Costa Rica, Domingo 9 de marzo de 2008

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Historia

La guerra con voz propia

 En una conversación informal, sin odios, rencores ni censuras, cuatro excombatientes del 48 recordaron aquel conflicto bélico. Seis décadas después, ya no importa que dos de ellos fueran “pericos”, uno “mariachi” y el último “comunista de los más bravos”.

Ivannia Varela Q. | ivarela@nacion.com

“Hace 60 años nos andábamos buscando entre las montañas para matarnos. Por suerte no nos encontramos, porque, de lo contrario, no estaríamos aquí, recordando aquellos tiempos”, bromea don Roberto Marín Álvarez mientras acomoda su cachucha y posa para una fotografía junto a sus amigos, excombatientes del 48.

Son cuatro caballeros ochentones quienes, a solicitud de Proa se reunieron para revivir aquel conflicto bélico, sin importar que pelearon en diferentes bandos y defendieron ideales opuestos.

La cita tuvo lugar la semana pasada en casa de don Roberto, en Desamparados, en una acogedora sala donde no hubo campo para la censura, los odios ni los rencores. Cada uno, con un espumoso café capuchino –preparado por un nieto del anfitrión–, escuchó al otro narrar su propia versión de los hechos.

Don Roberto Marín y don Roberto Güell hablaron desde las filas de los figueristas o “pericos”, como se les llamó en aquel momento. Don Antonio Barrantes, lo hizo como “comunista de los más bravos” y don Fernando Hernández, alias Pechuga , como “calderonista de hueso colorado”. De sus bocas, con sus palabras, revivimos ese histórico conflicto, que comenzó un 12 de marzo de 1948 y se extendió durante larguísimos 40 días…

 Embarrijo de aguacate

“Nací en Juan Viñas, hace la bicoca de 84 años, pero me crié en Barrio México, donde formé parte de los llamados ‘Glostoras’ y ‘Medallitas’”, explica don Roberto Marín, quien desde edades tempranas debió aprender diferentes oficios hasta desempeñarse, en su vida adulta, como detective y experto en investigaciones criminales.

“Pero yo no era de los ‘Glostoras’ y ‘Medallitas’ de plata. ¡Qué va! Nosotros, los pobres, compartíamos los mismos ideales, pero, en vez de Glostora, nos atollábamos en el pelo un embarrijo de aceite de aguacate y el caldo nos chorreaba por las orejas.

“La cosa es que ahí en Barrio México conocí a bastantes muchachos que pensaban como yo. Al principio éramos cortesistas, pero luego pasamos a ser ulatistas. Nos reuníamos en el Petite Trianón, un restaurante muy famoso ubicado frente a La Llacuna, en la Avenida Central.

“Ahí surgían unos pleitos terribles porque llegaba gente de todos los bandos y terminábamos dándonos de puños en la calle. La policía nos arrestaba y, a punta de cinchazos, nos trasladaban a las chicheras. Esas eran unas detenciones o salas grandes donde metían a los borrachitos. Ahí nos tiraban agua y pasábamos las noches sin poder sentarnos, porque todo olía a excremento y a orines. Dormíamos espalda con espalda.

“Cuando comenzó la guerra, mi papá y mi hermano mayor, quienes eran calderonistas, me advirtieron que mejor me escondiera porque otros nos andaban buscando para meternos a prisión o matarnos. Así fue como, junto con ocho jóvenes más, llegué al cerro de Ortuño, en Desamparados y con valentía me uní al ejército.

“Un baquiano, contactado por un coronel, nos llevó al cerro Pico Blanco y luego, por entre montañas y parajes, llegamos a Agua Buena de Acosta, luego a Chirraca de Acosta, de ahí pasamos a Jorco Abajo, hasta salir a San Carlos de León Cortés y, finalmente a San Marcos de Tarrazú, donde todo estaba que ardía.

“Recuerdo que me pusieron un pantalón de mezclilla de un gordo y unas botas que me quedaban grandísimas, por lo que tuve que encaramarme un montón de medias. De madrugada, con 9 hombres más, salimos hacia Tarbaca a pelear.

“Por esas cosas de la vida, le pudimos robar una ametralladora a unos soldados en un río. Con esa arma, el gobierno perdió 60 hombres. Pesaba mucho pero la cargué en la espalda. Aquello fue un regalo para nuestras tropas.

