San José, Costa Rica. Domingo 11 de febrero, 2007.
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El grano de oro en nuevas manos

Columnas

Respuesta solicitada a Proa

E

n la página 3 de la revista Proa del domingo 4 de febrero, aparece una columna difamatoria en la cual, para aludir a mi persona, de manera timorata, solo se incluyen mis dos primeras iniciales.

Dada la naturaleza ofensiva del artículo, algunos de mis amigos me han aconsejado que ni siquiera me refiera a él. Sin embargo, no puedo pasar por alto nada que, aunque calumnioso, deje una mínima duda sobre mi integridad en la función pública.

Llama la atención que un órgano de prensa destacado por tener el mejor periodismo investigativo del país, permita un artículo cuyo fondo es el desconocimiento, y su forma el dicterio. ¿Cómo es posible que un semanario de tal prestigio dé cabida a la animosidad explosiva de un articulista, que después de hablar unos minutos con un ingenuo servidor de la fuerza pública sobre una casa cuya arquitectura se nota le provocó ojeriza, salte de inmediato a decir agravios sin fundamento y sin mediar ninguna indagación previa? Se nota su agresivo estado de ánimo cuando empieza por insultar gratuitamente a una digna funcionaria cuya eficiencia, según me informan, han apreciado por años mis vecinos de la embajada del Uruguay.

Si el columnista hubiese averiguado sobre mi vida, sabría que…. “ese joven que era un liceísta más…” –como peyorativamente me señala– a pocos días de egresar de esa emerita institución educativa se incorporó al trabajo en el Banco de Costa Rica desde 1948, simultáneamente con sus estudios universitarios. Después de una larga vida académica como alumno y profesor, empezó una actividad empresarial desde 1963, hace 44 años. ¿Quién, después de tan largos años de desarrollar una labor empresarial con la colaboración ingente de su familia, no logra alcanzar un importante patrimonio?

Si el maledicente impulso del columnista siquiera le hubiera dado margen a averiguar cuándo y cómo se financió la casa a que se refiere, sabría que el lote de la misma se compró a modestos pagos mensuales desde 1972, a la familia Collado. También habría tomado conocimiento de que el proyecto de construcción se incubó por más de dos décadas, durante las cuáles se fue ahorrando el dinero de su financiamiento. Por el orden financiero que he mantenido en mi vida, existen los registros contables que prueban el origen de los fondos, así como los gastos y costos del proyecto.

La ética elemental de investigar lo hubiese conducido a saber que, como jefe de fracción del P.L.N, solicité a todos los compañeros diputados, al inicio de nuestra gestión en el año 2002, a hacer ante la Contraloría una declaración de sus ingresos y patrimonio, que a ese entonces la ley no exigía. Esa declaración de mis bienes, y la misma al salir de la Asamblea, se encuentran en la Contraloría. También debería tener noción que fui yo el gran impulsador – como lo atestiguan mis excompañeros diputado– de la “Ley contra la Corrupción y el Enriquecimiento Ilícito”, que obliga a los funcionarios públicos y diputados a seguir una serie de estrictísimas normas en su actuación sobre las finanzas públicas y personales.

Siempre en la Asamblea, propicié y apoyé la legislación sobre transparencia y rendición de cuentas en la función pública, así como la necesidad de nuevas leyes impositivas que obliguen a los ciudadanos acaudalados –políticos, empresarios o profesionales– a declarar sus ingresos anuales ante la Dirección General de Tributación Directa. Esta agencia tiene mis declaraciones personales y las de mis empresas, donde nítidamente aparece el origen de mi patrimonio, así como mi solidaridad social – entre otras acciones– a través de las elevadas sumas que tributamos. Tales declaraciones y cualquier otro documento están a la disposición del periódico La Nación.

Además ninguna razón asiste al articulista, aparte de la maledicencia, para desconocer que jamás he participado en negocio alguno de los que cita, y que mis empresas nunca han entrado en licitaciones públicas.

Respecto a los motivos o sentimientos que me llevaron a construir la citada casa, son tan elevados esos sentimientos que jamás los empañaría mencionándolos en relación a un escrito tan procaz como el citado.

Bernal Jiménez Monge





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