Costa Rica, Domingo 9 de marzo de 2008

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Testimonios

La batalla del Tejar

Hugo Navarro Leiva | proa@nacion.com

Lector de Proa

Fuimos llevados el Batallón del Empalme y todas sus compañías al Tejar. Tomamos las cazadoras en el costado sur de la plaza Iglesias, el ambiente era tenso, ya que para entonces se sabía de la emboscada mortal que había sufrido el grupo que comandaba Tuta Cortés y compañeros.

Llegamos a la Pitahala, frente a la casa de don Eloy Ortega. Fuimos formados en columnas rumbo al sur para salir a la calle de La Cangreja (hoy Asunción). De allí nos dirigimos hacia el oeste rumbo a la escuela Ricardo Jiménez, en el centro del Tejar, bajo las órdenes de Frank Marshall y Jorge Rivas Montes. Tomamos la escuela sin ninguna resistencia de parte del gobierno, ya que sus tropas se encontraban a 800 metros de distancia, exactamente sobre el río Reventado, donde horas antes había caído Tuta Cortés en la trampa que le costó la vida a la mayoría de sus hombres. Nos organizamos en posición de defensa ya que a lo lejos se oía griterías y la preparación del ataque armado.

Encontrándome yo detrás del muro de la escuela, como a las 10:45, según el reloj de la iglesia, vi a unos tejarenos llevar a la señora Etelvina Navarro Robles herida, usando como transporte un carretillo. Al verlos salí de mi puesto para prestarles ayuda, pues reconocí en ellos amigos, coterráneos míos. Fue entonces cuando me enteré de la supuesta noticia de la muerte de mi hermano Beto Navarro, quien combatía en las fuerzas calderonistas.

La noticia que me dieron sobre mi hermano fue un duro golpe, ya que para mí el no era solo mi hermano sino un segundo padre a pesar de la diferencia ideológica que existía entre él y yo. Sumergido aún en mi pena se acercó a mí Eloy Mora Carrillo y Piquín Garro, quien me dijo: “Hugo, Beto no ha muerto, yo lo dejé escondido en una cuneta cubierto con ramas, pues traté de montarlo en una mula pero no soportó el dolor. Tiene una pierna fracturada”. Eloy, a quien no conocía hasta entonces, sacó papel y lápiz y me hizo un mapa del lugar en donde se encontraba mi hermano.

Minutos antes de la batalla el coronel Rivas pasó la voz de que si había alguien que conociera bien el lugar, ese era yo, nacido y criado en el Tejar. Rápidamente se organizó un grupo compuesto por Rivas Montes, Frank Marshall, Marcial Aguiluz, Víctor Manuel Ureña, más unos cuarenta hombres. Ya en medio de la batalla, los conduje hacia el oeste de donde encontrábamos, caminamos a paso rápido, las balas se cruzaban en todas direcciones. Cual no fue mi sorpresa encontrarme en medio de una batalla a mis hermanas y a la familia de don Cuco Arrieta. Todos lloraban desconsoladamente, pero yo no podía detenerme, era el baquiano de la operación y urgía tomar las fuerzas del gobierno por la retaguardia. Cruzamos el río Reventado y luego nos internamos en los cafetales de don José Joaquín Peralta. Salimos al lugar donde hoy se encuentra el restaurante El Quijongo sobre la Interamericana, para luego tomar hacia el este unos 200 metros. Luego hacia el sur hasta encontrar la antigua donde estaba un retén del gobierno con soldados a los que llamábamos “mariachis”.

Frank Marshall y Rivas Montes nos ordenaron ocultarnos en zanjas y cafetales, mientras ellos dos avanzaban hacia el retén. Debido a la forma de vestir de Rivas, pantalones “brich”, botas altas y quepis, los soldados de la unidad móvil los confundió con sus jefes a la distancia. Marshall y Rivas los llamaron y una vez en el blanco les dispararon, apoyados por el resto. No quedó más que unos heridos suplicando que nos los mataran.

Una pulpería de una señora Navarro, ubicada en esa esquina, sirvió de refugio de prisioneros que los tomábamos al aproximarse ellos al lugar en donde había ocurrido la refriega. Incluso, muchos se entregaban indefensos, pues en su mayoría era gente campesina que venía del sur y del atlántico.

Estando yo en la pulpería se me acercó apresuradamente don Rufino Navarro, para decirme que venía de San Isidro del Tejar y que había visto en el Puente Cucaracha a un retén del gobierno custodiando a varias unidades de la Cruz Roja y “cazadoras” con heridos de ambos bandos. La noticia se le transmitió a Frank Marshall, quien de inmediato dio la orden de tomar dicho puente. Para esa misión se envió a ocho hombres, entres los cuales iba yo. Pero ya la columna había avanzado, tanto que a escasos 200 metros, nos la encontramos. Les dimos el alto y ellos tiraron sus armas. Aproveché el momento para buscar imprudentemente a mi hermano herido; lo encontré en una de las unidades en medio de unos heridos ya casi moribundos. Nos saludamos y disgustado me dijo: “lo mío es cualquier cosa”. En otra unidad encontré a Aristides Brenes Navarro, herido, quien me contó que Marcos Piedra Jiménez, compañero inseparable de Beto, mi hermano y de él, había muerto el día anterior en Conventillos. Mucho me llamó la atención encontrar entre los heridos a Napoleón Morua, moribundo y le dí agua.

Para entonces, el que llegó a donde me encontraba fue Marcial Aguiluz con su gente y al ver mi situación, me encomendó que guiara a la caravana al hospital Max Peralta. Al llegar al hospital me impresionó ver en las afueras cantidad de gente llena de angustia y dolor, esperando los heridos. Mi hermano, gracias a mi uniforme, fue atendido de inmediato. Después de haber cumplido con la labor regresé al Tejar.

Al llegar a la escuela la batalla estaba en su etapa final. Encontré muertos entre los muertos a mi amigo Rafael Calderón Vega, otra pena más que recordar. Me enteré también que mi capitán Victor Ureña, había sido herido. Al finalizar la batalla me dediqué a buscar a mi amigo de infancia Claudio Rojas Martínez. Él también me buscaba y no nos encontramos sino hasta varios días después.

Terminó al fin la lucha armada. Luego se celebró el desfile de la victoria y yo, en medio de una situación, diría casi única: luché en las filas del figuerismo, mi hermano herido en el calderonismo y mi sobrino Edwin prisionero del Tejar a la orden del General Salaerry. Mis hermanas buscaron refugio en casa de familiar porque nuestro hogar fue saqueado y semidestruido; panorama que hace recordar la cita que hizo Rodrigo Escalante (el indio) en el periódico El Excelsior , el martes 19 de agosto de 1977, que dice así: “… bueno la cosa es que entré al cuartel de la Artillería y cuando salí me encontré a Hugo Navarro, que era un chiquillo muy triste. Hugo estaba herido en una pierna, y entonces le dije: ¿qué te pasó?, ¿por qué está ahí sentado en la acera?. ¿por qué está tan triste?... Mi respuesta debió entonces ser: gané la guerra pero perdí la unidad de mi familia.

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