“Más tarde también participé en la colita de la batalla de San Cristóbal Sur y luego me pasaron a Llano de Los Ángeles. Nuestra misión en ese sitio era hostigar a la gente del gobierno en Corralillo de Cartago. Por las noches, íbamos y metíamos balazos solo para asustar. Luego salíamos corriendo a escondernos.

“A don Pepe lo conocí para la toma de Cartago. Durante la marcha fantasma (así se llamaba a ese movimiento porque teníamos que ir en silencio) nos daban un pedazo de dulce para agarrar fuerzas.

“Por aquellos senderos indómitos, que solo don Pepe conocía, recuerdo que una vez mataron tres chanchos y los cocinaron en una paila con bananos. Se hizo un atol rarísimo, que no pude comer. Prefería alimentarme con barbudos crudos y limoncito que había a la vera del camino.

“El cuento es que para tomar Cartago, dividimos fuerzas. Ahí también conocí a Miguel Salguero, que entonces era un jovencito de 14 años, pero muy valiente. Ni se aguantaba el rifle, pero ahí iba como todos nosotros. Fueron 40 días de soportar hambre y frío.

“El día en que se firmó la paz yo estaba en el hospital Calderón Guardia, porque en uno de los tiroteos previos me hirieron en un talón y se me había hecho una gusanera . De ahí salí para el desfile de la victoria. Iba caminando a la par del carro de donde Pepe y, al verme renquear, me dijo: ‘¿te duele mucho esa pata?’, mejor subite aquí. Por eso es que en muchas de las fotos yo aparezco en el carro, como el más metiche”, narró don Roberto con un orgullo imposible de disimular.

 Triste, pero necesario

El que no formó parte de aquel nutrido desfile fue don Antonio Barrantes Roldán, quien para 1948 tenía 24 años y se declaraba comunista, como, con gran beligerancia, dice serlo hasta la fecha.

“Para venir a esta entrevista yo pedí permiso al partido”, nos aclara, para luego proseguir con su testimonio.

“La verdad es que yo combatí porque había que defender a toda costa el Código de Trabajo y la política social del doctor Calderón Guardia. Teníamos que salvar al país de los intereses de la burguesía, de los cafetaleros, azucareros y algunos empresarios que no estaban contentos con esos beneficios para los trabajadores”.

Aunque evade hablar de su actuación directa durante el conflicto armado –porque según él “es algo que ya no vale la pena revivir”–, acepta que experimentó la guerra con todas sus hieles y mieles.

“Nos juntábamos por el INS, en la Confederación de Trabajadores Costarricenses. En esa esquina nos daban algunas armas y nos enviaban a pelear a distintos lados. No éramos soldados regulares, éramos ticos que creíamos en lo que estábamos haciendo. Éramos, en verdad, puro corazón”.

Al escarbar un poco entre sus memorias, don Antonio resaltó las muchas veces en que estuvo preso, la persecución que vivió durante buena parte de su existencia por ser militante comunista y la condena de 17 años que recibió –pero no cumplió– por ser considerado un “rebelde” . Luego se detuvo a repasar el capítulo conocido como “el crimen del Codo del Diablo”.

“Jummm, eso fue tremendo; unos hombres de la Legión Caribe, que apoyaron a Figueres, asesinaron a cinco presos allá por Limón. Los montaron en un motocar , de esos que se conducen por la línea del tren, y luego les dispararon a quemarropa. Ni siquiera les quitaron las esposas”, aseguró indignado.

“¡Qué ironía!, en realidad, todos estábamos luchando por lo mismo: queríamos un país justo. Al final de cuentas, don Pepe burló a la burguesía, porque fortaleció el Código de Trabajo agregándole el treceavo mes y además, creó instituciones fundamentales como la banca nacionalizada. También respetó otros proyectos”, reflexiona antes de abandonar la charla, pues debía “hacer unas diligencias”.

 Metido a grande

Con un puño de fotografías antiguas y documentos “valiosos” sobre sus regazos, don Roberto Güell Mora, continúa con la plática. “El día en que decidí cambiarme de bando, –porque casi toda mi familia era calderonista– fue cuando en la calle, y siendo estudiante de secundaria, vi cómo unos soldados vapuleaban a un borrachito que estaba haciéndole porras a León Cortés.

