San José, Costa Rica. Domingo 08 de julio, 2007.
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Manuel Canales / LA NACIN

El macho anda herido

Falta mucho para que nos libremos de su estilo despótico

Jaime Gamboa
jaimegam@gmail.com

Ha sido una racha mortal… Hace años le proclamaron en la cara la Igualdad Real de la Mujer.

Eso le resultó ofensivo: El no necesita semejante ley, pues siempre la deja hablar en la mesa, la deja salir a la pulpe y hasta la deja ir a trabajar. “Claro, siempre y cuando no me desatienda a los güilas”, afirma, seguro de que está diciendo algo absolutamente razonable.

Despuecito le recetaron una ley que lo obliga a poner un 40% de mujeres en los puestos de elección popular. Inaceptable: “¿cómo me van a obligar a votar por mujeres?, ¿y si no tienen méritos para gobernar?”, se pregunta, sin darse cuenta de que toda la vida ha votado por listas de candidatos (hombres) sin preguntarse jamás si los fulanos tenían o no tales méritos.

Gracias a esa “deformación feminista” en nuestra ley electoral, ahora la Asamblea se le llenó de enemigas. Y la cosa se pone peor…

Tras ciento cincuenta mujeres asesinadas por sus compañeros en los últimos años, finalmente le aprueban al macho una ley que dice que pegarle a su esposa o a su novia no es lo mismo que pegarle a cualquier hijo de vecino. La ley de Penalización de la Violencia pone el dedo en la llaga y le advierte que sus días de impunidad doméstica están por acabarse.

Acostumbrado a resolverlo todo en SU casa por la fuerza, ya no sabe ni cómo comportarse. “Diay, me conformaré con pegarle cuatro gritos”, piensa. Pero ella, compasiva, le recuerda que los gritos también están penalizados…

“Es una barbaridad”, clama el macho, “están desbaratando a la familia”. En esto hay que reconocerle algo de razón: la familia en donde el padre es un pequeño rey, trata a los demás como le da la gana y vuela leñazos por parejo, está siendo desbaratada lentamente, para dar paso a una familia más humana.

Para colmo, ahora le salen con un proyecto que le prohibirá los fajazos, coscorrones y demás “argumentos” con los que a duras penas el macho (secundado por muchas machas) “educa” a sus hijos.

“¿Y ahora cómo los voy a corregir? ¡Van a hacer lo que les dé la gana!”, protesta furioso.

Está en un verdadero aprieto: no le va a quedar más remedio que acabar de civilizarse y comenzar a criar a sus hijos e hijas con razonamientos, con un equilibrado establecimiento de límites, sin castigos físicos y, sobre todo, ¡con el ejemplo!. Qué duro… El macho anda herido de muerte, pero créanme: se está defendiendo y falta mucho para que nos libremos de su estilo despótico, su discurso cavernario y su secuela de violencia. No es tan fácil acabar con él: lo llevamos dentro.





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