Hace 23 años, el pueblo de Socorro, en Nuevo México, tenía unos 6.000 habitantes. Era un pueblo chiquito, pobre, insignificante si se compara con las grandes ciudades del mapa estadounidense. Damacio López, uno de sus hijos más favorecidos, ni siquiera vivía en sus alrededores.
En ese entonces, Damacio tenía una lucrativa carrera como golfista profesional y se preocupaba poco –o nada– por esa diminuta porción de territorio. Salvo que allí vivían sus padres. Entonces, de vez en cuando, Damacio abandonaba los glamorosos campos de golf de Yuma, en Arizona, y visitaba a sus parientes.
Desde el patio de la casa se divisaba el paisaje: rigurosas montañas y extensas llanuras recortadas contra un cielo interminable y azul. Damacio sabía que en el corazón de la montaña que se veía justo enfrente corrían las aguas que bebía el pueblo.
Durante uno de sus viajes, se percató de algo inusual para él: una serie de explosiones “muy grandes”, provenientes de esa montaña, sacudían Socorro.
“Todos en el pueblo pensaban que eran explosiones de dinamita”, cuenta Damacio. “Pero eran tan fuertes que rajaban las paredes de las casas, en su mayoría de adobe. A la gente no le gustaba esto, especialmente a mi padre y a mi madre. Cada vez que había una explosión, una nube negra venía sobre nuestra casa”.
Así, presionado por el disgusto de sus progenitores, Damacio comenzó a hacer preguntas: ¿Por qué las explosiones eran tan violentas? ¿Por qué ese humo negro? ¿Por qué nadie decía nada?
Su primera parada fue en la universidad de la zona: New Mexico Institute of Mining and Technology. Solicitó audiencia con su presidente y luego se entrevistó con los jefes de este. Todo el mundo sabía que las explosiones eran obra de la universidad. Con palmaditas en el hombro, le dijeron que no se preocupara: “Es dinamita, como siempre. No es gran cosa, no se preocupe”, dice que le dijeron.
Las explosiones se hacían desde 1947, aunque en un principio sí eran de dinamita, asegura Damacio, quien regresó a la casa de sus padres, al menos satisfecho por haber cumplido con preguntar.
Aunque un periódico local había reportado sus breves interrogatorios universitarios, las cortas vacaciones de Damacio parecían a punto de concluir sin pena ni gloria. Sin embargo, no fue así: un día antes de irse, se encontró delante de la puerta de su casa unas 15 cajas con papeles. “¿Y esa basura?”, se preguntó.
La “basura” resultó ser la verdadera respuesta a todas sus preguntas. Enfermo de cáncer, el Dr. Lamar Kempton acababa de ser despedido de la universidad y, furioso, había decidido botar todos sus reportes científicos. “El doctor Kempton era el mero mero ”, relata Damacio.
Sus papeles explicaban, entre otras cosas, que las explosiones en realidad eran experimentos con uranio empobrecido, un desecho del enriquecimiento del uranio que estaba siendo probado con fines bélicos. Además, precisaba la fecha del inicio de las pruebas y explosiones: 1972.
Damacio no pudo descifrar de inmediato la letra menuda de los papeles, pero sí supo algo sin lugar a dudas: nada de lo que estaba pasando era bueno para la gente de Socorro. Entonces, sus preguntas se volvieron incómodas. Y cuando esto sucedió, Damacio López dejó de ser golfista para convertirse en activista, investigador universitario y director de un equipo de estudios sobre el uranio empobrecido: el International Depleted Uranium Studies Team (Idust). “En ese tiempo nadie sabía nada, fuera del gobierno. Decidí parar aquello y volví a la universidad, adonde me hice investigador”, cuenta.
No fue sino hasta siete años después –cuando incluso ya el Dr. Kempton había muerto– que Damacio supo que las cajas habían llegado hasta sus manos gracias a un primo suyo, misceláneo del New Mexico Tech que, por casualidad, había leído en el periódico del pueblo que Damacio, el golfista, andaba haciendo preguntas.
En 1986, López fundó el grupo Salvemos la montaña , y con este, pudo abrir viejos archivos del Departamento de Medioambiente y Salud del Estado de Nuevo México. Así descubrió que, desde mediados de los años 80, habían aumentado en Socorro los casos de hidrocefalia, malformaciones congénitas, paladar hendido y cáncer.
A partir de su tesis universitaria ( Uso militar del uranio empobrecido , de 1993), el activista escribió un libro que lo convirtió en una de las primeras voces que, desde la sociedad civil, se alzaban con autoridad para alertar sobre los peligros de este material.
