Costa Rica, Domingo 9 de diciembre de 2007

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Cultura

Custodios de una tradición

 Un poaseño que hace canastos, la señora que prepara un picadillo de arracache “con cara”, la curandera que sabe cómo tratar todas las “pegas”, un hacedor de maromeros y un guanacasteco que fabrica ‘caites’... La historia de cinco ticos con un oficio “muy tradicional”.

Randall Corella e Ivannia Varela | proa@nacion.com

Descalzo y de cuclillas sobre el piso del pequeño taller, Marcos Oconitrillo González presiona con sus pies un simétrico tejido de bejucos mientras va dando las “puntadas” que en cuestión de minutos formarán un canasto.

Fue hace más de cuatro décadas que este poaseño aprendió de sus ancestros el tradicional oficio de la cestería, pero su cuerpo aún mantiene la fuerza y el entusiasmo del primer día. Su jornada comienza cada mañana a las 7 a. m. y termina entrada la tarde, cuando el cansancio le clava las primeras agujas en la espalda.

“¡Qué va, todo trabajo cansa! A mí es que no me duelen las rodillas, nunca pa’nada, pero sí cansa estar ahí acuclillado. Se tardan unas dos horas en hacer un canasto”, cuenta este vecino de barrio Santa Cecilia, en la cabecera de este cantón alajuelense.

Generación tras generación, su familia ha sido campesina y artesana. Poaseños de cepa, sus parientes labraron la tierra mientras aprendían a hacer lo mismo con la madera. Su abuelo y su padre gastaron muchas tardes entrelazando bejucos para “graduarse” como canasteros.

De tanto ver a su papá, aprendió la cestería cuando aún era un infante. La memoria se le pierde tratando de encontrar el primer cesto que formaron sus manos, pero tiene claro que, por aquellos días, los cogedores de café estaban lejos de ser grandes clientes.

Poco a poco, los cafetales poblaron las montañas vecinas y la demanda de canastos aumentó. Durante décadas, don Marcos mantuvo a sus seis hijos “a puro canasto”, con el oficio que él heredó y ellos heredaron también.

“Llegué a vender 1.000 por año. Hacía 30 ó 40 por semana y los chiquillos me ayudaban. Aprendieron de tanto verme y ahora todos tienen su trabajito pero también se la juegan como canasteros”, cuenta con orgullo.

Y hasta la fecha, la demanda no ha cambiado mucho.

A mediados de año comienzan a llegarle los encargos de los cogedores y hacendados de la zona.

Encerrado en su pequeño taller –cuatro paredes de madera que levantó junto a su casita–, da forma a los canastos que después venderá en ¢4.000 cada uno.

Varias semanas atrás, en la escuela Pedro Aguirre Cerdas, repitió ante diez alumnos cada uno de los pasos y “puntadas” que dan vida a sus canastos.

“Sin este paral ‘nones’, no teje usted nada. Se mete en una hendija para que le quede uno montado sobre el otro… Ahora va a ver, tiene que irse de uno en uno… Cuando pone esa argolla arriba, se le da vuelta al paral para que arrolle y quede amarrado… Este es otro toque, porque no es en cualquier paral el que se puede poner, lo mete por aquí para que quede trabado”, explica con la paciencia de franciscano.

La invitación del Ministerio de Cultura y Juventud (MCJ), para que impartiera un taller de cestería en su comunidad como parte de un programa más amplio ( Ver recuadro: “Tesoros humanos” ), le alegró el espíritu a este conversador innato, quien a sus 67 años sintió renacer el oficio que heredó hace décadas. “Yo ya ahorita me muero; mejor que ahí quede otro haciendo canastos”.

 Para chuparse los dedos

El pasado 29 de noviembre, decenas de adultos y niños se aglutinaron alrededor de un horno de barro recién construido en la escuela Cecilio Piedra, de Frailes de Desamparados.

Todos estaban ansiosos por probar el “riquísimo picadillo de arracache” que había elaborado doña Dinorah Navarro Marín con ayuda de otras entusiastas vecinas.

Y es que ese picadillo prometía ser un tanto diferente al tradicional. Encima llevaba una especie de tortilla tostada que le daba un sabor especial al arracache y le confería mayor consistencia.

