Lejos de salir airosos, los dos secundaron al hombre y se quedaron jugando.

“Hay mucha gente que no toma conciencia. Se atreven a decir: ‘Voy a recuperar lo perdido’, ‘voy a jugar como los grandes’ o ‘¿quién dijo miedo?’ Hay que luchar mucho para no dejarse arrastrar por un problema que afecta a terceros”, aseguró Alberto.

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