Mientras tanto, en Socorro, el padre de Damacio murió de leucemia y las explosiones continuaron, incluso hasta hoy.
¿“Empobrecido” es ‘light’?
Para cientos de especialistas, investigadores, científicos y víctimas de su toxicidad, decir “uranio empobrecido” es hablar con eufemismos. “No existe el uranio light ”, afirman.
Al menos una decena de ellos se reunió la semana pasada en San José, durante la I Conferencia Latinoamericana sobre Armas de Uranio, a instancias del Centro de Amigos para la Paz y la International Coalition to Ban Uranium Weapons (Icbuw), representada en 25 países por 92 organizaciones independientes.
El Dr. Massimo Zucchetti, ingeniero nuclear de la Universidad Politécnica de Torino; la nutricionista Gretel Munroe, graduada en Salud Pública de Harvard; el soldado estadounidense Herbert Reed, contaminado con uranio en Iraq; la médica japonesa especialista en radiaciones, Dra. Katsumi Furitsu, y el Dr. Nobuo Kazashi, graduado de Yale y profesor de filosofía de la Universidad de Kobe, fueron algunos de los participantes.
Cada uno habló del tema desde su especialidad. Sin embargo, todos coincidieron en un punto: se oponen a la fabricación de armas con uranio.
“Las armas con uranio empobrecido no deben considerarse armas nucleares”, explica el inglés Doug Weir, coordinador de la campaña internacional de Icbuw. “Las armas nucleares usan mucha energía para destruir su objetivo. Estas armas lo que usan es su densidad extrema: cuando alcanzan su objetivo, son muy poderosas para penetrar el blindaje. Son municiones de tanques y aviones, aunque no son precisamente bombas”.
“Al impactar, se incendian a más de 3.000 grados, y dispersan un fino polvo radiactivo químicamente tóxico. Esto permanece en el ambiente, viaja por el aire y contamina las áreas civiles, las ciudades y el campo, y creemos que esto ha causado altas incidencias de cáncer y leucemia en Iraq y otros lugares donde se ha utilizado”, agrega.
“Muchos nos preguntan por qué no incluimos las armas nucleares en nuestra campaña”, interviene Ria Verjauw, activista y cofundadora del Comité Belga e Internacional de Icbuw. “Les decimos que ambos tipos de armas necesitan diferentes tipos de acercamiento político. Las armas nucleares son armas estratégicas y las armas con uranio empobrecido son armas convencionales, usadas en conflictos convencionales, aunque tienen efectos no convencionales”.
Uranio integral
La explicación científica es casi tan densa como el mismo uranio, pero el ingeniero nuclear cubano-costarricense, José Antonio Morales, graduado de la Universidad Técnica de Praga, ensaya con palabras sencillas. Aunque él no participó en la Conferencia y no ha estudiado el uso del uranio empobrecido con fines militares, sí conoce de protección radiológica, física médica, radioterapia y radiodiagnóstico.
“El uranio empobrecido es, básicamente, U238”, dice. “Debido a que el periodo de semidesintegración del U238 es de 4.500 millones de años, su desintegración ocurre con baja frecuencia. Sin embargo, la emisión de partículas alfa provenientes directamente del U238 constituye una de las radiaciones más radiotóxicas, producto del gran daño que puede causar a nivel celular por la entrega de gran energía durante un recorrido muy corto”, agrega.
“Es el metal más pesado que existe”, explica Zucchetti, en un español ligero. “Casi 3 veces más pesado que el acero y casi 2 veces más pesado que el plomo”.
Por eso, afirma el científico italiano, la industria militar lo ha utilizado como arma de penetración de blindaje: porque nada lo detiene. Además, esta basura es prácticamente regalada.
“Tiene un precio convencional de $2 por tonelada. Hay 500.000 toneladas de uranio empobrecido disponibles en el planeta: para uso militar, solamente se han usado 10.000. Por cada kilo de uranio enriquecido, se producen siete kilos de desecho”.
“Cereal killer”
Durante su intervención en la Conferencia, la Dra. Katsumi Furitsu profundizó en los efectos sobre la salud humana del U238 y dio argumentos científicos para exigir su prohibición.
“El uranio empobrecido es ‘basura nuclear’ producida por el enriquecimiento del uranio a la hora de hacer las armas y combustibles nucleares. Se le llama degradado o empobrecido porque el isótopo U235 es separado del uranio natural y lo que queda es el U238, aún peligroso a nivel radiológico”, dice Furitsu.
