Costa Rica, Domingo 6 de julio de 2008

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Relato

Una caricia al Everest

 En mayo pasado, Gineth Soto intentó sin éxito alcanzar la cima del mundo. Aunque un mal respiratorio le impidió cumplir su sueño, llegó hasta donde ningún costarricense había estado antes. Este es el relato de una aventura marcada por la ilusión y el esfuerzo.

Randall Corella V. | rcorella@nacion.com

Aquella mañana de miércoles Gineth Soto miró al Everest con los ojos llorosos. Había llegado a acariciar la cima pero ya no podía más. La tos que padecía desde días atrás había empeorado y ahora amenazaba con quitarle la vida si seguía avanzando.

Observó aquel monte nevado por última vez y soltó el llanto. Sentada en la nieve, a 7.200 metros de altura, la joven puntarenense vio como se esfumaba el sueño de su vida.

Ese 21 de mayo, después de 45 días de luchas e ilusiones, la montañista de 34 años renunció a la cima del mundo. Le había prometido a su familia que, pasara lo que pasara, regresaría, y morir en la montaña no era parte del plan.

Fue una decisión, pero comprendió que, aunque había llegado hasta donde ningún costarricense había estado antes, la montaña estaría ahí por siempre y en esta experiencia había aprendido lo suficiente para volver a intentarlo.

En un pequeño cuaderno amarillo escribió , día a día, su aventura por alcanzar la cima del gigante himalayo.

Las páginas de ese diario, que atesoró durante todo el viaje junto a la bandera de Costa Rica, la imagen de La Negrita y las fotos de su esposo, su madre, sus dos hermanas y sus sobrinos, desgranan las ilusiones y esfuerzo de una aventura digna de contar.

 Primer paso

El vuelo de Katmandú , la capital de Nepal, a Lukla (2.840 m) duró 45 minutos. Todo ese tiempo, Gineth lo pasó pegada a la ventana. A través del vidrio observó completa la cordillera del Himalaya.

Ese 7 de abril, en Lukla, conoció a varios sherpas, incluido Da Ongchhu, el nepalí de 27 años que se convertiría en su guía, compañero y gran amigo durante toda la travesía.

Junto con el sherpa y un porteador llamado Migma, comenzó la caminata hasta el pueblo de Pakding (2.610 m), donde pasaría su primera noche en el Himalaya. El camino es un trayecto muy verde, con bellos paisajes. Pero aquello era solo un calentamiento para lo que vendría. A la mañana siguiente, la ruta llevaba hasta Namche Bazar, a 3.440 metros de altura.

La mayor parte de la vereda era cuesta arriba, con ríos, cañones y puentes colgantes de decenas de metros.

“De pronto, Da Ongchhu me dijo en inglés: ‘Ok, miss Costa Rica, ¿estás lista para esto?’, y me señaló una esquina llena de árboles en media cuesta. Subí en carrera, mi corazón latía a mil y fue así cómo, por primera vez, pude ver a Everest. Fue el mejor momento de mi vida, algo tan soñado que las lágrimas se me salieron”, escribió en su diario.

A la llegada a Namche conoció al resto del equipo: los ingleses Anselm Murphy y Andrew Falgate, el irlandés James O’Leary, el australiano David Cole, el francés Raphael Gernez y al líder Jamie McGuinness. Ahí también se vio cara a cara con su otro compañero de aventura, el frío.

“Por la noche hizo mucho frío y en la mañana, la temperatura dentro de mi habitación era de 5 ° C, afuera de seguro estaba algunos grados bajo cero”.

El 9 y 10 de abril realizó solo unas caminatas de aclimatación, porque los días siguientes el esfuerzo sería grande: más de 400 metros de ascenso hasta Tengboche (3.860 m), 100 más a Pangboche (3.930) y otros 400 a Dingboche (4.410 m).

Las horas diarias de caminata hicieron efecto en sus músculos, y el clima frío y ventoso, en su salud. El día de descanso en Dingboche, el último pueblo con Internet, le trajo dolor de garganta y pérdida temporal de la voz.

Ahora seguía el ascenso a Dughla (4.620 m) y a Loboche (4.910 m), donde el grupo de montañistas se reunió de nuevo y Gineth descubrió que no era la única enferma. Anselm tenía tos y Rafael vomitaba con frecuencia.

