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Costa Rica, Domingo 25 de enero de 2009

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Personajes

Ángeles color olivo

 Mirada de guerra. Acostumbrados a sortear la muerte a diario, el grupo de combate 31 de la Fuerza Aérea colombiana, surcó los cielos de Costa Rica para brindar ayuda luego del terremoto. Proa estuvo en el helicópero Ángel 1 para conocer a sus sesis tripulantes.

Alonso Mata B. | amata@nacion.com

En medio de la mayor de las tragedias vivida en la última década, los ojos de luto de los familiares de las víctimas mortales, la desesperación de quienes perdieron todo y del malestar de los habitantes de comunidades extintas, los cuerpos de socorro no dejaban de proyectar esperanza.

Allí, entre los azulados cruzrojistas, el naranja de los funcionarios de la Comisión de Emergencia y el negro opaco de los agentes del Organismo de Investigación Judicial, seis figuras verde olivo sobresalían en el ambiente. Luciérnagas en un camino de oscuro panorama.

Su uniforme, ajeno para cualquier costarricense, y su medio de transporte, un deslumbrante helicóptero Black Hawk , atraían las miradas de los curiosos y los flashes de las cámaras.

La tripulación del Ángel 1 –como se le conoce a la aeronave–, conformada por seis colombianos paisas (de Medellín), vino al país a ayudar a los más afectados del terremoto del 8 de enero.

Acostumbrados a luchar en la selva contra las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), sortear bombas y ataques de metrallas, esta media docena de combatientes se armó de humanidad para dejar la guerra de lado por unos cuantos días y servir en Tiquicia, con igual compromiso y entrega a como lo hacen en su patria.

Humano

Su porte es similar al de cualquier soldado que aparece en las películas de Hollywood, su manera de hablar respeta todo protocolo militar y cada uno de sus movimientos pareciera estar fríamente calculado. Distantes y reservados, escuetos en sus palabras.

Pero a medida que progresaba el cuestionario, sus escudos van cayendo y sale a flote su necesidad de desahogarse.

Me abren las puertas del Angel 1, me invitan a sentarme entre ellos y ahí entre los equipos de rescate y con la compuerta a medio abrir comienzan a revelar sus historias, miedos y sueños.

Más allá de su semblante de guerra, están los padres de familia preocupados por sus hijos, esposos enamorados y jóvenes con el sueño de llegar a viejos.

El Grupo de Combate 31 lo integran el capitán Luis Antonio Gélvez, de 36 años de edad y jefe de la misión; el capitán Camilo Gómez de 31 años; el técnico primero, Gustavo Betancourt de 35 años; los técnicos segundos, Guillermo Gómez, de 34, y Raúl Muriel, de 33, y el técnico cuarto, Carlos Echeverría, de 26 años.

Mientras para los costarricenses la guerra no es más que una pesadilla lejana, para ellos es parte de su cotidianidad, una faceta de sus vidas con la que han aprendido a lidiar.

El grupo se especializa en rescatar a soldados heridos por minas de las FARC o en el propio combate. Navegan entre las nubes para luego aterrizar en territorios hostiles, brindar atención médica de emergencia a sus colegas y trasladarlos a las zonas seguras.

Pero tales acciones son más complicadas de lo que suenan, en ocasiones los terrenos son de difícil acceso e imposible aterrizaje.

Además en no pocas oportunidades son recibidos con balas de sus enemigos.

Cada uno tiene su misión: Raul Muriel es el encargado de asistir médicamente a los heridos, estabilizarlos y mantenerlos con vida; Betancort y Gómez despejan el área, la vuelven segura, para ello cuentan con ametralladoras M-16, con ellas lanzan ráfagas mortales de fuego cruzado.

“La tarea es dura, pero intentamos mantener la cabeza fría”, destaca Betancourt.

También efectúan rescates verticales, en donde se desciende con arneses en medio de precipicios para brindar la ayuda.

La mayor satisfacción de este grupo de guerreros es precisamente esa acción de salvar vidas, se refieren a quienes rescatan como “muchachos”, entienden su responsabilidad guardiana y se asumen como integrantes de uno de los elementos indispensables del ejército de Colombia.

Aunque saben que el riesgo es inminente y que la muerte les respira en la nuca, todos coinciden en que la labor vale la pena, pues se lucha por salvar vidas.

“Muchas de las personas que rescatamos ni siquiera sabemos quienes son, pero no hay mayor satisfacción que volver a casa y decirle a mi esposa: ‘amor hoy salvé una vida’”, detalló el piloto de la aeronave Camilo González.

Por más distinguido uniforme militar que vistan, no dejan de sentir miedo en las misiones, no solo por sus vidas, sino por la amenaza de no volver a ver a sus seres queridos.

“No sabemos qué tan cerca estamos de la muerte hasta tiempo después de cada misión. En el momento un espíritu de sobreviviencia nos invade, la adrenalina está al tope, no hay tiempo de pensar, solo de actuar. Cuando pasa el peligro, ya uno empieza a temblar, siente taquicardia y se da cuenta de riesgo en el que estuvo”, confesó el piloto.

Por su parte, Luis Antonio Gelvez, padre de dos hijos –uno de cinco años y otro de 11 meses– asegura que siempre tiene en mente a su familia.

