En marzo del 2005, el Club Deportivo San Isidro de Pérez Zeledón, un equipo de futbol juvenil de la zona sur de Costa Rica, llegó a los Estados Unidos para participar en la prestigiosa Copa Dallas. El resultado de los tres partidos que jugó el equipo fue desastroso: en su primer encuentro le anotaron 11 goles; en el segundo, 6, y en el tercero, 16. En total 33 goles.
El Club Deportivo San Isidro de Pérez Zeledón no logró marcar ni un gol; sus jugadores con dificultad pudieron pasar de la mitad del campo, algunos estaban lesionados y otros habían sido descalificados por contar con más edad de la reglamentaria. Tras el torneo, ninguno de los deportistas regresó a Costa Rica.
Días después, se conoció la noticia: en realidad se trataba de un grupo de muchachos que intentaban emigrar a los Estados Unidos y, para conseguirlo, se hicieron pasar por promesas del futbol, burlando a las autoridades y medidas migratorias, y a los organizadores de la Copa.
Habían sido reclutados por un “coyote” (traficante de personas) a quien pagaron una considerable suma de dinero para que los enlazara con familias costarricenses en diferentes destinos de aquel país. Tras el escándalo, no se habló más del caso ni se supo de los muchachos. No, hasta que la cineasta Gabriela Hernández decidió que esta historia tenía el rango de universalidad que buscaba para un tema que la obsesionaba: la migración de ticos y ticas a Estados Unidos.
“Es fantástico. Nadie se imaginaría que estas historias realmente se dan, y por eso precisamente creo que hay que hacer un documental: porque esas historias parecen de ficción, pero son reales; son parte de nuestra realidad”, dice la cineasta, quien actualmente está en Málaga, España, donde continúa gestionando recursos para la posible realización de Mal de Patria , el documental cuyo proyecto nació en el 2005 y aún no se materializa.
“Inicialmente me propuse hacer una película de migrantes costarricenses en los Estados Unidos porque es precisamente un tema del que no se habla”, dice. “Seguimos convencidos de que los costarricenses casi no emigran. ¿Quién querría irse de la Suiza centroamericana ? Pero lo cierto es que tenemos que empezar por admitir que los ticos también emigran y que este es un fenómeno que atraviesa como un gran eje la realidad del país”.
Incontables; incontados
Este impulso cinematográfico tiene, al menos, de donde agarrarse: con 1.905 km2, el cantón de Pérez Zeledón –el número 19 de la provincia de San José– tiene cerca de 150.000 habitantes de los cuales, según datos extraoficiales, 40.000 viven en Estados Unidos. Otros datos extraoficiales aseguran que son 200.000 los ticos que viven en aquel país, incluidos los de la zona sur y el resto del país. Y como los datos extraoficiales nunca terminan de confirmarse o rechazarse, otros aseguran que se trata de una comunidad de 80.000 personas.
Un estudio académico del 2007, con el que Diego Ovidio Leiva obtuvo su licenciatura en Economía en la Universidad Nacional, explica la situación e intenta aportar números redondos. Según sus pesquisas, en el año 2004, cuando la población total de Costa Rica era de poco más de 4 millones de habitantes, unos 80.000 estaban en Estados Unidos. “El principal destino de la población costarricense lo ha constituido, sin duda alguna, Estados Unidos. Recientemente se ha reportado a Canadá como otro importante destino, lo que puede ser entendido por las dificultades de ingresar directamente a EE.UU”.
Sin embargo, aunque la migración de costarricenses es un hecho –especialmente de la zona de Los Santos y Pérez Zeledón–, nada parece más difícil que cuantificarla. Tan ardua se ha vuelto esta labor –y posiblemente tan urgente– que no fue sino hasta hace unas dos semanas que la Dirección de Migración y Extranjería propuso efectuar un censo migratorio de los costarricenses que ya viven en Estados Unidos.
Historias que van y vienen
La inquietud por responder a las interrogantes sobre la migración de los ticos, sin embargo, no es nueva; mucho menos el fenómeno mismo. Para la investigadora de la Universidad de Costa Rica Carmen Caamaño, quien posee un doctorado en estudios culturales, se trata de una situación que empezó 25 años atrás, con ajustes económicos que datan de la década de los 80 (los llamados Programas de Ajuste Estructural) cuyo efecto dejó en la pobreza a muchos agricultores.
