Costa Rica, Domingo 6 de julio de 2008

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Crónica

Euforia en español

 España obtuvo su primera Eurocopa en 1964, en plena dictadura franquista. La gesta volvió a repetirse el pasado 29 de junio, 44 años después, pero esta vez el triunfo devino en fiesta nacional con alusiones políticas, disturbios callejeros y espontaneidad democrática.

Sara Plaza | proa@nacion.com

Al mismo tiempo que la selección española de futbol se alzaba con la copa de Campeón de Europa, María miraba el reloj y, sin importarle que quedaran menos de seis horas para que el despertador sonara anunciando un nuevo día de trabajo, salió a la calle para expandir su alegría junto a 65.000 personas que se agolpaban en la madrileña Plaza de Colón.

Desde ese momento, María ya no era la simple señora de la limpieza de un gigante edificio de oficinas: ahora María formaba parte de la historia, pues había abrazado las mieles del éxito gracias a los 23 chavales que conquistaron una hazaña sin igual desde 1964. Por eso corría por las calles de camino a la celebración, cual jovencita de 20 años, propagando los nombres de sus héroes por un megáfono que su hijo mayor compró presintiendo la victoria. ¡Casillas, viva la madre que te parió! ó ¡Villa, Villa, Villa Maravilla! exclamaba la ex limpiadora, hoy campeona de Europa.

Mientras María emitía sus cánticos, Nacho se cruzaba con ella. Iba solo, aunque acompañado por una marea roja de banderas y camisetas, todas con el mismo destino. Él aprovechó la ocasión para desempolvar la bandera de su abuelo, esa que tanta polémica creaba siempre que veía la luz, pero hoy no importaba. Hoy se le perdonaba casi todo, incluso que exhibiera la tela con el águila, el símbolo franquista que aún sobrevuela la democracia pese al dolor que causó a muchos.

Pero la exaltación patria no entiende de represión. Hoy Nacho tenía que mostrar las huellas del pasado y soltar un ¡Soy español! y un ¡Arriba España! como si Franco hubiera tenido algo que ver en el triunfo de su selección.

Pero Nacho no era el único que sacaba el tema político a escena. El Presidente del Gobierno, José Luís Rodríguez Zapatero, se encargaba de recordar en su primera comparecencia pública tras el título que la Selección acababa de alzarse con la primera copa de Europa en democracia, y que por tanto, el fútbol español había concluido la transición hacia la democracia.

Quizá el Presidente intentaba limar asperezas, después de percatarse de la presencia de banderas de antaño entre los aficionados. Si bien es cierto que un sentimiento de unidad invadió el país, pese a la esporádica aparición de fantasmas del pasado.

Y ese sentimiento de unidad se vivió en las calles como hacía mucho tiempo que no se vivía. Carros con grandes banderas tomaban las carreteras, españolitos de bien le ganaban horas al sueño brindando tras cristales de botellas de champán, inmigrantes de todas partes del globo se enfundaban la camisa roja en una muestra de disfrute compartido (o quizá para evitar las agresiones fascistas) mientras Cesc, el Niño Torres y compañía abrazaban a don Juan Carlos I, Rey de España, después de recoger la ansiada Eurocopa, saltándose cualquier tipo de protocolo. En dos escenarios, España y Austria, los latidos de los millones de corazones que vibraron con la actuación de “la roja” se escuchaban de manera simultánea con una intensidad que paralizaría cualquier medidor de pulso cardiaco. Y eso que solo era el principio.

A lo largo de la noche, los ánimos se fueron caldeando más y más hasta llegar al éxtasis de adrenalina que desembocó irremediablemente en disturbios callejeros. Ese día solo el servicio de Emergencias de la Comunidad de Madrid registró 5.690 llamadas y contabilizó 165 agresiones, 58 accidentes de tránsito (11 de ellos atropellos), 94 incendios y 47 intoxicaciones etílicas.

Además, la policía detuvo a 52 personas por ocasionar disturbios en la calle. Y es que la certeza del triunfo y quemar papeleras, destrozar mobiliario urbano y jugarse la vida dentro del carro van unidos. Pero esa noche, de nuevo, todo estaba justificado.

Tras la primera celebración, la resaca de la velada más futbolera de la democracia era patente en cada rincón del país. Aparte de la basura amontonada, en el transporte público se observaban multitud de ojeras andantes y en los medios de comunicación los locutores no eran capaces de emitir una vocal sin carraspear.

 Un día más

Suciedad, sueño y ronquera no impidieron que la tarde-noche del lunes, alrededor de un millón de personas volvieron a congregarse en la Plaza de Colón para festejar la llegada de los héroes, los jugadores, que serían trasladados desde el aeropuerto de Barajas hasta el centro de la parranda. Y no es que este acto consiguiera reunir a más gente que la celebración de la noche anterior, sino que todos los habitantes del extrarradio madrileño, incluso alguno que otro español de fuera de la capital, abandonaron las celebraciones entre vecinos para pasarse al multitudinario recibimiento.

