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El grano de oro en nuevas manos
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| Augusto Ramírez/LA NACIN |
Tinta fresca
Metafísica para principiantes El médico la palmeó en el hombro, sonrió y tomó el bisturí
Jaime Gamboa jaimegam@gmail.comQuienes crecimos dentro de las estrictas enseñanzas de esa curiosa iglesia conocida como materialismo dialéctico, siempre concebimos los “milagros” como sinónimo de supercherías, invenciones, excesos de la imaginación popular, alimentados por gente sin escrúpulos dispuesta a aprovecharse de la masa crédula. Es simpática la coincidencia entre estos criterios y los de la propia iglesia romana, profundamente desconfiada, que solo concede el rango de verdadero Milagro (con mayúscula) a hechos “confirmados”, respaldados por testimonios, reportes médicos y otros documentos revisados y sometidos a innumerables pruebas por los peritos y científicos del Vaticano.
Ignoro si estos peritos habrían certificado el “milagro” que le ocurrió a mi abuela, doña Esperanza (q.d.D.g.), allá por el 76, cuando iba a ser operada de unos tumores en una pierna. Desde que entró al quirófano, la señora le porfió al cirujano que ya no tenía que operarla, pues ella había sido sanada por la Virgencita de los Ángeles. El hombre hizo lo que todo médico haría: le dio unas palmaditas en el hombro, sonrió y tomó el bisturí, solo para comprobar minutos después que, en efecto, los tumores habían sido removidos por alguna otra mano…
En mi casa, que –como he dicho– estaba regida por un imbatible código racional-materialista, el “milagrito” de doña Esperanza fue objeto de agudos debates. Sobre todo porque sospechábamos que el agua que mi madre le había dado a mi abuela una semana antes de la operación, asegurándole que había ido hasta Cartago a recogerla, no procedía de la Basílica de Los Ángeles (ni siquiera de la Basílica de Alajuela, que nos quedaba a las cien varas), sino que venía de la nada bendita cañería de nuestro escéptico hogar.
La cosa es que, años después, mi madre, quien antes predicara un racionalismo contundente, comenzó a aparecer con lecturas de esoterismo, cabalística, sanación pránica y toda clase de disciplinas poco ortodoxas.
Esto cambió para siempre el tono de la sobremesa dominical, pues uno de mis hermanos, materialista militante, nunca se resignará a aceptar que su intachable madre se le haya convertido en una doñita creyencera, o peor aún, en una señora con algo de hippie y new age, promotora del cuerpo astral, los chacras, el tantrismo y otras indecencias metafísicas.
Lo cierto es que, verificable o no, obra divina o superchería, lo que sea que le haya ocurrido a mi abuela hace 30 años, pasó frente a nuestros ojos y nos obligó a mirar con lupa nuestras verdades más indiscutibles. Y eso sí que en aquellos tiempos parecía un milagro.
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