Venimos al mundo de una forma violenta. Aún antes, cuando nadamos en el tibio líquido de la inocencia absoluta, ya somos minúsculas cajas de resonancia; nuestro incipiente sistema nervioso comienza temprano a estremecerse con cada grito y cada portazo del mundo exterior.
Después viene el parto, un verdadero hecho de sangre en el que luchamos por vivir. Nos abrimos paso sin saber adonde vamos a parar, y al salir nos reciben con una especie de castigo ritual: nos cuelgan de cabeza y nos nalguean por primera vez. Por lo general somos bienvenidos. Durante nuestros primeros meses o años, a la mayoría no nos va tan mal. En el peor de los casos hay al menos una tía que nos sonríe, nos alza y nos malcría. A algunos nos va más que bien: papá y mamá celebran nuestras travesuras y nos sentimos una especie de elegidos. Pero la luna de miel no dura mucho.
Apenas comenzamos a hablar y damos muestras de uso de razón, perdemos súbitamente nuestra condición de ángeles y pasamos a ser unos mocosos insufribles. Nos sacan de la cuna, nos quitan la chupeta, nos dicen “eso no se hace” veinte veces al día, sin darnos mucha explicación.
Cansados de regañarnos, nos mandan lejos de la casa. Nos cambian nuestras ropas multicolores por otras monocromáticas, nos “uniforman” en todos los sentidos posibles, nos hacen aceptar que somos parte del mundo y que esta pertenencia implica la sumisión a miles de reglas por el resto de nuestras vidas. No es fácil adaptarse.
Algunos topamos con suerte y sobrevivimos sin salir muy lastimados. Otros tienen la desgracia de caer en manos de gente grande que no ve nada malo en someterlos a la fuerza, “corregirlos para que hagan caso” empleando la misma pedagogía ancestral que sus padres emplearon con ellos: los golpes.
Estos niños y niñas llenan por miles cada semana las salas de emergencias del Hospital de Niños, con sus cuerpos agraviados por toda clase de maltratos y sus almas tomadas –quizá para siempre– por el rencor.
Los sobrevivientes escuchamos sus historias en la escuela, cuando quieren hablar. Así comenzamos a conocer la violencia. Qué diferente sería si nos dejaran elegir bien, en vez de forzarnos; si se nos respetara por lo que somos y se nos tratara como lo que podemos llegar a ser. Qué diferente y qué utópico: un mundo sin violencia contra niñas y niños. Tal vez entonces podríamos comenzar a hablar seriamente de recuperar la paz y muchas otras palabras que hoy retumban como estañones vacíos.
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Manuel Canales
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