Testimonios
La ametralladora
Lector de Proa
El pánico me inyectó adrenalina cuando una ametralladora me disparó ráfagas, desde una avioneta. En ese instante pensé que había nacido de nuevo, por la buenaventura, de no servir de blanco, porque el tirador no se ensañó contra mí, sino que intimidaba a la población. Y sin esperar ser héroe, mecánicamente, me lancé al breñal, donde permanecí petrificado. En la acción evasiva, los alambres de púas, ocultos en el monte, me recibieron, inmisericordes; por lo que salí herido, aunque no de las balas. Yo arreaba las vacas hacia un potrero, cuando el trance terrorista, inesperadamente, interrumpió nuestra vida pacífica. Este hecho violento y pavoroso, del que fui víctima, me afectó, anímicamente.
El silencio del campo, tan providencial se convirtió, de repente, ante el estruendo inexplicable tacatacatacataca... pum... pum... pum... de un eco lejano, una situación inhabitual al oído de la gente y animales. Era el fragor de balas, en el Alto de San Juan. Los Nicas, según rumores populares, nos invadían por Dominical.
Las tropas comandadas por el General Tijerino tenían como objetivo diezmar las fuerzas revolucionarias opuestas al gobierno, posesionadas en el centro de San Isidro. El segundo operativo era golpear, por la retaguardia, al cuartel de La Lucha, en el Empalme; centro de operaciones del líder de la revolución. Solo que en San Isidro fueron vencidos los invasores por los insurgentes generaleños.
Papá y mis hermanos que se hallaban en el retén militar contra los nicas, nos cuentan la hazaña de ambos enfrentamientos; el enemigo tenía superioridad en número y armamento. La acción fue encarnizada. Con mucho sigilo, papá logró escabullirse y llegó a nuestra casa, para protegernos, al no tener otra alternativa. Una vez derrotada la fuerza insurgente, el ejército invasor se dividió en dos tropas: unos avanzaron por el camino de la Palma-Ollón; otros bajaron por Pacuarito y llegaron al Rosario de Pacuar. Estos últimos taimados permanecieron, cierto tiempo, en la estancia de Zenón Arronez. No pernoctaron, sino varios días, comiendo, bebiendo y durmiendo a sus anchas; dejando tras sí la huella del vandalismo.
Después de ese tiempo, habiendo consumido todo, saquearon las fincas vecinas. Muchas casas de Pacuar fueron visitadas y robadas por estos piratas. Previniendo un posible asalto a nuestra finca, papá enterró en una fosa del bosque, una despensa considerable de abarrotes. La Providencia Divina nos favoreció, pues el Coronel recibió la orden de trasladarse a San Isidro, lo que nos libró de esa pesadilla. Pocas semanas después, los filibusteros fueron aniquilados, por las fuerzas de liberación, en el centro de San Isidro.
La batalla decisiva se dio en el puro centro de San Isidro, fue ganada por los rebeldes figueristas.
La idea viva de la revolución, me la trasmitió mi tío Máximo, que aunque la acción de su pelotón, fuera derrotada en el Alto de San Juan, recuerdo su figura atlética, fenomenal, como una estampa altiva y heroica, con su uniforme kaki, su gorra y botas de cuero rústico; un máuser al hombro, y un par de fajas de tiros cruzadas en el pecho.
Me encantaba su locuacidad al contar los sucesos del campo de batalla. Se presentó a mi casa con una pequeña partida de soldados, dentro de los que estaban mi papá, hermanos y primos. Dicha tropa nos contó como había muerto nuestro primo Dimas en la batalla de Tinamaste.
El saldo de esta gesta heroica fue muy dolorosa para muchos hogares costarricenses. También los soldados nicas tuvieron sus bajas; entre ellos el coronel Tiberino, ajusticiado en Palmares.
Muchos nicas sobrevivientes, después de la derrota, escaparon por el mismo camino de ingreso, o por Uvita. Y en su retirada, provocaron incidentes. Mi tío Lucas, que no se alistó a pelear ninguna batalla, le disparó a un nica que encañonaba, a uno de los suyos, en su propia casa. Mi padre apresó a otro que entregó al comité de guerra del ejército rebelde, sorprendido en el trapiche de su propiedad.
Aunque los rebeldes salieran victoriosos en la batalla contra los invasores, la guerra continuaba en otros territorios. A pesar del triunfalismo de los hombres, el dolor humano se personificaba en el canto de los gallos que se extendía en el silencio y la soledad del campo.
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