San José, Costa Rica. Domingo 11 de febrero, 2007.
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El grano de oro en nuevas manos

Reportajes

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Abraham Fernández,
de Desamparados, juega bajo la mirada atenta de Etelvina Sánchez, en la sala de ortopedia.
Mario Rojas/LA NACIN

Hadas de rojo

Nunca quise escribir este reportaje. El dolor de un niño enfermo, los llantos, las caras apagadas de los familiares que esperan, el olor único de los hospitales… Todo impone mucho respeto, miedo. Sin embargo, nada de eso encontré junto a las damas voluntarias del Hospital Nacional de Niños.

A las 8 de la mañana, un grupo de mujeres se toma de las manos, formando un círculo rojo en la pequeña oficina. “Dios, danos fuerza para cuidar a estos niños”, ruega Yamilette Arias, presidenta del Grupo Damas Voluntarias, mientras las compañeras asienten con los ojos cerrados.

“Dios, bendice a los chiquitos que están llegando de tantos accidentes de carro. Que no haya más accidentes, ¡amén!”. El círculo permanece unido hasta las plegarias finales, luego se rompe y comienzan los abrazos de ánimo: “¡Dios te ama, y yo también”. Es la fórmula inventada por Aura Ramazan Kort, una dosis de energía espiritual para comenzar el día.

Aura tiene 77 años y es de Curaçao, en las Antillas holandesas. Junto a su marido, llegó a vivir a Costa Rica en 1981, y se convirtió en una “de rojo”, el nombre común que reciben las damas. “Trabajé 17 años como voluntaria, pero nos pusimos viejos y regresamos otra vez a Curaçao. Eso sí, todos los años venimos tres meses a San José y yo los paso aquí”.

Tras los abrazos, las damas se van a sus áreas asignadas. Unas marchan a oncología, neonatos, cirugía, quemados… Otras, a la sala de juegos, a repartir café o a la ropería.

El hospital se agranda a medida que uno recorre todas las plantas, pasillos y salas. Hay mucho trabajo que hacer y muchos niños que las esperan. “Cuando ven a alguien de rojo piensan: ‘Esta me va a salvar, me va a contar cuentos, me va a chinear…”, explica Arias.

“Yo siempre les digo a mis compañeras que desde que cruzan el portón vienen a una entrega total. Cero amargura, cero tristeza. Si tienen que contar algún problema se cuenta en la oficina con las demás, pero a los niños hay que sonreírles, hay que hacerles mejor su estancia. Porque aunque el hospital sea muy bueno, sigue siendo un hospital”, añade.

“Las de rojo”. Como en una invasión, uno puede encontrar a una dama voluntaria en cualquier rincón del hospital. Principalmente se encargan de labores de intendencia y del apoyo a niños y familiares.

Muchas cosas pasan por sus manos, desde cambiar un pañal, hasta enderezar un cuadro torcido o servir el desayuno a los donantes de sangre que llegan al centro.

“Ayudamos a los padres de familias de bajos recursos. Y no solo de bajos recursos porque la mamá que tiene recursos y se le muere un niño, igual necesita el apoyo. El dolor es dolor, tenga usted dinero o no lo tenga”, comenta Yamilette.

En diciembre pasado tuvo el honor de recibir la medalla al mejoramiento de la calidad de vida, otorgada por la Defensoría de los Habitantes y el Consejo Nacional de Rectores.

“A veces, compramos medicamentos que el hospital no tiene. Les damos pasajes a los padres si tienen que trasladarse con el niño y no tienen dinero. Les tenemos un banco de ropa porque a veces llegan en ambulancia y sin recursos”, cuenta Yamilette.

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No todo son penas.
Yamilette Arias (izquierda) junto a sus compañeras en la sala de juegos.
Carlos González/LA NACIN

“Su labor es muy importante y muy buena. Ellas ayudan a cuidarlos, mientras uno va al albergue o a la farmacia. Trabajan mucho por ellos”, asegura Lucrecia, mientras observa a su hija, de visita en el hospital, distraída en la sala de juegos.

“Somos doctoras del corazón, de apoyo para esos niños. Al entrar como voluntarias hacemos un punto y aparte, es como un nuevo libro que escribimos. Siempre aprendemos cosas nuevas”, afirma Cecilia Barrantes, de 71 años y experta contadora de chistes.

“Vengo de Siquirres. Son dos horas de viaje de ida y dos de vuelta. Tengo que levantarme a las 4 para coger el bus de las 5, pero aún así vengo muy contenta porque lo hago como un paseo”, añade.

Corazones de oro. Uno de los momentos más duros es el de la muerte de un niño, “cuando la familia no se puede llevar el cuerpo, por cualquier motivo –nosotras no juzgamos–, entonces lo llevamos al cementerio Calvo. Pagamos el transporte, hacemos los papeles, una oración y le damos cristiana sepultura”, afirma Arias, educadora pensionada y con más de nueve años como presidenta.

En otros casos, las damas regalan el féretro e, incluso, el transporte hasta el lugar de nacimiento del fallecido.

Ese tipo de gastos corren a cargo de ellas mismas o de socios que aportan lo necesario. “El Estado es el que menos nos da, ni siquiera estamos exentas de los impuestos de la renta. Pero ocurren milagros, hay corazones de oro que llegan con un millón de colones”, argumenta Yamilette.

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La más nueva.
Con un año de voluntaria, María del Milagro Quirós le hace las trenzas a Kaloa Cerdas, de Tirrases de Curridabat.
Mario Rojas/LA NACIN

Empresas de alimentación, taxistas, el Organismo de Investigación Judicial (OIJ), son algunos de los colectivos que ayudan en tareas como el suministro de los desayunos o el traslado de familiares.