“Cada vez que salgo a una misión mi esposa se queda intranquila, le da miedo que me pase algo, ella preferiría que yo durmiera con ella todas la noches, pero también entiende las particularidades de mi trabajo”, manifestó.

De todos los tripulantes del Ángel 1, solo uno es soltero. Es Echeverría, el más joven, con tan solo 26 años. Los demás lo tratan como un ‘hemanillo menor’, lo molestan y le dan bromas.

Pese a su timidez se nota en sus palabras su anhelo de envejecer en el tan riesgoso trabajo.

Ayuda en Tiquicia

La unidad arribó a Costa Rica el 9 de enero, un día después del terremoto de 6.2 en la escala de Richter que estremeció al país y dejó más de 2.000 damnificados y 30 muertos.

Sus labores variaron desde asistir a técnicos del Instituto Costarricense de Electricidad en la colocación de tendido eléctrico, hasta evacuación de personas y recuperación de cuerpos.

Según el capitán González el Presidente de su país, Álvaro Uribe, solo les dio una orden: “Vayan y apoyen al país hermano”. Otra de las misiones fue el traslado de animales domésticos desde la zona devastada, Cinchona, hasta San Miguel de Sarapiquí.

En uno sus vuelos trasladaron casi una decena de perros: el helicóptero acababa de aterrizar cuando los canes salieron corriendo y moviendo la cola.

Al final de su visita lograron evacuar a 636 personas y recuperar 13 cuerpos de fallecidos, que fueron entregados a sus familiares para que les dieran santa sepultura. Además, trasladaron cuatro toneladas de ayuda humanitaria. En total acumularon 50 horas de vuelo, cada una con un costo aproximado de $6.000.

Impacto

El trabajo, pese a estar lejos de las explosiones y las emboscadas enemigas, no fue fácil. La velocidad del viento, la neblina y las dificultades del terreno fueron su principales obstáculos.

No escaparon de la impresión del golpe del terremoto. Hubo momentos en que sus ánimos sucumbieron ante el dolor ajeno, el pueblo devastado, la desolación de los familiares de las víctimas.

En la otra cara de la moneda, se ganaron el cariño de los ticos y se marcharon, admitieron, bastante enamorados del país.

“Estamos muy agradecidos con el pueblo de Costa Rica, nos dieron muy buena acogida, nos trataron muy bien, fue un placer ayudarles”, detalló Gálvez, quien luego, en un tono casi militar, solicitó que informe en estas páginas su gratitud con el Capitán Alexander Romero, el Ministerio de Seguridad, y el Hotel La Condesa, que les brindó alojamiento gratuito.

Los soldados saben que nuestro país alberga a más de 18.000 colombianos, según datos de Migración, quienes emigraron de su patria en busca de una mejor vida, lejos de la guerra.

“Para nosotros es muy importante, somos países amigos, les devolvemos un poco de lo que nos dan”, dijo Camilo González.

Como una muestra de gratitud, las autoridades nacionales condecoraron en un acto oficial el pasado 16 de enero a los tripulantes del Ángel 1 por su “labor heroica”. Ángeles de verde olivo que recorrieron los cielos de un país ajeno, pero hermano, en medio de una desgracia, con el fin de darle una mano, para que cualquiera que estuviera en el suelo pudiese levantarse.

FOTOS

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    Eddy Rojas

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    Eddy Rojas

    El Black Hawk es usado, principalmente, para transportar tropas hacia el campo de batalla, rescatar heridos y como soporte aéreo contra tropas terrestres.

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    El Ángel 1 es el caballo de batalla del comando 31.

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    Cada uno de los integrantes de la tripulación tiene una función clave. Además de las labores de rescate los soldados tienen amplios conocimientos mecánicos.

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    Eyleen Vargas

    Respeto. El grupo dijo sentirse orgulloso de ayudar.

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    Eyleen Vargas

    Honor. Las autoridades nacionales condecoraron en un acto oficial el pasado 16 de enero a los seis tripulantes del Ángel 1 por su “labor heroica” desempeñada en Cinchona.

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Maniobras de rescate

Desde las alturas, en Cinchona

Los tripulantes del Angel 1 coincidieron en que la misión más difícil que debieron efectuar enel país fue la recuperación de un cuerpo dentro de una automóvil marca Toyota Yaris, el cual fue enterrado por un terraplén.

El rescate se produjo el domingo 11 de enero en Cinchona.

Una cantidad de tierra suficiente para llenar más de 100 vagonetas se precipitó y arrasó consigo el vehículo conducido por Rafael Herrera Esquivel.

El señor falleció dentro del auto, el cual quedó empotrado en una especie de paredón.

El Black Hawk colombiano entró en acción.

Raul Muriel bajó colgando del helicóptero para constatar las difíciles condiciones del lugar.

La labor parecía imposible, además de arriesgada para los rescatistas.

Los cruzrojistas y bomberos debieron batallar por más de dos horas contra las latas del destartalado automóvil, para poder extraer el cuerpo.

Posteriormente, aseguraron el cuerpo y los engancharon a una canasta que se había desprendido del Ángel 1.

El helicóptero se mantuvo suspendido en el aire para elevar el cuerpo y trasladarlo a tierra firme.

El cuerpo de Herrera fue trasladado a la morgue judicial. “Saber que alguien arriesga la vida por hallar a mi papá me hace sentir orgulloso de este país”, manifestó uno de sus hijos.

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