Costa Rica, Domingo 4 de mayo de 2008

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Turismo

Osa, un paraíso oculto

 Durante la última década, el cantón de Osa ha surgido como un nuevo destino de turismo sostenible en el país. Sin embargo, pocos costarricenses conocen las maravillas de este paraíso sureño que alberga una gran riqueza natural e histórica.

Randall Corella V. | rcorella@nacion.com

En ese rincón muy al sur del país es casi imposible seguir dormido después de las 6 a.m. Una orquesta de lapas, tucanes y congos se une en una sinfonía natural que hace eco en cada árbol del bosque... en cada ola del mar.

Jaguares, garzas, delfines, cocodrilos, dantas, monos y hasta ballenas, completan esa singular melodía que despierta cada mañana a cientos de turistas, testigos privilegiados de una riqueza biológica única en el país.

En 1.936 kilómetros cuadrados de ríos, bosques, manglares, playas e islas, este cantón puntarenense alberga todo un tesoro de vida silvestre que en la última década lo ha catapultado como el nuevo destino verde de Costa Rica.

“Natural todo el año”, el eslogan con el que la Cámara de Turismo de Osa (Catuosa) abrió las puertas de la región a los visitantes, comienza a dar resultados. Más de 200.000 turistas extranjeros visitan cada año este paradisíaco rincón sureño, cuyas maravillas parecieran estar ocultas para los ticos. Por cada costarricense que llega a Osa para deleitarse con sus riquezas naturales, hay cuatro foráneos que ya se han sumergido en sus cristalinas aguas o caminado en medio del bosque primario.

Y ha sido a través del turismo que el progreso tocó a miles de oseños. Más del 70% de sus 25.861 habitantes depende hoy de esta actividad económica y, junto con hoteleros e inversionistas, han tomado conciencia de que el futuro de la bonanza solo camina si va de la mano con la naturaleza.

Con la bandera del turismo sostenible, los habitantes de este edén salen poco a poco del olvido en que estuvieron desde que aquella tierra dejó de ser la casa de los bruncas.

 Mar e historia

La naturaleza ha mostrado su bondad con la región de Osa. En sus tierras se concentran desde el cálido ambiente porteño hasta el frío típico de la zona montañosa. A ello se suma una gran diversidad de flora y fauna, para ofrecer al turista un amplio menú de destinos qué visitar.

Para quienes viajan por tierra, por la Interamericana Sur, la puerta a todas estas atracciones se encuentra en Dominical, a tres horas y media de San José.

Se trata de una playa de dos kilómetros de extensión que comienza en la desembocadura del río Barú. Sus arenas color café oscuro son bañadas constantemente por las enormes olas que convierten este sitio en un lugar ideal para la práctica del surf .

Y aunque esa condición podría representar un peligro para los bañistas, estos necesitan caminar solo unos metros para disfrutar del agua salada. Junto a Dominical está su hermano menor, Dominicalito, una playa de oleaje tranquilo y vistas panorámicas que cortan la respiración.

Más al sur se encuentra el Parque Nacional Marino Ballena, una reserva de 115 hectáreas en su parte terrestre y 5.375 hectáreas en la marina, creada para proteger los arrecifes de coral de bahía Coronado, el sitio de reproducción y desove de muchas especies marinas.

Para el turista, Ballena ofrece gran belleza paisajística con sus playas arenosas, acantilados, arrecifes y una de sus más vistosas atracciones, el tómbolo de Punta Uvita. Es una plataforma rocosa de 50 metros de ancho que se prolonga mar adentro y, visto desde un punto alto, parece formar la cola de una ballena.

Frente a la playa, emergen los islotes de Ballena y las Tres Hermanas, hogar de decenas de aves y otro de los atractivos del parque, que está abierto al público de 6 a. m. a 6 p. m.

Unos 30 minutos de camino hacia el sur llevan hasta el antiguo Palmar de los Indios. Conocido hoy simplemente como Palmar, este sitio guarda uno de los secretos más importantes de la historia costarricense.

En 1938, la compañía bananera United Fruit Company realizaba trabajos de limpieza en el bosque de Finca 6, cuando descubrió una gran cantidad de esferas de piedra, cuyos tamaños van desde unos pocos centímetros hasta dos metros de diámetro.

Enterradas y extrañamente alineadas, las esferas se convirtieron en un símbolo de la región y de la historia precolombina del país. Se cree que los borucas fueron sus creadores hace más de 800 años, pero nadie ha logrado descubrir cómo las hicieron.

