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El grano de oro en nuevas manos
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Años 50. “Por mi parecido con San Juan, lo representé en la proce-sión del Santo Entierro y en el vía crucis de la noche”.Maya Castro Maya Castro Chinchilla /Para LA NACIN |
Yo me acuerdo
En días santos... Inolvidable. Otros relatos de hechos nostálgicos, paseos y travesuras en la Semana Santa.
“Igual a Juan”
“Corrían los años 50 cuando, por mi parecido físico con la imagen de San Juan, me buscaron para personalizarlo en un altar en la procesión del ‘Santo Entierro’. Fue tan exitoso que me dejaron al vía crucis de las 9 p. m. Estaba tan emocionada que no le avisé a mi mamá y llegué a la casa a las 11 p. m. Quépescoceada me dieron”.
“Qué quemada”
“Tenía 11 años y una Semana Santa fui a visitar a mis abuelitos (qdDg) en Orotina. Jugando con mi herma-no Fabián, vi un palo lleno de jugosos marañones. Nos pusimos a apearlos, pero no me acordé de un espacio de tierra que no podíamos pisar porque nos hundíamos y quemábamos. Esto porque allí había funcionado una carbonera. Todavía recuerdo aquel Jueves Santo en que me hundí y quemé los pies, y tampoco pude ir a las procesiones de Orotina, que eran las mejores”.
“En Puriscal”
“A mis 9 años, nos gustaba pasar Semana Santa donde mis abuelos en Puriscal. Caminaba con mis tías de 2 a 3 horas a Barbacoas; allí asistiamos a las procesiones. Luego, nos comíamos un rico gallo envuelto en hojas de plátano a orillas de la iglesia, para después retornar a pie hasta barrio el Poró”.
“Esa canción...”
“En 1976, nos reunimos varios compañeros del Liceo de Heredia, para caminar de Heredia hasta San Joaquín a ver las procesiones. Un compañero me regaló, en un papel, la estrofa de una canciónSi las flores pudieran hablar. Hoy, 31 años después, conservo el viejo papel y estoy casada con el que me lo dio”.
“Monaguillo”
“Atesoro los recuerdos de las semanas santas que viví en mi pueblo de Tres Ríos, sobre todo las largas jornadas que, como monaguillo, me ofrecí a realizar durante diez años. Todavía a los 21 años, vestía con fervor la sotana color crema que mi madre lavaba, acicalaba y a veces remendaba para que yo colaborara en procesiones y oficios religiosos. Tampoco olvidaré los consejos y jaladas de orejas del querido padre Granja, párroco que por 17 años guió a la parroquia de La Virgen del Pilar”.
“Mil fotos”
“Fue allá por 1966, en Heredia. Tenía yo 15 años. En mi casa había una cámara fotográfica y yo me fui a una procesión del Viernes Santo y empecé a tomar fotos. Se me ocurrió fotografiar a las muchachas que desfilaban devotamente como ‘las Palabras’, ‘las Marías’, etc. A cada una le ‘tomaba’ cinco o hasta diez fotos. Hubo gente que me pidió hacer fotografías a los niños que iban de ángeles y a varios soldados romanos. Fue un vacilón porque la cámara no solo estaba descom-puesta (y yo bien lo sabía), sino que, además, no tenía rollo”.
“¡Qué susto!”
“En los años 40, Antonio, Felicia, Isabel y Mercedes salieron a jugar luego de que su mamá salió a la procesión del Santo Entierro. Tenían en la casa una jaba con una gallina clueca y decidieron hacer su propia procesión con cantos y llevando la jaba como si fuera el Santo Sepul-cro. Al oscurecer, en un altísimo ár-bol de mango, se encendió una luz brillante que despedía chisporrote-os. ¡Salieron huyendo todos!
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