“El cambio en los precios internacionales del café tiene un impacto a nivel local y, en el caso de Pérez Zeledón, una historia particular”, dice.
Lo que hizo Caamaño para elaborar su tesis doctoral ( Subjetividades en Contienda: Redes de solidaridad, capital social y la construcción de gobernamentalidad en espacios trasnacionales formados por migrantes costarricenses ) fue irse a la otra orilla de la historia: ella se centró en la comunidad de Bound Brook, en Nueva Jersey, donde viven unos 7.000 ticos, “invisibles”.
Y si las apariencias no engañaran, el paisaje actual de la zona sur sería otro lugar ideal para indagar en busca de respuestas, porque las historias sobran. Y aunque escucharlas al vuelo es lo más común, tampoco es tan fácil que la gente las comparta así no más, pues muchas están teñidas de ilegalidad y temor.
Berny, el papá de Mailyn Leiva, ha viajado 15 veces a lo largo de 18 años. Ahora está en su casa, en Pérez Zeledón, pues no quería pasar el frío del invierno una vez más. Aún piensa ir un par de veces más, antes de detener el itinerario que ha marcado buena parte de su vida. La primera vez que llegó a Estados Unidos, su hija, hoy de 24 años, tenía apenas 6. Nunca viajó ilegal –su visa siempre estuvo vigente– pero no tenía permiso de trabajo, aunque trabajar fue lo único que hizo. Con cada viaje, Berny logró concretar un sueño: la casa; la computadora; el estudio de los hijos.
“Nueva Jersey es el estado más caro, donde las leyes son más estrictas, donde son más racistas y donde son más sapos , pero es donde más trabajo hay, y donde mejor pagan”, explica Berny , quien se especializó como mesero. “Dicen que el que come nieve, regresa, y yo comí”.
Una vez que aparecen, las historias son imparables: Grace Luna, de 57 años y vecina de El Pilar de Cajón de Pérez Zeledón, aún espera que uno de sus hijos regrese al hogar definitivamente pues, aunque otros dos viven en Canadá, con el que está en Estados Unidos prácticamente perdió contacto y teme que no ande “en muy buenos pasos”. Las pocas noticias que le llegan de su hijo son a través de vecinas, cuyos hijos también están fuera.
Mario Ramírez Marín, de 40 años, asegura que su estancia de 16 meses en Trenton fue buena para concretar algunos proyectos familiares, pero que hubiera necesitado mucho tiempo más para consolidar lo que buscaba.
Durante siete años, Gerardo Benavides trabajó en Nueva Jersey en todo lo que apareciera, hasta que finalmente se estabilizó en un restaurante, como ayudante de cocina. Su trabajo le permitió construir dos casas y ahorrar dinero, pero fue sobre todo la avanzada edad de su papá (amputado de una pierna) lo que lo motivó a regresar. Hace tres meses regresó a su natal Alajuelita, pero aún no consigue trabajo.
Contar lo que se pueda
“Creo que al abordar el tema de la emigración hacia Estados Unidos, podemos hacer una lectura de lo que ha pasado en Costa Rica en los últimos 20 años, ya que es con la aplicación de un modelo económico neoliberal que las zonas tradicionalmente agrarias se convierten en expulsoras de su población”, analiza la cineasta, creadora del famoso documental Se prohíbe bailar suin .
“Seguir a los chicos del falso equipo de futbol, intentar comprenderlos, mostrar lo que están haciendo o esperan lograr, será como retratar a un país entero –Costa Rica– en la búsqueda de su identidad”, sintetiza.
Más allá de la historia cinematográfica –cuya conclusión está a unos $100.000 de distancia– queda la realidad, cotidiana aún para miles de costarricenses que viven entre las dos fronteras. ¿Por qué siendo un fenómeno tan antiguo y complejo que ha reconfigurado –desfigurado– el rostro de nuestra idiosincrasia, existe –al menos hasta hoy– tan poca atención oficial al fenómeno?
“En Costa Rica, se ve la migración como una traición a la nacionalidad y hay como una demanda a que la gente aprenda a sobrevivir en la pobreza. Además, aceptar que la gente migra por condiciones económicas significa aceptar que en Costa Rica no existen condiciones para que todos vivamos bien. Se cae ese mito de la Costa Rica pacífica, democrática e inclusiva”.
FOTOS

