San José, Costa Rica. Domingo 08 de abril, 2007.
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El grano de oro en nuevas manos

Reportajes

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Desde 1954,
los restos de Marisa descansan en el quiosco de la entonces Junta de Protección Social de Heredia. Arriba, un retrato de la niña cuando tenía tres años. Su hermana conserva la fotografía.
Francisco Angulo /Para LA NACIN
Leyendas

Marisa, la niña que llaman santa

Corta vida. Creció en la década de los 40 y murió hace más de medio siglo. Sin embargo, la devoción a María Isabel Acuña, mejor conocida en Heredia como “la niña Marisa”, sigue moviendo a decenas de personas a visitar su tumba para pedir su intercesión.

Francisco Angulo fraangza@racsa.co.cr

En un quiosco escondido al fondo del cementerio de Heredia, justo ahí donde descansa un Cristo negro, cabizbajo en su agonía, hay un nicho blanco envuelto por una serie de leyendas que encierran agradecimientos, peticiones y muchos creen que milagros.

En esa tumba, descansan los restos de María Isabel Acuña Arias, una joven a quienes fieles creyentes heredianos le atribuyen decenas de obras y, por ello, rezan frente a su lápida para que la niña llamada santa interceda ante el Creador.

Para muchos, “la niña Marisa”, como la conocían, es una intercesora ante Dios. Por eso, la gente llega a dejarle flores y, con lápiz o lapicero, anotan sobre la tumba sus peticiones y agradecimientos.

“Niña Marisa, te pido que me ayudes a ganar el bachillerato...”, “Niña Marisa, para que mi esposo deje de fumar...”, “Niña Marisa, te ruego que me ayudes a tener una mejor relación con mi mamá...” rezan algunas de las peticiones.

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/ LA NACIN

“Durante varios meses, estuve yendo al nicho. Veía que los peones sacaban carretillos cargados de flores, eran muchos. Todos los meses pintan el espacio y la gente sigue llegando a escribir sus peticiones”, dijo Hannia Ugalde, una herediana que analizó lo que ocurría en el cementerio.

Durante la década de 1940, Marisa vivió su infancia en el barrio Los Ángeles de Heredia. “De niña empezó a ayudarle a la gente. Ella era alguien especial, definitivamente”, sollozó su hermana María Elena.

Aunque nació en San José el 5 de marzo de 1941, sus padres se trasladaron a la ciudad de las flores, por razones de trabajo. Un tío de ella tenía una panadería al costado oeste del Mercado Central.

La labor caritativa de Marisa empezó cuando tenía unos 9 años. Un indigente de la zona a quien llamabanHediondillo pasaba al menos una vez por semana cerca de su casa. Entonces la niña lo llamaba, le daba un beso, un colón y un pedazo de pan.

Para la graduación de sexto grado, las niñas de la escuela Rafael Moya –donde cursó su primaria– acostumbraban a vestirse de blanco para recibir el diploma.

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Dentro
del quiosco, junto a su lápida, la gente le deja ofrendas en un cajón con su nombre.
Francisco Angulo /Para LA NACIN

“Mi papá le daba algunas monedas a lo largo del año para que las ahorrara y se comprara el vestido. Una vecina que era muy pobre no tenía plata para comprarlo y entonces Marisa dividió el dinero en partes iguales para comprar dos vestidos, uno para la niña y el otro, para ella”, recordó su hermana. Sin embargo, todas sus ayudas fueron en secreto.

Su enfermedad.La primera comunión fue un trago amargo en su vida. Su padre Rafael se había apartado del catolicismo y el día que ella recibió el sacramento de la eucaristía, él se marchó de la casa.

Eso caló hondo en ella y empezó a pedirle a Dios para que su papá regresara a la iglesia.

Cuando tenía 12 años, empezó a sufrir de fuertes dolores de cabeza.

“Eran tan fuertes que se agarraba de la cama y estiraba las piernas arrastrando los talones. Llegó a gastar y romper las medias”, relató José Alberto Gamboa, esposo de María Elena.

Los médicos le diagnosticaron una enfermedad cerebral, pero nunca brindaron mayores detalles a la familia. Aunque los dolores se hacían más fuertes, ella nunca tomó analgésicos ni medicamento alguno para apaciguarlos.

En una ocasión, un sacerdote salesiano llamado Ángel Menéndez la visitó en el centro policlínico de Heredia.

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/ LA NACIN

Ahí la conoció y, tras conversar con ella, y administrarle el sacramento de la confesión, se dio cuenta de que la niña tenía un carisma especial.

Marisa le reveló que no tomaba ningún fármaco para ofrecer su dolor a Dios a cambio de la conversión de su padre, que ocurrió semanas antes de que la niña falleciera.