“Como metal pesado, el isótopo U238 emite sobre todo radiaciones alfa que no penetran la piel pero que son muy perjudiciales dentro del cuerpo. Cuando la gente inhala partículas finas del óxido de uranio, estas pueden entrar profundamente al pulmón e irradiar tejidos finos. La inhalación de este polvo es la ruta más probable para que el uranio se introduzca al cuerpo”, agrega.
A esto se suma que las partículas de óxido de uranio son insolubles o escasamente solubles, según explica Furitsu, y pueden permanecer en los pulmones por años, e incluso algunas, debido a su tamaño (mucho más pequeñas que una milésima de un milímetro) pueden incorporarse al torrente sanguíneo. Y de ahí, llegar a los huesos, el hígado, los riñones y otros órganos.
El estadounidense Herbert Reed, veterano de la guerra de Iraq, está seguro de que fue exactamente eso lo que le pasó a él. Aunque solo permaneció dos meses en el sur de Iraq, en el 2003, regresó a su casa en Carolina del Sur con visibles heridas de guerra, aunque las más letales resultaron ser las que no se veían.
La mitad del cuerpo paralizada, diarrea constante, severos problemas respiratorios, cansancio crónico, sangre en la orina y en sus deposiciones, erupciones en la piel, depresión... Reed logró ser indemnizado pero no por la contaminación por U238 (la cual fue probada en laboratorios de Alemania) sino por otras heridas. Actualmente, Reed y su grupo –conocido como los Nine Soldiers of the 442 MP. Co.– tienen una demanda contra el ejército estadounidense por fallar a la hora de explicarles acerca de los peligros de la exposición al U238. Cuando supieron de su existencia y preguntaron, el Ejército les dijo que el uranio empobrecido era tan inocuo que podían revolverlo con el cereal, y comerlo.
“Yo les dije: Si ustedes comen un poco, yo también comeré un poco”, cuenta Reed.
Al final de su intervención, la Dra. Furitsu se encargó de recordar importantes declaraciones medioambientales, como la Declaración de Río y la de Wingspread. Su punto: la carga de la prueba. Es decir, debería corresponderle a quienes fabrican estas armas probar que no envenenan, antes que al público demostrar sus efectos letales.
La industria militar actúa con la impunidad de su naturaleza perversa: aunque Estados Unidos admitó haber usado 360 toneladas de uranio empobrecido en la primera Guerra del Golfo, y al menos 140 en la actual, ¿hubo consecuencias?, ¿alguien le impuso sanciones?
“El programa ambiental de Naciones Unidas también ha investigado en los Balcanes e Iraq, pero el gobierno de Estados Unidos no da información de dónde ha usado estas armas, aunque la ONU les ha exigido darla”, relata Doug Weir. “Tenemos a veteranos en Estados Unidos e Italia que están muy enfermos y tienen U238 en sus cuerpos. También tenemos evidencias de cánceres y malformaciones en nacimientos de niños en lugares donde se ha usado el uranio empobrecido. Lo que no tenemos son estudios epidemiológicos de largo plazo en las zonas donde se han utilizado estas armas pues son zonas de conflicto y EE.UU. e Inglaterra no tienen interés de ver lo que está pasando, ni de que otros vean”.
“Italia negó por 10 años la relación entre las muertes de soldados y el uranio”, advierte Zucchetti. “Finalmente, en diciembre del 2008, el Ministerio de Defensa admitió públicamente que el uranio mata y destinó 30 millones de euros a compensaciones”.
Hasta ahora, el gobierno de Bélgica ha sido el único en prohibir el uso del uranio empobrecido “en armas, municiones inertes y planchas de blindaje”. Aunque Bélgica no produce U238, al ser sede de la OTAN, recibe con regularidad embarques de armas estadounidenses con este material. La ley entrará en vigor el próximo 21 de junio.
Para que vean
Naomi Toyoda ha viajado por el mundo retratando a las víctimas de la guerra y colabora con Icbuw en su campaña mundial contra la fabricación de armas con U238. Su exposición El costo humano de las armas de uranio empezó a girar en el 2007 y ya fue vista en Bruselas, Helsinski, Edimburgo y San José.
Naomi cuenta que, en los últimos años, estuvo muchas veces en Iraq, pero que no es la única zona de conflicto que conoce. También estuvo en los Balcanes, África y, recientemente, Gaza.
“Si nos olvidamos de las víctimas, hacemos nuevas víctimas”, dice. “El objetivo de todo lo que hago es simple: solo busco detener la guerra”.