“A esta receta se le conoce como picadillo de arracache con cara y solo puede prepararse en horno de barro, porque hay que poner a cocinar todos los ingredientes durante muchas horas y con las cocinas eléctricas de ahora, qué va… ¡no se puede!, saldría carísimo”, explica doña Dinorah, quien, al igual que don Marcos, acudió al llamado del MCJ y decidió legar sus secretos culinarios a las nuevas generaciones.

Ella aprendió a preparar el arracache con cara de su madre cuando era apenas una niña y le ayudaba en los quehaceres diarios.Tan buena resultó ser la aprendiz, que muy pronto se vio preparando el famoso platillo para llevarlo a rezos, matrimonios, quinceaños y novenarios. Aunque hoy muchas otras mujeres también lo preparan en Frailes de Desamparados, podría decirse que, a sus 70 años de edad, ella es una de las más experimentadas.

“A mi esposo y a mis hijos les encanta. Es una receta económica y rendidora. Yo hago un poquitico, digamos dos kilos, y me alcanza para varios días”, explica esta hacendosa mujer.

Para diferenciar su picadillo de arracache de los demás, doña Dinorah dice que este requiere bastante cariño. “Hay que pelarlo y picarlo con delicadeza, enfundarlo o escurrirlo muy bien y agregarle muchos condimentos. A mí me gusta sofreírlo con chilasquil, cebolla, ajo, apio, comino y otros olores. La masa para la cara también hay que hacerla con paciencia y agregarle manteca de chancho. Eso le ayuda a quedar bien tostadita”, detalla.

Para ella, el horno de barro hace que “los olores y los sabores queden mucho más concentrados”. Por eso, además de su popular picadillo de arracache con cara , también sorprende a menudo con otras recetas muy ticas que, segúun opina, deberían prepararse solo de esta manera.

Y, para que no quedara la menor duda, ella y otras mujeres de la comunidad de Frailes de Desamparados decidieron poner manos a la obra y este 29 de noviembre también deleitaron a muchos con pan casero, bizcochos y tamales preparados en el horno de barro que estrenaba la escuela Cecilio Piedra.

 El muñeco con vida

Otro que está deseoso de heredar sus conocimientos es don Ricardo González Campos, un fontanero retirado de 77 años que se dedica a construir juguetes tradicionales, como el popular maromero o títere de madera.

Para ser coherente con esa intención, en días recientes ofreció algunos talleres en la escuela Barrio Alemania, de la zona sur, donde habló largo y tendido sobre los beneficios de los juguetes hechos a mano.

Según dice, ahora que los chiquitos solo piden al Niño Dios carros de control remoto o muñecas carísimas que desechan en pocos días, nada mejor que revivir los juegos y objetos que entretenían a los abuelos. “Los maromeros que yo hago divierten a los chiquitos y también a los grandes y les quitan el estrés”, asegura este hombre, quien se confiesa enemigo de la vagabundería.

Precisamente, fue huyéndole a las horas muertas, que tuvo la idea de confeccionar maromeros, cuando vivía en el hogar de ancianos de Palmar Sur, en Osa.

“Yo no quería ser de esos viejitos que se quedan viendo palomitas o se dedican a espantar moscas. Así que un día, al observar que había mucha madera desperdiciada, se me ocurrió hacer algo entretenido y pensé en un muñeco que se moviera solo en una especie de trapecio”, explica.

Como aprendió el oficio de zapatero desde sus 15 años, don Ricardo aprovechó sus habilidades para diseñar su obra y darle vida al maromero.

“El primero que hice me quedó más feo que yo, ñatititico Aun así, todo el mundo en el asilo tuvo que ver con él porque de verdad podía moverse solo. Yo estaba feliz y se lo vendí a un doctor por ¢1.500. Luego tomé unos cursos de pintura con el INA para que los nuevos muñecos me quedaran más bonitos”, relató.

Desde entonces, don Ricardo decidió que esa era una buena estrategia para complementar su pensión y ya lleva más de 300 maromeros vendidos. Los más cotizados, según dice, son los que vienen vestidos como saprisistas o de “manudos”.