Jose Díaz
“Mi principal preocupación es la gente, expuesta en su vulnerabilidad, pero también en su vitalidad”, dice la cineasta Gabriela Hernández.

Jose Díaz
La espera. De los cinco hijos que tuvo Grace Luna, de 57 años (vecina de El Pilar de Cajón de Pérez Zeledón), dos viven en Canadá desde hace casi una década y otro está “en algún lugar” de Estados Unidos. Con este último, el vínculo es ocasional. “En mayo fue la última vez que me llamó. Cada vez que hablamos, yo le digo que Dios lo ama y que estamos esperando que regrese”, dice la señora. El muchacho se fue “mojado” por México, con la ayuda de un “coyote”.

Jose Díaz
2002-2003. Mario Ramírez, de 40 años, pasó 16 meses en Trenton, capital de Nueva Jersey. En ese lapso tuvo cuatro empleos, pero el último, en una empresa de mudanzas, fue el más estable y le permitió viajar por todo el país. “Buscaba mejores condiciones económicas. Mi esposa estaba embarazada y mi hijo mayor tenía 5 años”. Ahora trabaja en el Hospital de las Mujeres.

Jose Díaz
Vuelta a casa. En el 2001, Gerardo Benavides tomó una decisión irrevocable, y un avión. Estuvo 7 años en Ridgewood, Nueva Jersey, donde trabajó en la cocina de varios restaurantes, como ayudante de ayudantes. “Estaba cansado. Allá se trabaja mucho, entre 12 y 16 horas diarias, con un día de descanso por semana. No me arrepiento de haberme ido; tampoco de haberme venido”. Ahora es dueño de dos casas en Alajuelita y puede cuidar de su papá, de 78 años.

Jose Díaz
Familión. El esposo de Hania Marín tenía un mes de estar en EE. UU., cuando su hermano –un agricultor de Pérez Zeledón– se instaló en su casa con sus tres sobrinos, porque “no hallaba qué hacer”. Así que Hania, que ya tenía tres hijos propios, agrandó de golpe la familia. Tres viajes a Nueva Jersey permitieron construir una buena casa para todos.

Jose Díaz
En Rivas de P.Z. El mayor de los hijos de Marta Hernández tenía 7 años y el menor iba a cumplir 1, cuando su esposo se fue a Estados Unidos. De eso hace 12 años, pero Marta se cansó de esperar cuando habían pasado tres. “Él me dijo que era para un futuro mejor para todos, pero ha sido una pesadilla. Empezó a poner muchos pretextos hasta que dejó de mandar dinero y solo nos llegaban promesas. Ahora no hay ley que lo obligue a cumplir con su responsabilidad”.

Jose Díaz
Emociones bilingües. Mailyn Leiva, de 24 años, le dice Daddy a su papá quien, los últimos 18 años, ha viajado a Estados Unidos al menos unas 15 veces, todas por motivos de trabajo. Durante cinco años, la familia entera vivió en Bound Brook, Nueva Jersey –donde habita una de las comunidades más grandes de ticos– y Mailyn dice que puede probarlo. “Allí hay un salón de baile muy famoso, El Imperial. La gente dice que el lugar es tan tico que hasta el guarda es nica”. Ella tenía 6 años la primera vez que Daddy se fue. Hoy es su novio el que no está: tiene 4 años de haber emigrado al norte”.

Jose Díaz
Naranjas en paz. Cuando Enrique Fernández le dijo a su esposa que tenía la oportunidad de regresar a Canadá, esta lo frenó con un rotundo “no”. Este agricultor de la zona de Bolivia de San Rafael de Platanares de Pérez Zeledón, quien ya cumplió 50 años, permaneció año y medio lejos de su casa, pero llegó a ganar hasta $25 la hora –trabajando para una compañía de construcción– y a su regreso se puso a vender jugo de naranja, a ¢350 el vaso grande.
“Pura Vida” en Estados Unidos
La comunidad tica tiene su propio periódico cada mes
Después de ganarse la vida varios años como profesor de matemáticas y español en la zona sur, Arturo Rivera pasó a “mejor vida” como vendedor de maquinaria industrial, hasta convertirse en una de las cabezas que dirigen el periódico Pura Vida , el medio de comunicación impreso de la comunidad costarricense en Estados Unidos. Con una edición inicial de 3.000 ejemplares, esta publicación mensual quedó inaugurada el 21 de octubre del 2001 y, según cuenta Rivera, hoy distribuyen 10.000 ejemplares de forma gratuita en todo el territorio estadounidense, pero particularmente en el estado de Nueva Jersey. “El periódico se paga con la publicidad”, explica su director administrativo, quien agrega que aunque no cuentan con una sala de redacción tradicional, sí tienen colaboradores regulares y, a veces, preparan trabajos especiales sobre la comunidad a la cual están dirigidos. Sin embargo, la dinámica informativa es reproducir las noticias más importantes de lo que sucede en Costa Rica, “para que los ticos se mantengan al tanto de lo que sucede en su país”. También tienen sección de opinión, deportes y entretenimiento, pero, por una política editorial, nunca sacan mujeres semidesnudas.
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