San José, Costa Rica. Domingo 19 de agosto, 2007.
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Foto Principal: 1693020
El queque para celebrar sus 75 años lo dice todo: Alemania y Costa Rica, sus dos amores. Familia Fábrega Proesch /Para LA NACIN
Remembranzas

Una sobreviviente

Lotty Proesch Kaupp vivió en Costa Rica durante la Segunda Guerra Mundial y sufrió en carne propia las consecuencias de la declaración de guerra a Alemania. Sus familiares recrean la historia de esta amante de la vida y apasionada de la justicia.

Antonella Sudasassi
proa@nacion.com

Después de que Costa Rica le declarara la guerra a Alemania, el 11 de diciembre de 1941, la alemana Lotty Proesch Kaupp se vio forzada a cambiar de identidad para permanecer junto a su esposo y sus cinco hijos. Y eso que llevaba más de dos décadas de vivir en Costa Rica.

En cuestión de semanas, tuvo que ocultar sus raíces, obligar a sus hijos a mentir e inventarse una vida paralela.

En aquella época, el gobierno despojaba de sus bienes a los alemanes y los mandaba a campos de concentración fuera del país, donde muchos fueron intercambiados por rehenes de guerra. Todo para congraciarse con la nueva y aclamada potencia: Estados Unidos de América.

Su niñez

Lita Lotty , como la recuerdan sus familiares, nació el 31 de marzo de 1911. Fue una mujer inteligente que nunca dejó de aprender.

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Un retrato del álbum. Lotty, con sus cinco hijos: Wenceslao, Hermann, Marlene, Rose Marie e Ilse. Familia Fábrega Proesch /Para LA NACIN

Su hija menor, Ilse Fábrega Proesch, nacida en 1939, describe a su madre como una gran emprendedora. Había llegado al país a los 8 años, con su padre, Ernst Proesch, quien trabajaría como ingeniero de vapor en el tren de San José. Durante varios años, se hospedaron en una finca en San Pedro de Poás, y luego en Turrialba.

“Mi madre viajaba sola, a caballo, desde los 13 años. Iba de la finca al pueblo a buscar la nómina para pagarle a los peones”.

Siempre llevaba un cigarro prendido para ahuyentar a los mosquitos y un gran sombrero bajo el cual se asomaba una gruesa trenza rubia. Pistola en mano y con pantalones de montar, debe de haber sido la primera mujer en usar pantalones, recuerda Ilse.

Cuando Lotty tenía 21 años, su madre murió de tifoidea y su padre decidió volver a Alemania, mas ella eligió quedarse aquí.

Contrajo matrimonio con un tico de origen panameño llamado Wenceslao Fábrega, a quien conoció en sus andanzas por las fincas de Turrialba. Él había estudiado mecánica de aviación y trabajaba como piloto para la Pan American World Airways,

Se asentaron en Santa Ana y tuvieron a sus cinco hijos (Wenceslao V., Hermann, Marlene, Rose Marie e Ilse).

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Un típico día en familia. Cuenta su hija que Lotty (izquierda) era tan emprendedora que hasta aprendió a cultivar abejas para hacer miel. Familia Fábrega Proesch /Para LA NACIN

Lotty ocupó el puesto de enfermera e Ilse recuerda su casa como “una clínica de emergencias en las mañanas, todos remojándose los pies en pilas de agua y pidiendo consejos”. Esto le ganó a su madre 63 ahijados, todos hijos de los vecinos. “Todo el mundo la quería”, cuenta Ilse.

“Claro, pero mi madre también era muy enojada. Tenía muy buenas ideas pero se las quería imponer a todos, característica muy alemana”, opinó su hija.

Lotty creó buena relación con los estadounidenses que volaban con su esposo y así aprendió a hablar inglés.

Durante la Guerra

La Segunda Guerra Mundial cambió mucho las cosas y Lotty debió soportar las consecuencias de que el gobierno tico le declarara la guerra a Alemania.

“Gracias a sus conexiones con muchos gringos”–como lo describe Ilse– no fue a los campos de concentración. Logró conseguir un pasaporte estadounidense falso y permanecer en Costa Rica con sus hijos. Los vecinos se quedaron callados porque la mayoría creía que era estadounidense”.

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Familia Fábrega Proesch /Para LA NACIN

La pareja obligó a sus hijos a mentir. Recuerda Ana Luisa Apéstegui, nieta de Lotty, que su abuela solía describirle el miedo que sentía en esa época.

“Tanto ella como su esposo, preguntaban a sus hijos: ‘¿Qué es su mamá?’ Y a coro contestaban que alemana. Esa respuesta les valía una cachetada. ‘Otra vez, ¿qué es su mamá?’, y los niños decían: ‘Estadounidense’. ‘Ahora sí, mejor’, añadían los padres ”.

Los niños aprendieron el inglés pues el idioma germano estaba prohibido en casa. Imposibilitada de comunicarse con su padre y su hermano, Lotty se pasaba oyendo la radio para averiguar de ellos.

El estilo de vida de la familia entera tuvo que cambiar. Dejaron de reunirse con amigos que sabían de su ascendencia alemana por miedo a ser descubiertos, como le ocurrió a muchos que sí fueron enviaron a los campos de concentración como prisioneros de guerra.

Pese al carácter de Lotty, su hija asegura que “tuvo una idea muy clara de la justicia, valor que siempre llevó a la práctica. Nos enseñó a no sentirnos más que nadie ni menos que nadie”, añade al tiempo que sostiene entre sus manos el recordatorio entregado con motivo de su muerte, en el 2002. Tenía 91 años.

La madre había escogido un poema del mexicano Amado Nervo para que se leyera en su funeral. La poesía termina así: “ Amé, fui amado, el sol acarició mi faz. ¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz! ”.

Lita Lotty sobrevivió a una guerra más grande que las que se pelean con armas. Tuvo que soportar la discriminación de un pueblo que la había acogido como suya, y de un momento a otro, le volvió la espalda”.





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