Aunque en estos días se encuentra “tomando unas vacaciones” en la casa de un hijo, el objetivo de don Ricardo es trasladar-se a otro hogar de ancianos donde también pueda poner su taller para confeccionar maromeros y, a la vez colaborar de forma gratuita con sus conocimientos de fontanería. Su sueño es trasladarse a Golfito, para estar más cerca de su padre, quien tiene 96 años y se encuentra delicado de salud.

“Mis hijos ya están grandes y yo no quiero molestar a nadie. Por eso me gusta vivir en un asilo. En esos lugares sí logro concentrarme en mis maromeros. Ellos me dan vida”, afirma con una amplia sonrisa.

 Una buena “sobada”

En El Porvenir de La Cruz, muy cerca de la frontera con Nicaragua –donde, para salir a la carretera principal, hay que caminar cerca de dos hora– muchos conocen o han escuchado hablar de los poderes curativos de la señora Félix Obregón Paisano, doña Fela .

Esta maciza y morena mujer de 50 años de edad es experta en lo que los abuelos llamaban “sobar” y es capaz de enfrentarse a cualquier pega. Con masajes “energéticos” y ayudada con aceite mineral o manteca de chancho, doña Fela ha tratado a infinidad de niños y adultos que la buscan para aliviar sus dolencias estomacales por la suma de ¢3.000. Tanta fama se ha ganado en el pueblo y los alrededores, que dos o tres veces por semana debe trasladarse al centro de La Cruz para ofrecer sus servicios medicinales y, a la vez, vender las rosquillas y galletas de harina que ella misma prepara para “ganarse alguna platilla”.

“Sobar no lo hace cualquiera. Hay que hacerlo con mucho cuidado, en forma circular y siempre para adentro, en dirección al pecho. Se soban las pelotitas que se forman por los codos, rodillas, detrás de las orejas y los antebrazos… El estómago nunca se soba, eso es muy peligroso”, explica esta mujer quien dice haber aplicado sus conocimientos con sus siete hijos, todos hoy “adultos muy sanos”.

Además de sobar, doña Fela también es experta en el uso de plantas medicinales y en preparar infusiones para aliviar resfríos, fiebres, colitis, gastritis, ataques de nervios e infecciones.

Aprendió los secretos de la menta, la juanilama, la cuculmeca, el orégano y demás hierbas a través de su abuela Ileana Obregón, cuando vivía con ella en un rancho de madera y paja en su natal Nicaragua.

“Ella tenía de todo en su pequeño jardín. Si alguno de nosotros se enfermaba, siempre tenía qué darnos. No había plata para visitar a los doctores y además todo estaba ahí, en el campo”, explica, convencida de que no hay nada como lo que brinda la misma Naturaleza.

Para complementar sus conocimientos empíricos, doña Fela también ha hecho lo propio por recibir cursos de medicina no tradicional. Por ejemplo, con un japonés que en 1992 estuvo en el país, aprendió a detectar parásitos e infecciones por medio de una varita de metal y, en los últimos años, ha buscado asesoría para realizar masajes “antiestrés”, que dicen ser muy efectivos. “Es que uno siempre tiene que modernizarse, eso sí, sin olvidar las raíces”, sostiene y luego comenta que, para tratarse una gripe que “la tiene bien chocha”, se está preparando un jarabe hecho con cebolla, ajo y miel.

 Nada como unos “caites”

En La Cruz de Guanacaste también reside un personaje que se niega a echar en el olvido las tradiciones costarricenses. Su nombre es don Enrique Aguilar Torres, un reconocido zapatero y negociante de la zona que, en los últimos años, se ha dedicado a rescatar el uso del ‘caite’ (especie de sandalia de cuero que se amarra con correas).

“Este tipo de calzado es sumamente cómodo, sobre todo para la gente de por aquí que tiene que caminar largas distancias. Son muy duraderos y no salen caros; un par, bien hecho, puede andar por los ¢5.000”, asegura.

La semana trasanterior, este afanado zapatero le explicó a los estudiantes del Colegio Técnico Bilingüe La Cruz, cómo pueden fabricarse sus propios ‘caites’ con cuero de vaca, venado o animal de monte y sin utilizar materiales sintéticos como todos los zapatos que abundan actualmente en el mercado.