Porque ver las caras de los vencedores bien merecía recorrer los 300 kilómetros que separan Valencia de Madrid. Así pensó Loli y por eso estaba allí, tres horas antes de la llegada del avión, con brazos, mejillas y pecho tatuados de rojo y amarillo. “Yo soy valenciana, pero tenía que venir a Madrid a darle las gracias a la Selección por lo feliz que me han hecho” contaba la joven acabando su declaración con un “oé, oé, oé”, el auténtico himno español. “Mañana trabajo, entro a las 8 a. m. en un supermercado, pero no tengo que hablar, por eso me da igual llegar con ronquera”, se sinceraba la valenciana.

Tras estas últimas palabras, Loli dejó de hablar como el resto de los mortales y se unió a los gritos animales de sus compañeros, los aficionados.

“¡Podemos, podemos!”, exclamó Joaquín a su lado, para conducir los cánticos del coro que se formó de forma improvisada. Este era el himno oficial que la Selección presentó para el campeonato, pero José, amigo y compañero de coro de Joaquín, muy avispado, afirmó: “No, ahora no es así, ahora hay que decir: ¡Pudimos, pudimos!” y todos retomaron el canto y así de felices hicieron tiempo hasta que llegaran los protagonistas.

Y estos llegaron y se subieron a un gigante escenario que una televisora privada montó solo para la ocasión. Y todo se desató y lo que antes era una masa uniforme de gritos se convirtió en un disonante conjunto de sonidos que solo fue capaz de reconducir Reina, el portero suplente y maestro de ceremonias. Él, hasta hace dos semanas desconocido, no apartó el micrófono de su boca lanzando complicidades a los asistentes, mientras el resto de jugadores realizaba una coreografía de saltos y abrazos. “Quiero que se escuche un grito fuerte, ¡Luis Aragonés, Luis Aragonés!”, proclamó Casillas que, cuando consiguió robar el micrófono al portero del Liverpool, aprovechó para homenajear al míster .

Todos los aficionados, como un rebaño bien entrenado, repitieron el nombre del técnico que pronto abandonará el cargo. “¡Quédate, quédate!”, le suplicaba Joaquín, convencido de que le estaba escuchando, pese a su situación de aguja en un pajar. Antes de que comenzara el torneo, el 40% de los españoles estaban en contra de la actuación de Aragonés al no querer convocar a Raúl, la estrella que no brilló en esta competición. Por ello, compartían la decisión de la Federación de no renovar su contrato tras la Eurocopa, pero eso ya poco importa. Ese día en Colón, todo el mundo lo quería y competían por ver quién era capaz de emitir su nombre de una forma más contundente. ¿Qué más da que Raúl no jugara si se consiguió el triunfo? De nuevo, en un día como aquel, todo estaba justificado.

Cuando se acercaron las 10 p. m. y los jugadores-animadores acabaron su actuación, era hora de recogerse, pero no para todos.

Todavía un grupo de pasionales seguidores se atrevían a desafiar los golpes de los policías antidisturbios, bailando al son del tambor en un hueco que la multitudinaria basura les había reservado en medio de la plaza.

Del “¡Oé, oé, oé!”, pasaron al “¡Mucha policía, poca diversión!” en menos de diez segundos, para acabar dispersados por el poder de los camiones cisterna que bañaron las calles tras el festejo.

Mientras el agua limpiaba los últimos despojos de basura, María, que no había ido a la celebración por el cansancio acumulado del primer día y prefirió verla por televisión, dormía con una sonrisa de oreja a oreja.

No importaba que mañana le tocara hacer compras y que el precio de los limones hubiera subido un 60 % en el último mes. Tampoco la importaba la palabra “crisis”, ni que el paro ya alcance a más del 10% de la población. Si los políticos y la economía no le dan alegría a su corazón, para eso ya tiene a la Selección.

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Los jugadores de la selección española recorrieron las calles de Madrid antes de reunirse con miles de aficionados que los esperaban en la céntrica Plaza de Colón para celebrar la victoria de España en la Eurocopa 2008, tras imponerse 1-0 en la final a Alemania.

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Sara Plaza PARA

La Selección arribó a Madrid un día después de iniciada la parranda. Esta vez, alrededor de un millón de personas volvieron a congregarse en la Plaza de Colón para festejar la llegada de los héroes. Aparte de las camisetas rojas, las huellas de la celebración (ojeras, ronquera y resaca) eran otro rasgo de identidad de la multitud enardecida.

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