San José, Costa Rica. Domingo 08 de abril, 2007.
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El grano de oro en nuevas manos

Columnas

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Manuel Canales / LA NACIN

Extranjeros, apátridas y extraños…

Millones convierten cada frontera en un horizonte

Jaime Gamboa
proa@nacion.com

Cuando murió mi abuelo Jaime, hace 20 años, alguien tomó la palabra y dijo: “Hoy estamos enterrando a un nicoyano más”.

El título le llegó demasiado tarde a un hombre a quien todos llamabanEl polaco, apelativo justificado por su imperdible acento y por el hecho de que, en efecto, él había nacido en un pequeño pueblito de Bielorrusia, un minúsculoghetto llamado Linovo.

Pero esas palabras hicieron justicia a un “polaco” que había pasado 50 años de su vida curtiéndose al sol, entre boñigas y jaraguales, comiendo tortillonas con cuajada y sentándose a sufrir en abril, esperando la primera lluvia, como cualquier nicoyano hijo del campo.

Esas palabras fueron también un premio póstumo para alguien que portó el estigma de ser “extranjero” incluso antes de nacer.

Su diminuto pueblo, Linovo, quedaba en una franja de tierra constantemente asolada por los ejércitos del Zar o del Káiser, o por los recaudadores de la Gran Polonia. Las guerras y los pactos hacían cambiar el mapa cada primavera, razón por la que a mi abuelo le tocó nacer ruso, crecer alemán y emigrar como polaco.

Pero una cosa no cambiaba: para los tres países, él y su familia no eran ciudadanos, eran solo judíos, gente sin patria, destinada a no echar raíces. Habían habitado allí por generaciones, pero no podían poseer legalmente tierras ni empresas. Para los judíos pobres, como ellos, eso significaba que en los tiempos duros no tenían qué comer.

Fueron razones de más para que, a los 14 años, Jaime decidiera dejar Linovo, atravesar el océano y convertirse en un nuevo tipo de extranjero: el aventurero, capaz de internarse en el Amazonas, sufrir el aire sin aire de los Andes o ganarse el pan al frente de una yunta de bueyes, errando por los polvazales del Guanacaste de los años 30.

Esa historia personal lo llevó luego a convertir su casa en un refugio para cuanto extranjero, apátrida y extraño llegara a tocar su puerta.

Al final don Jaime, que siempre se consoló proclamándose “ciudadano del mundo”, tuvo la enorme y rara suerte de morir siendo nicoyano, por aclamación. No ha sido tan buena la suerte de otros millones de migrantes, desplazados por hambrunas, guerras o malos gobiernos, en Palestina, Vietnam o Nicaragua.

Millones que, como mi abuelo, siguen convirtiendo cada mapa en un itinerario, cada potrero en un camino, cada frontera en un horizonte y cada tierra lejana en un hogar, su hogar, más allá del odio y la xenofobia, más allá de la marginación y del oprobio de ser, incluso en su propio país, “personas de segunda clase”.





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