Quizá a usted le suceda lo que mismo que a muchos: cada vez que recibe los resultados de un examen de sangre, entiende poco o nada de las cifras y palabras que se describen en el papel. Y, entonces, no le queda más remedio que esperar la “traducción” de un especialista.
En realidad, es el médico quien debe interpretar y analizar toda la información que se ofrece mediante esas pruebas de laboratorio. Sin embargo, el paciente también está en su derecho de aprender, de modo que el examen de sangre no le resulte un jeroglífico egipcio.
De acuerdo con el microbiólogo Alejandro Quesada Carboni, entre las pruebas que más se practican las personas está el hemograma. Se trata de un examen de sangre muy general del que se extraen una serie de datos que dan luz sobre la salud del individuo. Por ejemplo, se puede saber si sufre de anemia (ya sea por una mala alimentación o debido a ciertas enfermedades, algunas muy serias), o si está afectado por algún virus o una bacteria, entre otros padecimientos.
El hemograma se divide en dos partes: la fórmula blanca y la fórmula roja. La primera está constituida por los leucocitos o glóbulos blancos (cuyo rango normal debe andar entre 3.500 y 11.000 /ml). Estas células de defensa circulan por el torrente sanguíneo y pueden clasificarse en varios tipos: neutrófilos, linfocitos, eosinófilos y monocitos.
Los neutrófilos son los encargados de atacar las bacterias que entran al organismo. Según Quesada Carboni, suelen estar aumentados en situaciones de infección o de inflamación.
Luego se encuentran los linfocitos, que se elevan cuando la persona está siendo afectada por virus. En ciertos tumores o leucemias, también podría registrarse un incremento de linfocitos, advierte un reportaje del periódico español El Mundo .
De igual manera, dentro de los glóbulos blancos se analiza la cantidad de monocitos y eosinófilos, otras células que cuando están fuera de rango (más arriba de lo normal) sugieren enfermedades producidas por parásitos, así como alergias y asma.
Disminuyen cuando la médula ósea no produce suficientes células debido a la presencia de agentes infecciosos o de tejido tumoral. Algunos medicamentos que se utilizan para tratar el cáncer, o ciertos antibióticos o analgésicos, pueden reducir la cantidad de glóbulos blancos.
Las huellas rojas
La llamada fórmula roja, por su parte, analiza la situación de los glóbulos rojos o hematíes, encargados del transporte de la hemoglobina y del oxígeno por el cuerpo. Una cifra por encima de lo normal (entre 3,90 y 5,30) es señal de que la persona sufre tabaquismo o insuficiencia respiratoria, o que vive en zonas muy elevadas. En estos todos estos casos, el organismo reacciona produciendo más hematíes.
Cuando los glóbulos rojos están disminuidos puede haber anemia, sangrado excesivo (por ejemplo, menstruaciones abundantes) o una enfermedad en la médula ósea.
Entre los factores que más relevancia tienen en un hemograma se encuentra la hemoglobina, cuyo rango normal oscila entre los 12,0 y los 16 gr/l. Por lo general, la cantidad de hemoglobina presente en un individuo es proporcional al número de glóbulos rojos. Por eso, una cifra mayor o debajo de la normal indica lo mismo que el aumento o la disminución en el número de hematíes.
En una enfermedad conocida como talasemia, sí puede notarse una discrepancia entre la cantidad de hemoglobina con el número de glóbulos rojos, los cuales suelen ser muchos, pero de menor tamaño que lo habitual.
Para saber de qué tamaño son los glóbulos rojos, el interesado debe fijarse en lo que se denomina volumen corpuscular medio (VCM). Un valor superior al promedio podría ser señal de enfermedades del hígado; o de déficit de vitamina B12 o de ácido fólico. Si los hematíes son más pequeños, podría sugerir la presencia de talasemia y déficit de hierro.
La morfología de los glóbulos rojos es otro aspecto que se toma muy en cuenta en una prueba general de sangre. Lo ideal es que estos sean de forma normocítica-normocrómica.
Según Quesada Carboni, el hemograma también ofrece información sobre cómo se están comportando las plaquetas, que son las encargadas de mantener la integridad de las venas y arterias y las principales protagonistas del proceso de coagulación, necesario para sanar heridas.
“En los enfermos de dengue hemorrágico es muy notorio una disminución de las plaquetas, lo que resulta muy peligroso porque la persona puede sufrir hemorragias severas.”, ejemplificó Quesada Carboni.
Límites para sugerir
Con respecto a los valores de referencia que se indican para cada una de las categorías del hemograma, el microbiólogo sostiene que estas cifras le permiten a la persona darse una idea general de cómo se está comportando su organismo. Sin embargo, es necesario aclarar que estos rangos pueden variar según el sexo, la edad, el período del ciclo menstrual, el día y hasta la hora en que se tomó la muestra.
Por eso, si algún factor sale alterado, no se preocupe en extremo sin antes ver a un médico, pues estas pruebas deben ser siempre interpretadas por un especialista. Hay que añadir otros análisis y un examen físico para que el diagnóstico sea confiable.
Tener resultados dentro de los valores normales es siempre una buena noticia, pero Quesada advierte que también se debe tener cierto recelo a la hora de interpretarlos. “Por ejemplo, hay pacientes que salen bien en un examen de colesterol total, pero resulta que tienen el colesterol bueno (HDL) muy bajo y, sin saberlo, también corren el riesgo de sufrir un problema cardíaco”.
Además, se debe tener en cuenta que un análisis de laboratorio tiene mayor valor cuando es comparado en el tiempo. “Si yo tengo una hemoglobina de 14 mg/dl puedo pensar que estoy bien, pero si hace un año la tuve en 16 mg/dl, algo puede estar pasando y hay que investigar la causa”, recomendó el especialista.
Otras señales claves
Controle sus grasas y el azúcar
Además del hemograma, las personas suelen practicarse también una prueba de química sanguínea, donde se valoran otros factores:
Glucosa: mide la cantidad de azúcar que circula por la sangre. Para hacer este examen, conviene que la persona se encuentre en ayunas. Los valores normales oscilan entre 70 mg/dl y 99 mg/dl. Suele estar aumentado en personas con diabetes.
Ácido úrico: es el producto final del metabolismo de algunos aminoácidos, que a su vez son las sustancias que componen las proteínas. Se elimina por la orina. Los valores normales van de 2,4 a 5,7 mg/dl. Suele incrementarse por el consumo de alimentos ricos en proteínas como marisco o carnes rojas, o por el ejercicio extenuante.
Colesterol total: evalúa las grasas que circulan por la sangre, y lo deseable es que factor esté en menos de 200 mg/dl.
LDL: este tipo de colesterol se denomina comúnmente “colesterol malo”. Puede contribuir a la formación de una acumulación de placas en las arterias, una condición conocida como aterosclerosis. Lo deseable es que esté en menos de 100 mg/dl.
HDL: este tipo de colesterol se conoce como “colesterol bueno”, y es un tipo de grasa que evita la formación de placa en las arterias. Debe estar entre 35 y 60 mg/dl.
Triglicéridos: un tipo especial de grasas que circulan en sangre; su valor normal debe ser menor a 150 mg/dl. Aumen-tan con la ingesta de alimentos ricos en grasa, alcohol y tabaco en exceso. La tendencia puede ser hereditaria.
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