FOTOS

Naomi Toyoda para
En el 2002, Toyoda retrató en Bagdad a un padre kurdo junto a su hijo, quien sufría de leucemia. Iraq sufrió sanciones económicas de 1990 al 2003. Ese año empezó la guerra, la cual agravó la situación general de la población.

Jose Díaz
Como fotoperiodista, Naomi Toyoda no es imparcial. “Si nos olvidamos de las víctimas, hacemos nuevas víctimas”, dice. Él fue uno de los participantes en la Conferencia Latinoamericana sobre Armas de Uranio, celebrada en San José la semana pasada gracias al Centro de Amigos para la Paz y la International Coalition to Ban Uranium Weapons (Icbuw).

AFP
A principios de mes, 1,8 toneladas de combustible MOX (mezcla de óxidos de uranio natural, uranio empobrecido y plutonio) partieron de Cherburgo, Francia, hacia Japón. Ambienta- listas afirman que se trata del mayor cargamento de plutonio en la historia y que aumenta la posibilidad de la proliferación nuclear. Japón, que virtualmente no tiene fuentes de energía natural, quiere empezar a usar combustible nuclear. El grupo francés Areva, que reprocesa el combustible, insiste en que la producción de MOX es segura y reduce la basura nuclear.

José Díaz
Es alto y fornido, pero lo cierto es que la salud de Herbert Reed, exsoldado del ejército de EE.UU. en la guerra de Iraq, decae día a día. Su organismo libra una batalla cotidiana pues está intoxicado por el polvo de óxido de uranio que inhaló en el campo de batalla. Sus males son crónicos.

Naomi Toyoda para
El Dr. Jawad Kadhim Hassan Al-Ali dirige el Centro de Tratamiento de Cáncer de Basora, el puerto más importante del país. “Las sanciones económicas agravaron la situación de los niños con cáncer”, afirma.

Archivo
James Nachtwey hizo uno de los ensayos fotográficos más poderosos que existen sobre los efectos del ‘agente naranja’.
AUDIOS
Entrevista con el activista mexico-estadounidense Damasio López.
Entrevista con el activista mexico-estadounidense Damasio López.
Declaraciones del ingeniero nueclear Massimo Zucchitti
Declaraciones del ingeniero nueclear Massimo Zucchitti
Algo raro pasa al sur de Iraq
Jawad Kadhim Hassan Al-Ali: testigo de los hechos
– Dr. Ali, ¿cuál es su especialidad? –Soy oncólogo. Doy tratamiento para el cáncer. Soy miembro del Consejo Iraquí del Cáncer.
– ¿Cuál es la extensión y población de Basora? ¿Cuánto tiene de trabajar en esta ciudad? –Basora tiene 2,5 millones de habitantes. Nací en esta ciudad en 1944. Hice la secundaria aquí y en 1967 me gradué de la Universidad Médica de Bagdad. Después cumplí con el servicio militar y desde entonces trabajo en Basora. Tengo alrededor de 41 años de trabajar aquí.
–¿Cuándo y por qué empezó sus investigaciones sobre el uranio empobrecido en los seres humanos? –Seis años después de la guerra de 1991 empecé a estudiar la relación entre el uranio empobrecido y el cáncer. Habíamos notado un aumento en el número de pacientes con cáncer que llegaban a nuestro hospital. En 1996 se mencionó el uso de U238 en la guerra. Entonces se enlazó el uranio con el aumento en la incidencia de cáncer en Basora. Empezamos nuestros estudios: del número de personas que lo padecían, el número que muere por cáncer y los tipos predominantes de la enfermedad. Por ejemplo: hay algunos tipos de cáncer que se presentan a edad avanzada, pero se empezaron a diagnosticar en gente joven. A esto lo llamamos un cambio de patrón en la presentación del cáncer. Un niño casi nunca presenta linfoma, pero ahora sí. Esto no es usual. Otra cosa que no es usual es tener familias con diferentes miembros que padecen de cáncer. Una familia en la que un niño, un hermano y una hermana padecen de cáncer. Tengo 60 familias en las que más de uno de los integrantes tiene cáncer. En una de ellas hay nueve casos, pero tengo familias con cuatro, tres, dos casos… Esto no se había visto antes de la guerra de 1991.
–¿Por qué su hospital tiene un papel en la historia de la Guerra del Golfo, en 1991?
–Nuestro hospital se ubicaba al lado este de Basora, cerca de la frontera con Irán, país con el que tuvimos una guerra de ocho años. Fue el principal centro de tratamiento de los heridos de esa guerra y lo bombardearon muchas veces. Dejamos el hospital en ese entonces y nos trasladamos a la parte oeste de Basora. Es una historia muy larga. Tenemos muchas especialidades: trauma cerebral, trauma de tórax. Nuestras especialidades no se encuentran en otros hospitales.
