Relato
Prisioneros del barro y la neblina
Durante más de dos días, Alma dejó a cientos de personas atrapadas dentro de sus vehículos en el Cerro de la Muerte. Allí enfrentaron la falta de alimentos, el frío y la desesperación; algunos se aventuraron a escapar a pie entre los terraplenes y aguaceros.
El encierro era asfixiante; el verde paisaje se había pintado de gris; la vegetación mutó en barrotes; el monte era ahora una prisión.
El Cerro de la Muerte, en conspiración con la tormenta tropical Alma, se ensañó contra unos 900 conductores que transitaban entre los kilómetros 97 y 120 de la carretera Interamericana Sur y los atrapó en medio de la neblina, los terraplenes y hundimientos.
Entre los rehenes, había niños, adultos mayores, turistas, traileros y estudiantes: el chofer Róger Gómez, quien manejaba un tráiler de la Cervecería Costa Rica; un grupo de colegiales de Pérez Zeledón que se dirigían al laboratorio de Franklin Chang; el repartidor de periódicos Rodolfo Campos, quien llevaba diarios a la zona sur. Y un autobús con 38 pasajeros que se dirigían a Panamá. Entre estos, iba el mexicano Héctor Ortiz, cuyo viaje tenía por finalidad visitar a su hija.
También iban a bordo del bus dos religiosas de El Salvador cuyo destino era el convento de la orden Santa Clara; dos niños japoneses junto a su madre; un estadounidense y una docena de ticos que iban de paseo al país canalero.
Ninguno de ellos imaginó, al subir a aquel autobús, que su viaje se convertiría en una prueba de supervivencia.
Estruendo y peligro
Todo comenzó el miércoles 28 de mayo al filo de la medianoche. El cielo empezó a quebrarse, y los truenos, a retumbar iracundos.
Alma había llegado y la intensa lluvia hizo sucumbir los cerros. La carretera comenzó a flaquear y las montañas de lodo, repletas de palos y ramas, cayeron en avalancha sobre la calle.
Los choferes se encontraron con los derrumbes de frente, mientras que, a sus espaldas, la carretera había colapsado.
“Vimos cómo el terreno se desplomó al puro frente de nosotros, a unos cinco metros del carro. Tratamos de devolvernos, pero había otro deslizamiento, entonces no tuvimos más opción que orillarnos y confiar en que no nos cayera nada encima”, narró Allan Segura, quien viajaba junto a su madre en un vehículo particular.
Ellos quedaron totalmente solos en un tramo de unos 600 metros; ni siquiera tenían contacto con otros conductores afectados pro el desastre natural. Los viajeros se resignaron a pasar la noche en el lugar, aunque la amenaza de que la tierra que pisaban se desplomara y quedaran sepultados era constante.
“Oí un estruendo y sentí como si un carro me hubiera golpeado por detrás, luego empecé a ver el barro; apenas me dio chance de tirarme del camión”, relató Douglas Soto, chofer de un tráiler que transportaba cemento, al que un árbol le cayó encima de un momento a otro.
Por su parte, Allan Castro conductor del autobús de Ticabus que viajaba a Panamá, contó que un presentimiento lo hizo mover el vehículo en la madrugada unos 100 metros.
Justo en el sitio donde había estado el bus, la carretera se desplomó y solo quedó un guindo.
Sobrevivencia
“Fue la noche más larga de mi vida, a cada rato preguntaba la hora, quería desesperadamente que amaneciera; solo pensaba en mi hija y en estar en mi casa”, manifestó la panameña Keyla Hudson, quien viajaba en Ticabús.
Algunos conductores estaban cerca del restaurante La Auxiliadora, lugar donde, además de comprar comida, podían utilizar el teléfono y hacer uso de los baños.
Pero otros debían caminar hasta dos horas en medio de los escombros y bajo el aguacero, para llegar a ese punto.
Los pasajeros de Ticabús conformaron una comitiva, integrada por seis de ellos, para ir a buscar agua y alimentos.
El camino fue duro, pero sabían que de ellos dependía la supervivencia de sus compañeros.
Prevalecieron la unión y la solidaridad: las pocas casitas que había en el trayecto abrieron sus puertas y ofrecieron un cafecito a los afectados.
Entre los choferes se generó una especie de hermandad para ayudarse unos a otros, compartir alimentos e, incluso, montar guardia ante la posibilidad de nuevos deslizamientos.
Sin rescate
Pese al oscuro y nublado panorama, la esperanza de un pronto rescate sostenía en pie a los viajeros.
Sin embargo, las horas pasaban y pasaban, y no había señales de ayuda, hecho que empezaba a caldear los ánimos.
Ya habían transcurrido más de 24 horas y seguían atrapados, en lo que parecía una pesadilla sin final.
Los embates de Alma fueron devastadores, la Comisión Nacional de Emergencia y el Ministerio de Obras Públicas se concentraron en cantones como Parrita y Aguirre, donde hubo cientos de damnificados...
Todo parecía indicar que se habían olvidado de los cautivos del Cerro de la Muerte.
La Cruz Roja fue la primera en acudir a la emergencia, con un equipo de tan solo seis rescatistas, quienes debían recorrer a pie el cerro para llevar auxilio a la gente. Mas ellos solos no podían atender solos un desastre así.
El jefe de la operación, Claudio Garith, expresó su impotencia y su disgusto con las otras instituciones, porque estas no daban señales de que iban a presentarse.
“Sabemos que todo el país está en emergencia, pero aquí hay personas hipertensas, niños y ancianos con problemas serios. Es gente que necesita ayuda de inmediato”, expresó.
Ante la falta de asistencia, algunos decidieron aventurarse a luchar frente a frente con el cerro y escapar a pie del encierro que este les imponía.
La discusión de si irse o quedarse a esperar se vivió intensamente dentro del bus que se dirigía a Panamá.Por un lado, ya habían pasado más de 30 horas –en ese momento– sin recibir ayuda; por otro, no todos podían emprender la odisea, pues había niños y ancianos.
El joven estadounidense Jeff Lile, quien reside en Heredia desde hace dos años, fue firme en su posición de quedarse. “No puedo irme, no puedo dejar sola a esta gente que no puede salir”, dijo.
Al final, nueve pasajeros decidieron marcharse, con la consigna de enviar ayuda a quienes se quedaban en el automotor.
Entre los caminantes estaba el panameño Javier Alvarado, cuya razón para escapar era principalmente laboral. “Mirá cholito, yo vengo desde Honduras, llevo un mes de estar en vacaciones y mañana entro a trabajar. ¿Vos creés que mis jefes me van a creer que me pasó esto? Tengo que salir de aquí a como dé lugar”.
Aparte de él, el grupo de aventureros estaba conformado por otros tres panameños (dos hombres y una mujer), una pareja nicaragüense, dos costarricenses y una salvadoreña.
Esta última, Virginia de Molina, además de pertencer a la tercera edad y sufrir de presión alta, debió caminar todo el trayecto en sandalias, pues solo contaba con ese tipo de calzado. Incluso, perdió la chancleta derecha en medio del barro, por lo que después pidió otras prestadas.
Estas personas debieron caminar cinco kilómetros, pasar sobre siete terraplenes y esquivar dos hundimientos.
El barro, la tierra falseada, el cansancio y la amenaza de lluvia, fueron sus máximos obstáculos.
El viernes 31 de mayo, a las 11:30 a. m., dos horas después de iniciar la caminata y después de 35 de encierro, llegaron a su meta: un autobús los esperaba para llevarlos a su destino.
Ayuda
Pocos minutos más tarde, comenzó a ingresar la maquinaria de la Comisión de Emergencias para despejar el camino y evacuar a los afectados.
A eso de las 4 p. m., el resto de pasajeros de Ticabús fue puesto a salvo. Sin embargo los trabajos de rescate se extendieron hasta la tarde del sábado.
FOTOS

