Testimonios
Sembraban tablas
Lector de Proa
Estaba a punto de cumplir 11 años de edad. La escuela República de Chile que quedaba a escasos 75 metros de mi casa en Barrio Luján, no solamente estaba cerrada para el curso lectivo, sino que era dormitorio y cuartel de unos hombres extraños, de tez morena como nicaragüenses, y decían que los habían traído de la zona sur y de Puntarenas para defender al Gobierno. Por el frío de San José, se cubrían con sombreros de paja y unas cobijas de color rojo, lo cual hizo que les llamáramos los “mariachis”, porque eso era lo que parecían.
Yo veía a mi hermano mayor, de nombre Arnoldo, y a mi padre José Antonio Madrigal que traían en las mañanas “bolsas de manigueta”, de papel, con recortes de pedazos de reglas de madera de todos los tamaños y, junto con otros vecinos que llegaban a nuestra humilde casa, se pasaban poniéndole unos enormes clavos de cuatro o cinco pulgadas a esas reglas, de tal manera que quedaban como cepillos, pero de clavos.
En el día, pasaban con los martillos en mano, clavando y clavando, y en la noche, se desaparecían. Yo no entendía qué era lo que ocurría, especialmente porque mi papá era sastre, y no carpintero.
Por las noches se escuchaba la algarabía de estos hombres, los “mariachis”, cuando pasaban en autobuses con rumbo al sur, hacia la Plaza González Víquez. Al rato los volvíamos a oír cuando regresaban y venían vociferando porque algo les había salido mal.
Esas noches, la mayoría oscuras porque quitaban la electricidad (dicho sea de paso la electricidad llegaba a las 5 de la tarde) servían para que en esa oscuridad mi padre, mi hermano y los vecinos que llegaban a mi casa, “sembraran” esas reglas de madera llenas de clavos en la calle que está al costado este de la plaza González Víquez, o sea al norte de “El Pipiolo”. Las garantías estaban suspendidas y no había otros vehículos ni personas en las calles.
Como el gobierno enviaba por diferentes rumbos nuevos refuerzos para tratar de dominar la situación, una de las rutas era por Desamparados, Frailes y Rosario, para llegar a las fincas de Figueres.
Lo importante del caso, es que al día siguiente se veían esos buses varados, con sus llantas desinfladas, frente a la Fábrica de Café Costa Rica, donde hoy día están las Sociedades Bíblicas. Eso era obra de mi familia y nuestros vecinos.
Esa “operación militar de resistencia” continuó en mi casa, pero era para darles a otras personas de lugares distintos de la ciudad de San José, porque los señores “mariachis” empezaron a sospechar.
Escuchábamos la radio rebelde que transmitía mensajes en clave desde las fincas de Figueres. Llegaban noticias de enfrentamientos. Que había matado a un comandante nicaragüense de apellido Tijerino y que estaba gravemente herido un Coronel del Gobierno de nombre Rigoberto Pacheco; que “clavel rojo llegó bien”.
Decían también “pescadito avisa que no se preocupen, pronto nos veremos”.
Mi papá se desapareció y mi hermano también. Mi madre me explicó que se habían ido a unirse a Figueres..
Un mal día llegó la soldadesca a mi casa. Los “mariachis” y unos cuantos policías lo registraron todo. Mi mamá no sabía qué hacer. No era mucho lo que tenían que registrar, porque nuestra casa era de una sala, un cuarto y una cocina con piso de tierra; siempre se llevaron el pequeño radio marca “PHILCO”.
Al poco tiempo llegaron noticias que mi papá y mi hermano estaban en el Cuartel Bella Vista (hoy Museo Nacional), con las fuerzas revolucionarias triunfantes.
Recuperamos nuestro radio que lo tenían los “mariachis” en la Escuela República de Chile.
Mi padre, regresó a su oficio de sastre, pero en la Casa Presidencial como sastre personal del Caudillo don José Figueres Ferrer.
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