En un diálogo con el religioso, Marisa –quien para entonces ya estaba en secundaria, en el colegio María Auxiliadora– le reveló que ella moriría el día 15 de agosto, y el sacerdote se lo comentó a sus padres.

Su papá regresó al catolicismo, se confesó con Menéndez e incluso comulgó con la niña. Para esos días, Marisa había perdido el sentido de la vista.

“Nunca le dijo a nadie que no veía. Nos dimos cuenta porque le llevaron una tarjeta y empezó a leerla, pero la tenía al revés; eso nos extrañó”, recordó María Elena.

Lo terminaron de confirmar cuando la llevaron al Alto de las Palomas y ella manifestó: “¡Qué lindo se ve todo desde aquí, los cafetales, el camino!…” ,y el día estaba tan nublado que no se apreciaba el paisaje.

El 15 de agosto de 1954, día de su muerte, fue muy conmovedor en Heredia. Cantidad de personas, sobre todo del barrio Los Ángeles, lloraban.

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Varias
de las peticiones que le hacen, sobre todo los estudiantes.
Francisco Angulo /Para LA NACIN

Y muchas de esas lágrimas siguen corriendo hoy en el cementerio.

Milagros.Después de su muerte, el fraile salesiano empezó a recabar milagros atribuidos a la intercesión de Marisa, la bonda-dosa muchachita que falleció a los 14 años.

En Heredia hubo todo un movimiento para promover su beatificación. Se hicieron estampas y medallas que se repartían en el parque central de la provincia.

Sin embargo, cuando fray Angel murió, todos los documentos recopilados se extraviaron.

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El día
de su Primera Comunión, su padre se marchó de la casa.
Francisco Angulo /Para LA NACIN

El sacerdote había incluido la descripción detallada de varios favores supuestamente hechos por su intercesión: el caso de un hombre en Colombia que se salvó de un impacto de bala en su corazón, el de una joven cubana que logró huir de su país cuando el régimen político limitó la migración, y el de un taxista nicaragüense que obtuvo empleo. Todos ellos vinieron al país a agradecer a Marisa por su generosa súplica ante Dios.

“Nosotros no podemos hacer nada para pedir su beatificación. Varias congregaciones tomaron la iniciativa, pero luego la dejaron. Es una cuestión de fe”, agregó Gamboa.

Aunque hace más de medio siglo de su partida, su carácter plácido, su espíritu de servicio y su desmedido deseo de colaboración para con los demás, hacen que su recuerdo perdure en la mente de los heredianos.

“Ella era muy bonita, de esas personas que atraen por su bondad. Tenía algo que la hacía una joven diferente a todas”, recuerda Eduardo Villalobos Yannarella, quien la conoció en su temprana adolescencia.

La tumba de Marisa

Se debate si sus restos deberían ser analizados

Una vezpasada la muerte de Marisa, el fraile salesiano Angel Menéndez y un grupo de heredianos buscaron un sitio ideal para colocar sus restos. Así, construyeron un mausoleo con un pequeño monumento en su honor, donado por la señora Graciela Morales y diseñado por el arquitecto Rafael Sequeira.Sin embargo, mientras se concluía el nuevo nicho, sus restos se colocaron en el quiosco de la Junta de Protección Social de Heredia, construido en 1939, y el traslado nunca se realizó.Lo curioso es que, desde 1954, los restos de “la niña santa” permanecen en el sitio sin pagar un solo impuesto municipal y, pese a ello, nunca han sido removidos. La Municipalidad de Heredia convocó a los familiares de Marisa para informarles de que, en los próximos días, el cuerpo de la niña será trasladado a un nicho nuevo, especialmente hecho para ella. Así lo confirmó Ángela Aguilar, jefa del departamento de rentas y cobranzas del ayuntamiento.No obstante, queda la duda: si efectivamente es una santa, y ninguna congregación ha dado seguimiento al proceso de beatificación, el cuerpo requiere de un tratamiento especial, según el derecho canónico.Se debería abrir su ataúd para verificar en qué estado se encuentra el cuerpo, si se ha mantenido o bien está la osamenta. Además, se debería garantizar mediante prueba genética que los restos efectivamente pertenecen a ella y que serán los mismos que se van a reubicar.Para el antropólogo Ricardo Martínez, el hecho que decenas de que muchas personas lleguen a firmar en el nicho de Marisa, luego de 52 años de fallecida, responde a la memoria histórica y oral del pueblo herediano.“Muchos no la conocieron, pero han escuchado hablar de ella y oyeron que ‘hace milagros’. Por eso, la gente viene a escribir sus peticiones al cementerio”, opinó Martínez.Según el especialista, también herediano, el nicho de Marisa siempre ha atraído a los jóvenes del cantón central, principalmente a los de primaria.





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