“Estas esfersas poseen ciertas características que las hacen únicas: fueron encontradas en alineamientos, eran símbolos de poder colocadas en lugares públicos y tienen una esferidad de un 95% lo que las hace casi perfectas”, explica Franklin Obando Fallas, administrador del sitio arqueológico.

Junto con Turrialba y Carrillo, el cantón de Osa comparte el título de Sitio de Interés Arqueológico; sin embargo, Finca 6 todavía figura poco en el itinerario de los visitantes.

El sitio arqueológico está abierto al público desde hace dos años, y cada semana un guía recibe a unos 50 turistas, que pagan una cuota voluntaria por conocer el lugar.

“Tenemos a las operadoras en espera, ellas quieren meter este sitio en los tours , pero no se puede aún. Son unas 10 hectáreas de parque y es poco lo que se ha investigado, incluso unos nuevos hallazgos revelaron que las piedras eran parte de una gran construcción, lo que nos hace especular que en un futuro el valle del Diquis superaría a Guayabo en cuanto a visitación arqueológica”, agrega Obando.

 Riqueza en el agua

El Sierpe es un caudaloso río que heredó su nombre de un vocablo usado por los indígenas para decir “serpiente”. Y, en realidad, ese gran camino de agua semeja a un gran reptil que zigzaguea entre las montañas de Osa hasta unirse con el océano Pacifico.

La pequeña población que se levanta a su orilla, es considerada como un sitio de embarque para desplazarse a Corcovado, Bahía Drake y la isla del Caño, aunque también son cientos los turistas que cada semana pagan $20 por persona (unos ¢10.000) para dar un paseo en lancha por el caudaloso río.

Con sus decenas de kilómetros de extensión, el Sierpe representa un lugar ideal para el avistamiento de cocodrilos, garzas, monos, iguanas, lirios y, sobre todo, lapas.

“Hace diez años, casi no se observaban lapas en las orillas del río, pero la reforestación ha hecho que vayan apareciendo poco a poco y se alejen del peligro de extinción”, detalla el guía Enoc Espinoza.

Algunos kilómetros río abajo, en la desembocadura del Sierpe con el Térraba, se ubica el humedal nacional, una zona de gran riqueza que comprende 23.000 hectáreas de bosques de mangle –el más grande de Costa Rica– y constituye el hábitat de muchas aves, mamíferos y reptiles.

En la boca del Térraba, donde se levanta el último mangle, comienza Bahía Drake. Su nombre se debe al pirata británico sir Francis Drake, que en 1579 ancló su barco, el Golden Hind, en la isla del Caño para proveerse de agua dulce durante su viaje de circunnavegación del mundo y, se cuenta, arribó también a la bahía. Así reza una placa colocada ahí hace 29 años por el gobierno británico para recordar los 400 años de la histórica visita.

Drake es un lugar de belleza inolvidable que ofrece, además, una amplia oferta hotelera, desde los grandes proyectos ubicados en la costa, hasta las rústicas cabinas levantadas por los vecinos de pueblos cercanos como Agujitas.

Con sus pequeños muelles, es una escala casi obligada en el viaje hacia dos de los máximos atractivos de la península: la Reserva Biológica Isla del Caño y el Parque Nacional Corcovado.

La primera de ellas se encuentra en el océano Pacífico, a 15 kilómetros de la bahía. Muchos siglos atrás, piratas y conquistadores europeos la utilizaron como sitio de abastecimiento de agua dulce, lo que terminó heredándole el nombre que hoy conserva.

En tiempos precolombinos, estas 300 hectáreas de terreno, fueron utilizadas como un cementerio indígena, incluso se hallaron varias esferas de piedra cuya forma de traslado hasta ahí es todo un misterio.

“Hay una esfera de 30 centímetros de diámetro y varias más pequeñas, había otras grandes pero en la década de 1960, cuando esto estaba en manos de la United Fruit Company, muchos venían a saquear y se las llevaron”, cuenta Rodolfo Acuña, administrador de la reserva.

La isla protege varios ambientes marinos y sus aguas azules la distinguen como uno de los mejores lugares del país para practicar buceo y snorkell . Según los guardaparques, cada mes unas 80 personas hacen la reservación y pagan los ¢100.000 por grupo que cuesta un viaje en lancha.

“Del 2003 en adelante se ha incrementado el número de visitas, por el desarrollo de los pueblos. Ya hay más operadores turísticos, ya hay más medios para venir a la isla. Aunque no se debería de permitir el ingreso del público, se autorizaron las visitas controladas de no más de 160 personas por día”, añade Acuña.