El francés no subió con ellos a Gorak Shep (5.140 m), y aunque Gineth logró llegar allá pronto debió desandar el camino. Los síntomas de la gripe empeoraron y, para recuperarse, decidió regresar a Loboche. No encontró posada y compartió la habitación de un albergue con Raphael, aun bajo el riesgo de contagiarse con su enfermedad.

El 18 de abril, ya un poco mejor de salud, ambos continuaron el camino hacia Gorak Shep y después al Campamento Base (5.350 m), donde realmente comenzaba la aventura.

 Protección divina

Nadie pone un pie después del Campamento Base sin antes haber pedido permiso a los dioses. Nadie se atreve a cruzar la Cascada de Hielo sin haber hecho la ceremonia puja, presidida por Dawa, el Sirdar o jefe de los sherpas. Guías, montañistas y todo aquel que desee seguir montaña arriba debe solicitar protección divina.

“Al comenzar la mañana, nos sentamos todos frente a un altar; Dawa empezó a leer oraciones en idioma sherpa, escritas por lamas. El altar estaba decorado con ofrendas de comida y nuestros equipos –crampones, arnés y piolets – para que fueran bendecidos”, cuenta el texto.

El ritual se extendió por tres horas y a la mitad de él se levantó en el altar un asta con banderas de colores que contenían oraciones para “purificar” el aire y traer paz a los dioses.

Después, se aplicó el polvo de Tsampa en la cara de los participantes –dibujándoles una barba y un bigote, como una bendición de larga vida–, cada uno ató primero una bolsita con arroz a las banderas como ofrenda y después lanzaron arroz tres veces sobre el altar.

La ceremonia le infundió gran seguridad a Gineth, pero no contaba con un nuevo inconveniente. “En la tarde no me sentí bien, me dio diarrea y dolor de estómago. No pude dormir casi nada, me dolía tanto el estómago, lo tenía tan inflamado y aún con diarrea. Rafael y yo fuimos a ver al doctor del campamento. Él tenía una infección dental y le dieron antibiótico, a mí me dieron tres días de antibiótico, pero aún no sabían que era”, recuerda.

Mientras estuvieran con tratamiento, ninguno de los dos podía continuar el ascenso. Pero los tres días de descanso y medicinas no surtieron efecto. El dolor regresaba cada vez que comía y, por las noches, le impedía dormir.

Una nueva visita al doctor bastó para dar en el clavo: tenía giardia, un parásito que adquirió del agua, la comida o algún baño sucio. Aunque el médico le recetó una pastilla que la curó de inmediato, la enfermedad le heredó una gran pérdida de peso.

El 24 de abril, la víspera de la caminata hacia el campamento 1, Gineth escuchó varias avalanchas que cayeron sobre la Cascada del Hielo. Ahí es donde más gente ha muerto, en especial sherpas que suben a dejar cargamentos y regresan en las horas con más peligrosa de avalancha.

A la madrugada siguiente, ella y su sherpa se colocaron el equipo de glacial y, poco antes de que se marcharan, Dawa los llevó al altar para hacer una oración, darle tres vueltas hacia el lado derecho y tirar un poco de arroz: una nueva puja para el seguro regreso de los caminantes.

“El aire que respiras es tan frío que te duele la nariz y garganta de inmediato. Son 600 metros verticales lleno de grietas y paredes de hielo a punto de derrumbarse, (...) se cruzan muchas escaleras para atravesar las grietas, algunas tan enormes que se necesitan seis escaleras juntas, amarradas con cuerdas”, explica.

Tras más de cinco horas de camino, llegaron al campamento 1 (6.000 m). Ahí instalaron su tienda y comenzaron a derretir nieve para tomar agua, porque el calor era sofocante. A esa altura no hay nada más que nieve, el sol da directamente y la temperatura se eleva hasta los 39º C, es imposible estar dentro de la tienda.

“Cenamos temprano, una sopa de fideos, no había casi nada de comer, fue algo terrible. Me acosté con hambre. Por la noche empecé a toser, era una tos incontrolable y no deje dormir a mi pobre sherpa”, detalla.