“Estaba tan molesto que en cuanto llegué a la casa, hablé con mi padre. Dijo que me apoyaba, aunque le doliera en el alma. Nosotros éramos primos terceros del doctor Calderón y, en honor a la verdad, él era todo un señor. Llegaba a casa, nos alzaba y nos atendía cuando estábamos enfermos. Por eso, yo no fui a pelear con odio. Yo quería un cambio para mi país, pero no tenía nada en contra del doctor.

“Muy temprano me identifiqué con los ideales socialdemócratas y me uní a la lucha estudiantil. Yo estuve involucrado en la huelga de brazos caídos y pertenecía a la federación de estudiantes. Era un muchachillo metido a grande.

“En la guerra, aunque fuera tan güila, demostré que podía hacer las cosas bien e incluso, tuve hombres a mi cargo. En una oportunidad, por dicha, pude salvarle la vida a 30 prisioneros”.

“Resulta que un soldado había perdido la cordura porque le habían matado al hermano y la arremetió a balazos contra un grupo de prisioneros que él identificó como nicaragüenses, pero en el que también había ticos. No conforme, llegó a pedirme los míos; los que yo tenía bajo mi responsabilidad. Me le atravesé y le dije: ‘si quiere máteme a mí, pero no lo voy a dejar pasar’. En eso reaccionó y se disculpó”.

“Como ese, hubo muchos momentos tremendos. La guerra es muy cruel. Uno tiene que defenderse y los que estábamos ahí metidos, de uno u otro bando, creíamos en lo que estábamos haciendo”, aseguró este hombre, quien en la actualidad es el presidente de la Asociación Nacional de Excombatientes, cuya sede funciona en el taller de máquinas del Ferrocarril al Pacífico.

 Fuerza de toro

“Para los tiempos de la revuelta política, yo vivía prácticamente en la casa grande del doctor Calderón Guardia, porque trabajaba como guardaespaldas”, agrega don Fernando Pechuga, al tomar la batuta de la conversación.

Fue apodado de esa manera durante sus años mozos, como ocurrió también con sus otros hermanos, quienes se caracterizaron por su fuerza y por el espectáculo que, año tras año, protagonizaban en Plaza González Víquez cuando, a vista y paciencia del público, tumbaban en el piso a un maizal (un toro Cebú) con sus propias manos.

“Por ese espíritu combativo que tenía –agrega– me fui a defender al doctor a la montaña. Era un hombre buenísimo, caritativo como nadie, hacía visitas a la gente pobre y era muy querido. Creíamos en sus ideales y comenzamos a pelear en Santa Elena, donde le dimos una gran paliza al bando contrario.

“Yo usaba un mosquetón, un arma que no debió haber existido nunca; tenía unas balas enormes, de mucha potencia y era bastante pesada. La lubricábamos con aceite de oliva. Durante la guerra presencié escenas espantosas, como la vez que tuvimos que cortarle los talones a unos muertos para que pudieran quemarse bien. Si no los quemábamos, había problemas con las plagas y las infecciones.

“Fueron tiempos muy convulsos, pero lo peor ocurrió cuando perdimos. Yo estuve escondido donde una tía que era figuerista pero que me quería mucho. Me llevó a su casa al costado sur del hospital de Niños.

“Me andaban siguiendo los pasos para arrestarme. Es más, muchas veces estuve metido en la Peni porque, en cuanto me veían caminando por allí, me llevaban preso. A mi casa llegó el comandante Frank Marshall a buscarme. Por dicha, esa vez pude zafarme por el patio.

“Del miedo que teníamos de morir, porque muchas veces estando presos creímos que nos iban a matar, un día de tantos decidí irme del país. Me fui para Venezuela durante tres años.

“Pero la cosa no se calmó en mucho tiempo. Incluso, de vuelta, me quemaron la casa y me siguieron mortificando. Por suerte, logré ubicarme con el Banco Nacional en el área de construcción y reparaciones”, asegura este excombatiente quien, debido a su participación en la guerra del 48, hoy goza de una modesta pensión de guerra.

Aún no sabe si sus dolencias, propias de la edad, le permitirán unirse a los excombatientes que el próximo sábado piensan viajar a San Isidro de El General, donde se celebrará una misa en el monumento de los caídos y se rendirá homenaje a los soldados de todos los bandos que fallecieron.