Al final del taller que impartió en ese centro educativo, don Enrique le dio el visto bueno a los 16 pares de ‘caites’ que confeccionaron sus curiosos discípulos. “Todos quedaron perfectos, listos para usarse”, dijo.

Este animado conversador de piel tostada comenzó a trabajar como zapatero a la edad de 9 años tras el fallecimiento de su abuela, quien lo criaba en Masaya, Nicaragua.

“No me quedó más remedio que buscar cómo ganarme la vida y le pedí a un tío que me diera empleo y me enseñara las primeras técnicas. Más adelante, trabajé haciendo zapatos en otros lados hasta que pude montar mi propio negocio aquí en La Cruz hace 30 años”, dice el orgulloso propietario del abastecedor Lucelia.

Allí, en la parte posterior del local es donde vende todo tipo de calzado, incluyendo los tradicionales ‘caites’.

Estos se le van como pan caliente en las fechas cercanas al 11 de abril y al 15 de se-tiembre, cuando los bailes típicos engalanan las festividades.

Gracias a su talento en el arte de hacer zapatos, don Enrique pudo darle educación universitaria a sus cuatro hijos y confiesa sentirse orgulloso de integrar el grupo de esos hombres y mujeres que aún luchan por defender las costumbres de antaño frente a los férreos ataques de la modernidad.

Nuevo programa del Ministerio de Cultura

Tesoros vivientes

Según la UNESCO, un tesoro vivo es aquella persona que posee habilidades y técnicas para producir determinados elementos del patrimonio cultural inmaterial; individuos que, de una u otra manera, tienen a su haber conocimientos que les heredaron sus abuelos.

Don Marcos, doña Dinorah, don Ricardo, doña Fela y don Enrique, son un claro ejemplo de ello. Por eso, la Dirección de Cultura del Ministerio de Cultura y Juventud (MCJ) los motivó a impartir una serie de talleres en distintas escuelas y colegios del país, con el fin de rescatar sus talentos.

Y así lo hicieron. Estos hombres y mujeres, además de otros cultores –o portadores de una tradición–, enseñaron a niños y a adolescente todo lo que saben hacer. También hubo quiénes deleitaron a los estudiantes con el arte de la pesca tradicional, la escultura en madera y piedra de río, o bien les mostraron los beneficios de la agricultura orgánica o les explicaron cómo construir a escala una casa tradicional talamanqueña. Los resultados de los “Talleres artísticos culturales con personas portadoras de tradición” se dieron a conocer el jueves en el Teatro La Aduana, donde los cultores compartieron sus habilidades con el público. Estos talleres forman parte del Progama Transversalidad Educativa del MCJ.

FOTOS

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Priscilla Mora

Marcos Oconitrillo González lleva cuatro décadas en el tradicional oficio de la cestería.

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Priscilla Mora

Don Marcos muestra cómo queda el fondo de un canasto.

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Priscilla Mora

Con los pies descalzos, Don Marcos sostiene las fibras mientras va “tejiendo” al fondo del canasto.

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Priscilla Mora

Don Marcos humedece primero varias tiras de bejuco y las coloca sobre el piso en forma de estrella.

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Mario Rojas

El picadillo de arracache “con cara” (especie de máscara) se cocina en horno de barro. A la tortilla de encima se le hacen unos agujeros para que el arracache “respire”.

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Los ‘caites’ son zapatos muy cómodos. “Es como andar descalzo”, afirma don Enrique Aguilar, quien aprendió a confeccionar este tipo de calzado desde que era muy joven y vivía en Nicaragua.

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Jorge Castillo

Don Ricardo González “inventó” su maromero durante su estancia en el hogar de ancianos de Palmar Sur. Ya ha vendido más de 300.

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Don Ricardo González “inventó” su maromero durante su estancia en el hogar de ancianos de Palmar Sur. Ya ha vendido más de 300.

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Doña Fela dio un taller en el Colegio Técnico Bilingüe La Cruz.

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VIDEOS

Doña Dinorah Navarro cuenta cómo se prepara el picado de arracache “con cara”. Vídeo de Román Castro Calvo

AUDIOS

Don Ricardo González explica cómo construyó su primer maromero.

Don Marcos Oconitrillo narra su herencia como canastero.

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