–¿Puede afirmarse que el U238 es nocivo para la salud humana? ¿Quiénes serían los más vulnerables y por qué? –Del U238 sabemos que las partículas de radiación que emite son dañinas para el cuerpo humano y que los niños son los más vulnerables. Hay células con crecimiento anormal en los riñones, en el sistema nervioso. Las células de la sangre, que produce la médula, al ser afectadas por la radiación, sufren cambios y se convierten en células de crecimiento muy rápido. La leucemia y el linfoma son los tipos de cáncer más corrientes en los niños. Personas muy jóvenes con cáncer en los riñones, los huesos y los tejidos blandos...
“No tengo datos de las cifras, pero sí puedo darle la incidencia de todos los cánceres en general en Basora: es de 74,3 por cada 100.000 pobladores. El estudio que estamos haciendo no está completo, pero apunta a una incidencia muy alta, de casi el doble de esa cifra”.
–Usted afirma que hubo una alarmante cantidad de “fenómenos extraños”, que aparecieron después de la Guerra de 1991. ¿En qué consisten? –Hay fenómenos raros: muchas familias con varios casos de cáncer y personas con dos tipos de cáncer al mismo tiempo, como una paciente con cáncer en el cerebro y leucemia, por ejemplo. Un paciente con cáncer en la sangre y cáncer de pulmón de diferente tipo, que no se deriva uno del otro, que no es metástasis de un cáncer sino cánceres de diferente tipo. La leucemia en los neonatos no es común; es muy poco común que se nazca con leucemia. No tengo cifras porque no trabajo en pediatría.
–¿Estos “fenómenos extraños” están relacionados con el U238? –No diría que la radiación sea la única causa; están las bombas tradicionales y el TNT; las malas condiciones de salud, de vida, de higiene; malos servicios municipales, son todos factores que pueden causar infecciones y podrían causar cáncer. La nutrición es otro factor. Son causas múltiples. Cuando alguien pueda comprobar los cambios en los cromosomas, podremos atribuirlo en un 100% a la radiación; antes no.
–¿Dónde en Iraq se observa contaminación por U238? –En el 2003 se contaminó con U238 no solo a Basora sino a unos 300 lugares. Se tardan de 12 a 13 años para que se vean los efectos de esa contaminación. Ahora está apareciendo cáncer en los huesos, en los músculos, en los tejidos blan- dos. Creo que se debe a la Guerra de 1991 porque el perio- do de incubación es muy largo.
–Desde su punto de vista, ¿se puede afirmar que el U238 representa un peligro mortal para la salud humana? –No tenemos todas las instalaciones para llevar a cabo las pruebas en Iraq. Tampoco los instrumentos ni los doctores especializados. Hemos estado en guerra durante 30 años, desde 1980, continuamente. La contaminación por U238 puede estar ahí; puede que uno esté contaminado pero no sabe cuándo le va a aparecer el cáncer. Los ministerios de Salud y del Ambiente no nos permiten dar información si no es con su autorización. Ellos, a la vez, también están restringidos por los estadounidenses y no se permite hacer pública tal información.
Colaboraron Gerardo Chaves y Maricel Sequeira
Vietnam: heridas que aún arden
Los antecedentes del “agente naranja”
La selva y los campos cultivados estorbaban: quitaban visibilidad para matar. Entonces, entre 1961 y 1971, el ejército de Estados Unidos arrojó unos 80 millones de litros de herbicidas sobre junglas y plantaciones de Vietnam. Entre ellos, el más empleado fue el conocido ‘agente naranja’, un defoliante químico más devastador que el napalm : 24.000 kilómetros cuadrados fueron rociados con este veneno, cuyas secuelas entre la población civil y los soldados de ambos ejércitos persisten tres y cuatro generaciones después. Casi cuatro millones de vietnamitas padecen enfermedades neurológicas, cáncer y malformaciones congénitas provocadas por la dioxina. Este mes, el Tribunal Supremo de EE.UU. desesti-mó la acusación de la Asocia-ción de Víctimas del Agente Naranja de Vietnam contra más de 30 compañías y multi-nacionales que lo fabricaron: Monsanto, Dow Chemical y DuPont, entre otras. En 1984, veteranos de guerra estado-unidense denunciaron a las empresas químicas por los efectos del tóxico en su salud y la querella se saldó con un acuerdo de $180 millones. Por 30 años, el ejército estadouni-dense negó la toxicidad del ‘agente naranja’.
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