Si bien, la isla del Caño es el hogar de diferentes especies de aves, anfibios y reptiles, para los amantes de la fauna el principal espectáculo se da sobre el agua.

El triángulo que se forma entre el parque Ballena, isla del Caño y Bahía Drake, es la zona marina con mayor probabilidad de observar ballenas, dado que ahí coinciden los cetáceos del norte y el sur para aparearse.

La mayor probabilidad de observarlas es en los meses de diciembre a marzo, cuando los adultos se dedican a cuidar a sus ballenatos recién nacidos. Los delfines, en cambio, pueden ser vistos en cualquier época del año, saltando y jugueteando muy cerca de las lanchas.

La segunda atracción de la península es, sin duda, el Parque Nacional Corcovado, una joya natural de 42.469 hectáreas, donde habitan 400 especies de aves, 140 especies de mamíferos, 117 de anfibios y reptiles, y al menos 500 de árboles.

En la costa, frente a la isla del Caño, se encuentra la estación de San Pedrillo, una de las cuatro puertas de entrada a esta reserva creada en 1975.

En esta sección del parque, los visitantes pueden disfrutar de la playa, caminar por los senderos y hasta acampar.

 Crecer con medida

Cuando se decretó la creación de un parque nacional en Corcovado, la península de Osa era una región dedicada a la agricultura. Por esos días, la palabra ‘turismo’ resultaba algo extraño en la zona.

Un grupo de hermanos se unió entonces para construir la Estación Biológico Marenco, un sitio dedicado a albergar al creciente número de investigadores y estudiantes que llegaban al parque. Casi sin quererlo, Marenco se convirtió en el primer hotel de la zona y en la semilla que hizo crecer el potencial turístico de la península.

“Al ser el pionero en la zona, Marenco se puede considerar como una escuela para muchos de los que trabajaron algún día aquí y ahora han creado su empresa. Con el correr de los años, han venido hoteles, se ha creado más opciones turísticas, la mayoría de los hoteles han aportado algo, colaboran con la visión el desarrollo sostenible que nos inspiró desde el principio”, asegura asegura Sandra Martí, gerente de la estación.

De acuerdo con la Cámara de Turismo de Osa, el cantón cuenta hoy con cerca de 480 habitaciones, desde hoteles de lujo hasta pequeñas cabinas familiares.

“Un 60% de la inversión turística que se están dando es extranjera, y cada mes inscribimos cuatro o cinco nuevos asociados a la cámara, que ya cuenta con 87 socios”, explica Luis Centeno, presidente de Catuosa.

Muchos jóvenes oseños trabajan hoy en los diferentes hoteles de la zona, mientras sus padres y abuelos, agricultores de cepa, dejaron la tierra para echar a andar sus propios proyectos.

Sodas, restaurantes, cabinas, tiendas y lanchas tomaron el lugar que antes ocupaban el arroz, los frijoles y el ganado.

“Cuando comenzaron a construir hoteles, salí de la agricultura y comencé a trabajar en turismo. Poco a poco, comencé a hacer unas cabinitas y ahora tengo un hotelito y tres botes. Los demás vecinos comenzaron a salirse del campo, para trabajar como capitanes de los hoteles, o con su bote propio”, cuenta Rafael Céspedes Abarca, un guanacasteco con casi medio siglo de vivir en Drake.

Junto con el crecimiento de la oferta turística en la región, también ha aumentado la demanda. Según datos de Catuosa, el cantón está tocando techo en cuanto a hospedaje, a tal punto que se mantiene en temporada alta durante buena parte del año.

“Ahora que se abra el nuevo aeropuerto, se va a venir una avalancha de gente, y eso que la costanera no se ha abierto aún. Cuando eso pase, la gente nos va a ver como un destino más cercano y va a querer visitarnos. Esto va a ser de locos”, afirma Alberto Cole, alcalde de Osa.

Sin embargo, tanta bonanza no deja de preocupar.

En un cantón donde el 60% del territorio corresponde a áreas protegidas, el crecimiento urbano siembra en los lugareños el temor de que naturaleza salga perdiendo.

“El crecimiento descontrolado ya está afectando la zona norte del cantón en Uvita, Dominical y está llegando a Palmar Norte. Se trata de mansiones que van a traer un beneficio temporal, los vecinos tendrán trabajo en construcción, pero cuando se vayan, podrían acabar con los atractivos turísticos”, sostiene Federico Solórzano Guerrero, vocero de la Fundación Corcovado.