Eyleen Vargas

Eyleen Vargas
La religiosa salvadoreña Marta Valdés, de la orden de Santa Clara, fue una de las muchas personas atrapadas en el Cerro de la Muerte.

Eyleen Vargas
Una montaña de barro, con árbol incluido, cayó sobre este tráiler. El conductor debió saltar de emergencia unos segundos antes del impacto para proteger su vida.

Eyleen Vargas
Hartos del encierro, nueve viajeros salieron a pie del Cerro.
Colegiales esquivaron el hambre y el frío
Sardinas con leche condensada
A punta de Zepol, galletas y papas tostadas, un grupo de 44 estudiantes de sexto año del Colegio Técnico de Buenos Aires se las ingenió para superar el frío y el hambre durante su encierro en el Cerro de la Muerte.
En algunos casos, el limitado menú derivó en exóticas combinaciones como sardinas con leche condensada.
Los estudiantes viajaban, en compañía de dos profesores, hacia el laboratorio de Franklin Chang en Guanacaste. Según la docente coordinadora de la excursión, Ligia Leiva, desde hacía más de un año habían pedido el permiso para esa visita y justo cuando se las concedieron pasó la catástrofe de Alma .
Los colegiales, al igual que el resto de los conductores, quedaron atrapados entre los terraplenes la madrugada del jueves. El bus en que viajaban quedó tan lejos del lugar por donde ingresó la maquinaria de la Comisión de Emergencia, que recibieron ayuda hasta el viernes por la noche. La profesora Leiva comentó que lo más duro fue la noche, pues los estudiantes más débiles comenzaron a llorar y el frío era tan intenso (10 grados centígrados) que algunos muchachos mostraron problemas de respiración y dificultades para mover sus brazos o piernas. “Les pusimos medias extra, los frotamos con Zepol, inventamos un montón de cosas para que pudieran mejorarse”, comentó.
Por su parte, la estudiante Gabriela Cordero recordó que el buen humor y el compañerismo fueron factores vitales para afrontar la tormentosa odisea. “Fue terrible, drástico; no teníamos nada de agua, no había dónde bañarse, la gente estaba enferma y llorando; tuvimos que unirnos y apoyarnos, compartir nuestras cosas y darle fuerza a los que estaban mal”; aseguró.
Ella narra que, ante la falta de comida, debieron sustraer plátanos y piñas de los camiones que, junto con ellos, estaban atrapados. También contó que el hambre era tan atroz que cualquier cosa era apetecible; incluso sardinas con leche condensada: “Sabía guácala , pero en ese momento, por las circunstancias, nos pareció delicioso”; contó.
Los muchachos debieron caminar tres horas hacia Pérez Zeledón para escapar del encierro; los que estaban enfermos lo hicieron en cuadraciclos.
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