El 26 de abril era día de descanso para adaptarse a la nueva altura y recuperar fuerzas para continuar al campamento 2 (6.500 m), pues aún faltaba cruzar el Valle del Silencio, un paraje desolado que conforme avanza el día se convierte en un horno. “Sentimos que nos íbamos a desmayar del calor, con manga larga y todo el equipo de montaña en ese calor, fue duro dar cada paso”.

En ese sitio rocoso, a los pies de las paredes del Lhotse y del Everest, la tos de Gineth fue empeorando, ahora le dolían las costillas a ambos lados del cuerpo.

Debía pasar al menos tres noches en el campamento para adaptarse, pero su salud la obligó a ir montaña abajo.

La noche del 28 de abril la pasó sentada en la tienda sin poder dormir y casi llorando del dolor. Apenas amaneció, empacó algunas de sus cosas, buscó algo para calentarse y emprendió con dos sherpas el camino al Campamento Base, pero en esas condiciones aumentaba el riesgo al pasar la Cascada del Hielo.

“Cada vez que tenía que cruzar una escalera pensaba: ¡Ay, que no me dé tos! Ya que cada vez que tosía, mis manos automáticamente sostenían mis costillas y me daba miedo soltar las cuerdas y caer en la grieta”.

Ya en el campamento, Gineth buscó un rincón para sentarse y pedirle a Dios que aquellos síntomas no fueran de neumonía, pues eso daba por terminada la expedición de inmediato para ella. El doctor del campamento la auscultó, le tomó la saturación de oxígeno y le chequeó los pulmones. “Estás bien, no escucho nada. No es neumonía, pero desafortunadamente es la tos del Khumbu y esta muy avanzada. Te has desgarrado tus músculos respiratorios y por eso es el dolor”, le dijo en inglés.

El médico le aseguró que para esa tos no existe medicina y que lo único capaz de paliarla un poco mientras estuviera en la montaña era aplicarse dos veces al día un inhalador con un polvo usado por las personas asmáticas.

“Puede ser que te cures por completo y no te regrese la tos, o te puede regresar al subir de nuevo a más altura. Primero volverás a sentir ese dolor que tienes y después se te quebrarán las costillas en uno de los ataques de tos. Ten mucho cuidado y trates de no pasar frío”.

Comenzó el tratamiento con toda la seguridad de que volvería a subir en busca de la cima. Descansó dos días en el Campamento Base y continuó su descenso hasta Dingboche, en busca de más oxígeno que le permitiera recuperarse.

El 5 de mayo, Gineth y Da Ongchhu emprendieron de nuevo el ascenso y en dos días de caminata llegaron al Campamento Base. El clima y la salud los beneficiaban, pero aunque llevaran un gran ritmo, por razones de seguridad no podían continuar más allá del campamento 2 hasta que la expedición china que llevaba la antorcha de las Olimpiadas alcanzara la cima.

Esa espera podía ser perjudicial. Al Everest solo se puede subir una vez al año por esa ruta, del 23 de marzo al 25 de mayo, y hay años en los que solo se da buen clima una semana de mayo.

El 8 de mayo comenzó con una nueva puja para pedir protección en el paso por la Cascada del Hielo. “Desayunamos muy poco e hicimos la puja antes de irnos a la cascada para pedir protección y salvo regreso”, narra.

Los nervios de Gineth por haber escuchado al menos seis avalanchas caer durante la noche no fueron obstáculo para llegar en solo unas horas al campamento 1, donde los esperaban buenas noticias.

Esa tarde, los chinos alcanzaron la cima con la antorcha olímpica y ahora el camino estaba libre para el resto de las expediciones.

En la mañana del viernes, continuó el ascenso al campamento 2. Tras varias horas de camino, Gineth y su sherpa lograron reunirse de nuevo con el grupo, mas debían esperar a que el clima mejorara para intentar el empuje a la cima.

El 11 de mayo intentaron subir la pared de Lhotse, una empinada cima de hielo a 7.000 metros de altura, pero el tiempo empeoró. Nevadas y deslizamientos obligaron a todo el grupo a regresar al Campamento Base casi en tiempo récord.