Uf, que cosas más feas pasaron en aquel tiempo. Ojalá y en Costa Rica no volvamos a vivir nada igual”, añade don Fernando, y se levanta de su asiento para tomarse la fotografía, junto con sus compañeros de andanzas.

Testimonio de doña Lucía Azofeifa

Un parto entre balas

Cuando doña Lucía Azofeifa cuenta cómo vivió la guerra civil del 48, las palabras le brotan con una lucidez envidiable. ‘Proa’ la visitó en su casa, en San Ramón de Tres Ríos y este es un extracto de su testimonio: “Yo viví la revolución en Santiago de Puriscal. Mi esposo, Rafael Ángel Padilla (qdDg), era del partido contrario al gobierno y entonces llegaban a balear nuestra casa.

“Un día, mi esposo y mis hermanos dijeron que se iban a jugar futbol y nunca volvieron, porque en realidad ellos habían decidido irse a pelear, pero no nos dijeron nada a las mujeres para no asustarnos. Yo tenía dos chiquitas, una de dos años y otra de un añito. Además tenía casi ocho meses de embarazo y me sentí morir.

“Como la situación se iba poniendo cada vez más violenta, tuve que ponerme de acuerdo con una señora que vivía en San Rafael Abajo de Puriscal. Le mandé un papelito en blanco y ella comprendió que la necesitaba para escapar.

“Me mandó a un señor con una carreta y durante la noche metí unas sábanas y a las chiquitas. El señor nos tapó con hojas de plátano y pudimos escaparnos. La dueña de la finca nos acomodó en un cuartito de cuatro por cuatro, donde compartíamos con 12 familias. “Allí cocinábamos lo que había: guineos y tamugas de dulce. Las balaceras se escuchaban a cada rato, porque se corrió la noticia de que ahí estaban las esposas de los rebeldes. No parábamos de rezar el rosario y pedirle a la Virgencita de Los Ángeles.

“Éramos cuatro las mujeres embarazadas, pero yo era la que estaba más encaminada de todas. Como lucía tan débil, la señora de la casa me dio requesón para que me pudiera mejorar. A como pudieron, mandaron a llamar a una partera, quien al ver la botella con guaro de contrabando que teníamos para desinfectar las herramientas del parto, se la bebió completa y quedó por ahí tendida.

“Mi madre y la señora, me ayudaron a traer al mundo a mi hija, pero como la placenta no me salía, recurrieron a las costumbres de los indígenas y me pusieron en la cabeza el sombrero sudado de un peón. Aquello fue efectivísimo, porque expulsé la placenta en cuestión de segundos.

“A los días llegó un hermano mío que también estaba en la guerra, pero que se había enfermado. Nos contó que ya todo estaba a punto de terminar, porque la pacotilla de mariachis se estaba yendo para México.

“Me encontré con mi esposo al poco tiempo, pero él pasó varios meses muy mal. Estaba como loco, entraba y salía de la casa y ni me preguntaba por las chiquitas. Seguro fue por todo lo que vio durante la guerra y porque lo hirieron en la cabeza”, rememora doña Lucía, feliz de que todo aquel sufrimiento ya solo forma parte de la historia.

FOTOS

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Jorge Castillo

Un día después de la entrevista, Roberto Marín, Antonio Barrantes y Roberto Güell visitaron el Museo Nacional, antiguo Cuartel Bellavista.

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De izquierda a derecha: Roberto Güell, Fernando Hernández y Roberto Marín, tres excombatientes de 1948.

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El soldado Joaquín Fernández, del batallón Virgen de los Ángeles, bromea con la pistola. (Foto enviada por Miguel Ángel Fernández).

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Durante el desfile de la victoria, don Roberto Marín fue uno de los soldados que custodió el carro de don Pepe Figueres.

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En esta fotografía pueden apreciarse, entre otros personajes, a Manuel Mora (izquierda) y al doctor Rafael Ángel Calderón Guardia (al centro, con un pañuelo en la solapa).

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Jorge Castillo

Doña Lucía Azofeifa dio a luz a una niña durante la guerra.

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Jorge Castillo

Varios excombatientes planean conmemorar el 60 aniversario de la guerra del 48 en San Isidro de El General, el próximo sábado.

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AUDIOS

Doña Lucía Azofeifa cuenta cómo logró salir de su casa durante la guerra civil.

Doña Lucía relata el alumbramiento de su hija durante la guerra del 48.

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