Varias organizaciones, inversionistas y vecinos han unido esfuerzos para hacer del turismo sostenible la bandera del desarrollo en Osa. Su principal arma en la lucha contra la deforestación, la cacería ilegal y la contaminación es la educación ecológica de los miles de habitantes que están dispuestos a sacar este paraíso verde del escondite en que estuvo durante décadas.

“ Quizá el hecho de haber estado en un letargo tan prolongado por parte de las esferas políticas, de que nos dejaran de últimos para comenzar el desarrollo turístico, le ha permitido a la gente tener conciencia de lo que quiere, y eso es vivir en armonía con la naturaleza”, concluye Centeno.

FOTOS

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Carlos González

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Carlos González

El Parque Nacional Marino Ballena fue creado para proteger los arrecifes de coral.

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Carlos González

En la ribera del río Sierpe es fácil observar lagartos.

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Randall Corella

Las esferas de piedra revisten a Osa de gran interés arqueológico.

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Carlos González

El sierpe es el nido de decenas de aves como esta garza.

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Carlos González

El sierpe es el principal “camino” de los lugareños.

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Carlos González

La Reserva Biológica Isla del Caño es uno de los sitios con mayor belleza escénica. Unos 80 turistas por mes visitan este trozo de tierra anclado en el Pacífico.

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Carlos González y Rodrigo Montenegro

Pichones de garza verde toman un poco de sol cerca de su nido, en las orillas del río Sierpe.

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La claridad del agua en la isla del Caño permite la práctica del snorkell para ver especies marinas.

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Carlos González

Los cangrejos son habitantes comunes en la playa del Parque Nacional Marino Ballena.

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Carlos González

Entre Bahía Ballena, Drake y la isla del Caño, es fácil observar delfines saltando junto a los botes.

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Carlos González

En la reserva Marenco se encuentran árboles de 30 metros de altura y varias décadas de edad.

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Carlos González

Vista panorámica de la isla del Caño y playa San Josecito.

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Carlos González

Un pizote busca comida en la reserva Marenco.

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Carlos González

Tortuga flotando en mar abierto.

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Rodrigo Montenegro

El halcón cangrejero, uno de los habitantes de isla del Caño.

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Turistas extranjeros en el parque Corcovado.

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Sara Plaza

Los caminantes deben sortear toda clase de obstáculos: gruesas raíces, rocas de gran volumen, senderos sin señalización suficiente.

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Carlos González

Marina del hotel Águilas de Osa, en Bahía Drake.

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Jorge Castillo

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VIDEOS

Video sobre los atractivos del cantón de Osa.

No todo es perfecto. Mucho puede hacerse por el bien de los caminantes

Una dura prueba por el paraíso

El día saluda encapotado en Puerto Jiménez. Son las seis de la mañana y un taxi colectivo empujará a ocho personas en la dura travesía hasta Carate, a escasos kilómetros de la puerta al Parque Nacional de Corcovado. Solo unos pocos “elegidos” llegarán hasta la entrada de la maravilla natural, el resto irá abandonando el carro al tiempo que las nubes van soltando sus últimas gotas de lluvia en tres días. Cuando los cúmulos dicen adiós y el sol extiende sus pesados rayos sobre una arena inmaculada y sudorosa de 3 kilómetros y medio de longitud, empieza la aventura. Las gotas de sudor no son el único obstáculo para llegar a La Leona, el puesto de acceso a Corcovado, sino que una pesada carga puede dificultar aún más el intento. Por ello, es preferible cubrir la estancia con un pantalón, dos o tres camisas, buen calzado y mucha agua.

Tras atravesar el tramo de playa en algo menos de una hora, dos operarios del puesto de guardaparques nos reciben junto a una familia de coatíes. Los primeros insisten en que debemos mostrar nuestros papeles de ingreso, los segundos disfrutan de un almuerzo a la sombra de frondosos árboles. Los pequeños comensales, si no fuera porque se encuentran en la hora de reponer fuerzas, nos hubieran atendido mejor que los encargados del Minae. Los dos funcionarios no explican los riesgos que nos esperan en los 16 kilómetros de recorrido hasta la estación biológica La Sirena y no entregan ningún mapa. Solo un dato escapa de sus bocas: debemos de llegar antes de las 12: 28 a Punta La Chancha, lugar que mentalmente situamos a 6 kilómetros. A esa hora, según su explicación, la marea nos pondría la zancadilla, impidiéndonos acabar la proeza.