“Esta temporada no ha sido normal. Hay demasiada gente en la montaña, no han puesto las cuerdas a la cima, ahora solo podemos descansar dos días antes de subir de nuevo y hacer el empuje final a la cima”, escribió Gineth esa noche.

Y aún faltaba una mala noticia: Las cuerdas a la cima serían puestas el 20 de mayo, y en los cinco días que restaban de la temporada decenas de personas intentarían llegar a la cumbre.

La madrugada del viernes 16 de mayo, comenzó el último ascenso a la cima. Una nueva oración antes de cruzar la cascada les dio motivación para caminar en un solo día hasta el campamento 2.

El sábado era día de descanso, y aunque Gineth no había sufrido por el mal de altura, la tos regresó con el agravante de que la medicina se le había agotado. El domingo intentó subir al campamento 3, pero un severo ataque de todos la envió de regreso.

“No me sentía bien, el dolor en mis costillas era tanto que cuando tosía, a veces vomitaba. No podía creer que no tenía ningún mal de altura y que una tos me causara tanto dolor”, agrega.

La tos y el clima, la obligaron a un día de descanso, antes de intentar otro empuje a la cima el 21 de mayo. Ese miércoles, comenzaron a caminar desde muy temprano, sin embargo Gineth solo pudo llegar hasta la base de la pared del Lhotse.

Ya no aguantaba el dolor de las costillas, agravado por el peso del salveque. Se detuvo varias veces para controlar su respiración, pues cada vez que aspiraba sentía como si le clavaran un cuchillo en los pulmones.

Habló por radio con Namgyal, el sherpa que la había acompañado al doctor y conocía los riesgos de seguir adelante. “Gina, la vida es mas importante que esta cima”, le dijo y sus palabras la ayudaron a decidirse.

“Fue suficiente para saber que no subir era la decisión correcta. Pensé en mi familia, yo les prometí que regresaría a casa de nuevo. Cuando le dije Mindu que no subiría a la cima, no pude evitar las lágrimas. Me senté con ellos y lloré un rato del dolor de tener que terminar mi sueño”, escribió Gineth.

En ese momento, escuchó en la radio los gritos de “cima, cima”. Andrew, Anselm, David y Jamie estaban en la cima con algunos de los sherpas. Se sintió feliz por ellos, mientras Namgyal terminó de consolarla.

Junto con Da Ongchhu regresó al campamento 2 para pasar la noche. Ahí escucharon por radio que un alpinista suizo había sufrido un edema cerebral después de alcanzar la cima y falleció camino al campamento 4. Gineth se entristeció con la noticia pero suspiró aliviada.

Aunque el clima no mejoró, a la mañana siguiente era necesario comenzar el descenso directo al Campamento Base. Le siguieron dos días de descanso y cuatro más de camino hasta Lukla.

El 29 de mayo tomó el vuelo a Katmandú y vio las montañas del Himalaya por última vez.

“No soy la misma persona que llegó a su base con esa inocencia que todos los montañistas tenemos antes de saber lo que realmente significa subir el Monte Everest. Me di cuenta de que, a como tengo la valentía para enfrentar al mortal Everest, también tengo la valentía de decir ‘no’ y tomar decisiones responsables. Como alguien dijo antes ‘la cima es opcional, el regresar a casa es obligatorio”.

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Gineth Soto

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Un monasterio de más de 600 años, en el pueblo de Pangboche, a 3.930 metros de altura.

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Gineth con el grupo de sherpas que acompañaron a los miembros de su expedición.

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Gineth cruzando una peligrosa grieta en la Cascada de Hielo. Atrás, se observa al sherpa Mindu.

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La montañista costarricense durante una caminata en el campamento base.

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El 20 de abril, en el campamento base, sherpas y montañistas participaron en una ceremonia puja para pedir la protección de los dioses de la montaña.

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Vista del Monte Everest (primera cima a la izquierda) desde el pueblo de Namche Bazar, a 3.440 metros de altura.

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AUDIOS

Gineth Soto habla de cómo surgió el deseo de escalar el Everest.

La montañista tica habla sobre la tos que padeció camino al Everest.

Gineth Soto cuenta cómo tomó la difícil decisión de no seguir hasta la cima.

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