Calor humano. Una actividad poco conocida de las voluntarias es ir a dar charlas a las escuelas cuando uno de los alumnos sufre cáncer. “Siempre llevamos un video para explicar cómo son los tratamientos de la quimioterapia. Se les explica porque se le cae el pelito al chiquito, las tres clases de quimio que hay, qué tipo de cáncer o de leucemia es”, afirma Clotilde Chavarría, encargada de esta labor.

“Los niños y los resultados son increíbles. Cuando llegan a la escuela ya son aceptados como amiguitos, los ayudan. Y para la maestra también porque se le presenta un niño sano y un niño enfermo: ¿qué decirles?, ¿cómo hacerlo? Se siente mejor porque ella no fue la que tuvo que explicárselo”, añade.

Las historias y los nombres se multiplican. Ahí está Mayela Ramírez que hizo “negocios con Dios” mientras su hija estaba a las puertas del quirófano. Tras el éxito de la operación, cumplió con su palabra y ya lleva diez años como voluntaria.

O Marta Isabel Gamboa que no puede olvidar el día en que le sirvió café a una madre y esta se puso a llorar porque no tomaba nada desde hacía tres días.

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Desayuno.
Uno de los momentos más esperados por niños y familiares: la tacita de café y las galletas.
Carlos González /LA NACIN

También Nery Mata, de 18 años, que entró a formar parte del grupo juvenil influida por lo que su madre, Iveth, le contaba al volver del hospital.

Dos generaciones de voluntarias en la misma familia que, ahora, trabajan con la misma pasión y amor.

Todas entregadas a niñas como Raquel, internada en Quemados y feliz mientras ve los dibujos animados y una “de rojo” le da el almuerzo.

O a la fila de chiquitos que esperan una tacita de café y unas galletas, ante el asombro de unos padres que no consiguen hacerlos desayunar en casa.

Lo más soprendente y común a todas las damas es que ninguna piensa en solidaridad, en dar o en el tiempo que pasan en el hospital; solo hablan del amor que reciben de los niños. Como dice Yamilette, “es más lindo el contacto de la manita de un niño, que el de un billete de ¢10.000”.

La primera ‘dama roja’

47 años de voluntariado

Etelvina Sánchez Lobo tiene 74 años y 47 de trabajar como voluntaria, casi desde la fundación del grupo. Es la más veterana de todas y se nota por la mezcla de respeto y cariño con que las demás compañeras la abrazan o hablan con ella. “Vivo en Tibás y empecé en el hospital San Juan de Dios, éramos 12 voluntarias, poco más o menos. Cuando entramos aquí éramos ya 20. Nos repartimos por todos lados porque esto fue una invasión del pueblo de Costa Rica para conocer el hospital. Fue algo admirable”, recuerda Etelvina.¿Ha valido la pena la vida que ha tenido? “Huy, Dios, no tiene nombre. Muchísimas llegan y no soportan, pero a mí no me ocurrió eso. Solo a veces, una se siente mal en la casa y dice ‘hoy no voy, no voy’ pero llega aquí y se pasa. Estuve mucho en oncología, padezco una lesión frontal y tenía mucho dolor, pero cuando llegaba a oncología y estaba con esos niños, pensaba ‘yo no tengo nada’ y salía con una fortaleza tan grande. Se cargan baterías”.Etelvina se conmueve con algunas historias tristes, pero pronto cambia la expresión. “Llamo la atención cuando hay que llamarla; me preguntan muchas cosas… Trato de servir de bombero entre las compañeras”.

Historia de una misión

Al servicio de niños y familias desde 1960

El grupo de voluntarias comenzó a trabajar en 1960 en el hospital San Juan de Dios con motivo de la epidemia de poliomelitis que afectó a Costa Rica y bajo la dirección de Clotilde de Cordero Carvajal. “Había que llevar a los niños con polio a un lugar cercano a hacer la rehabilitación. Las extremidades inferiores eran las que sufrían más y había que acompañarlos”, recuerda Yamilette Arias, la actual presidenta. Al principio no superaban la treintena de voluntarias y vestían un delantal gris que inspiró su primer nombre, “Damas gris”. Luego se cambió al rojo “porque es más llamativo y los niños están cansados de ver el verde de los médicos y el blanco de las enfermeras y los doctores”. El número de voluntarias ha crecido mucho. Cuando Yamilette estrenó su cargo no superaban las 75 y ahora son entre 130 y 150. “Hay que procurar que todas se lleven bien, que se mantengan unidas. Este hospital es la estrella del país y así debe de ser el grupo. No nos involucramos ni en la parte administrativa ni en la médica, Dios libre. Tampoco hacemos cursos de primeros auxilios para que no haya problemas”. El grupo Damas Voluntarias del Hospital de Niños se rige por unos estatutos. “No se puede ayudar si uno no está organizado”, afirma Arias. Las candidatas a voluntaria deben tener entre 18 y 65 años, no trabajar ni estudiar, y no tener hijos menores de 12 años. “Preferimos que esté con su niño, aunque tenga tiempo, aunque tenga dinero, empleados, es mejor que esté con su hijo”. El grupo cuenta también con una división juvenil de chicos entre 15 y 18 años. Es muy frecuente ver a estudiantes realizando su trabajo comunal universitario (TCU) allí. Según Nery Mata, de “las juveniles” desde hace cuatro años, “los niños le enseñan a uno. Son pequeños pero tienen sus tiempos de sabiduría, de fortaleza”.





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