Los documentos que ambos encargados solicitan al visitante deben conseguirse previamente en la oficina del Área de Conservación Osa, en Puerto Jiménez. Este trámite se puede realizar por teléfono, pero es necesario hacerlo con un tiempo de antelación e ingresar en su cuenta bancaria los ¢1.600 de entrada por día, precio especial para ticos (los extranjeros pagan ¢5.000 por jornada).

Pese a lo que pueda parecer, en La Leona no se puede comprar ningún boleto, así que es mejor no arriesgar ni una gota de sudor sin papeles.

Después de badear los trámites burocráticos, comienzan los senderos por la selva flanqueados por un sinfín de vida salvaje. Ese día se asomaron entre los árboles para animar a los caminantes, monos araña, lapas y osos hormigueros, con la banda sonora del mar rompiendo en las vírgenes costas del Pacífico. Pero parte de los sentidos del visitante se encuentran centrados en no perder la hora límite y en evitar la deshidratación.

Una vez atravesada Punta La Chancha, un cartel, y no una ilusión, indica la existencia de agua potable en una charca donde, minutos antes, un par de mochileros aseguran haber disfrutado de un baño junto a un cachorro de puma. Tras saciar la necesidad hídrica e intercambiar experiencias, el único peligro que depara el camino hasta La Sirena es la punta Salsipuedes. Los viajeros informan de que en este cabo rocoso las mareas vuelven a amenazar, pese a que los funcionarios del Minae obviaran este dato. Importante es resaltar que, en dicho lugar, se deben cruzar las rocas (detalle no indicado en ningún cartel) pues, si uno intenta trepar ladera arriba puede dar con sus huesos en otra parte.

Cuando ya han pasado seis horas y parece que ya está todo superado, el cansancio físico se suma al ocular, producido por la búsqueda constante de huellas humanas, rastros y pequeñas señales para continuar el recorrido. Pero se alcanza La Sirena y uno encuentra una modesta cama y una ducha fría como verdadero trofeo, por el módico precio de ¢6.000 la noche. Y, por fin, se consigue un mapa artesanal que tanto habría facilitado el esfuerzo ya realizado.

En dicha estación, es posible avistar dantas, el mamífero más grande y más amenazado de Centroamérica, merodeando por los alrededores. Además, desde este punto están habilitados cuatro senderos de escasos kilómetros de duración donde encontrarse con una manada de chanchos salvajes está más que asegurado. Si se cuenta con suficientes fuerzas, se puede seguir atravesando el corazón del parque por el camino hasta Los Patos (17 kilómetros), en cuya estación se puede acampar para pasar la noche.

Si se dispone de menos tiempo y más dinero, se puede llegar al parque en una panorámica travesía en bote desde Bahía Drake.

En dicho lugar, Cabinas Manolo ofrece excursiones personalizadas en bote (con guía o sin él) además de bonitas y económicas habitaciones para descansar después de la caminata por la selva. Y, el lujo de los lujos es llegar en avión hasta la improvisada pista de aterrizaje en La Sirena. Eso sí, los que lo hagan se perderán la adrenalina, la aventura y las vistas de la caminata por un trocito del paraíso.

Sara Plaza y Almudena del Pozo

Un vistazo al quinto cantón puntarenense

La tierra del cacique Osa

Enclavado en el extremo suroeste del territorio costarricense, el cantón de Osa lleva ese nombre en recuerdo del cacique Osa, que en la época precolombina habitó la zona próxima al litoral pacífico.

El territorio que, durante décadas estuvo habitado por los indígenas bruncas, fue declarado cantón mediante la ley No. 31, dictada el 26 de junio de 1914.

Hoy, el cantón número cinco de la provincia de Puntarenas se divide políticamente en igual número de distritos: Puerto Cortés, Palmar, Sierpe, Bahía Ballena y Piedras Blancas.

“La región es muy húmeda, registra una precipitación de 6.000 milímetros anuales, que ha contribuido a la alta diversidad de especies de plantas y animales; incluidas muchas especies endémicas”, afirma una reseña publicada por la Cámara de Turismo de Osa.

La mayor parte de las tierras del cantón está comprendida en el Área de Conservación Osa, un conjunto de 25 reservas, humedales, refugios y parque nacionales creados en las últimas décadas para conservar más del 50% de las especies de flora y fauna del país.

“Entre las amenazas más serias que afectan al Área de Conservación Osa, se encuentran las concesiones mineras, la explotación de mantos acuíferos y la deforestación provocada por la demanda de madera y por el cambio de uso de la tierra”, añade la reseña.

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