San José, Costa Rica. Domingo 24 de septiembre, 2006.
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Tragedia del Virilla 1926

Reportajes

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Rosivi
Vargas, de solo cinco días de nacida, es atendida por el doctor Fajardo en Upala.
Mario Rojas/LA NACIN
Sociedad

Memorias de médicos rurales

Nunca habían escuchado hablar de Corralillo de Nicoya, Sepecue de Talamanca o Bijagua de Upala, pero tuvieron que trasladar su vida allí por un año, en solo un par de semanas. Ni la universidad ni el hospital, los preparó para lo que debían enfrentar.

Andrea Vásquez R. avasquez@nacion.com

La escena salida de los bucólicos cuentos de médicos de Anton Chéjov se tropicaliza. A la par de los vestidores de la cancha de la comunidad, se yergue una pequeña construcción con cuyas verjas se ha ensañado la brisa marina, herrumbrándolas. Un grupo de gente, sobre todo de mujeres y niños, soporta paciente la espera y el calor.

Los “buenos días” son animosos y reincidentes. Allí en Sardinal, nadie evita el contacto visual ni rehuye a las conversaciones. De eso se dio cuenta María Rosa (la “doctora Aguilera”, como la conocen en el pueblo) en cuanto llegó.

Ella –quien se mudó de Curridabat al área de Chomes, Puntarenas para realizar el servicio social desde febrero pasado– sabe que los lugareños ven el saludo directo y la conversación fácil, como signos infalibles de buena educación.

–“Si uno no es hablantín creen que uno es serio o amargado”, dice, buscando la empatía de quien sabe que en las ciudades el desdén ya no ofende.

En enero, una rifa la hizo acreedora de uno de los pocos espacios para hacer servicio social. El número 92 de su ficha, le hizo saber que podría trabajar un año con la Caja Costarricense de Seguro Social (CC.SS.), pero que al ser un número alto, implicaría estar lejos de casa, posiblemente en una zona rural.

Cada año, se rifan unas dos centenas de plazas de servicio social, una en enero y otra en agosto, y solo dos semanas después, estos novatos tendrán que enfrentarse con ser los médicos del lugar.

En décadas pasadas, todos los estudiantes tenían la posibilidad y el deber de realizar el servicio, sin embargo, los cupos se han esfumado desde la década de 1980, entre otras razones, porque las promociones de médicos han crecido (Ver En vías de extinción).

Según Rodrigo Bartels Rodríguez, asistente de la Dirección General de Gestión Regional de la Caja Costarricense del Seguro Social (CCSS), el 90 por ciento de las plazas de servicio social se asignan en áreas rurales.

–“¿Dónde es Chomes?”, preguntó apurada María Rosa. Sabía que tendría que escoger un lugar para desempeñarse como médico por todo un año, en solo minutos.

–“Por Miramar”, le responde el más ubicado de sus perdidos compañeros.

Para Erick Sánchez, dueño de la ficha 116 en el 2004, la experiencia –un poco inverosímil– de que el azar decida el futuro fue similar: “Cuando iban por la ficha 15 ya se habían acabado los espacios en el Gran Área Metropolitana (GAM), cuando iban por la 25, ya no había lugar en Guanacaste, y para cuando yo llegué solo habían espacios en Upala y Limón”.

Erick no conocía Upala, tampoco conocía el significado de la palabra “vasca”, ni lo que era conducir 700 kilómetros por semana. Estaba a punto de enterarse. (Ver Mucho espacio para estar solo)

Recién llegados. Un curso de una semana en el Colegio de Médicos les da una inducción sobre temas como los derechos de los pacientes, el control interno del EBAIS, los recursos humanos, sus deberes como médicos, la atención integral, entre otros.

Los retos de llevar una vida independiente, el adaptarse a las costumbres del pueblo y el enfrentar la soledad que supone el estar lejos de casa, tendrán que enfrentarlo a punta de prueba y error.

A Cindy Muñiz Monge le correspondió realizar el servicio en Sepecue de Talamanca el año pasado. Para llegar al EBAIS tenía que soportar cinco horas de viaje desde San José, otro recorrido de una hora en bus, 20 minutos en bote y, de nuevo, 30 minutos más en autobús.

El lugar contaba con una “casa” para que el doctor y su equipo pudieran vivir o pasar la noche, en caso de que el río Telire se llenara.

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ocupada.
María Rosa atiende de 7 a.m. a 4 p.m. la consulta. Sin embargo, en toda ocasión –esté o no trabajando– los pacientes la abordan.
mario rojas/LA NACIN

–“Póngale comillas a la palabra casa”, solicita sonriendo. –“Huy.. es que en ese lugar”, continúa, “tenía que dormir cubierta completamente, prefería cocinarme a destaparme, porque los murciélagos volaban como si fueran mosquitos y los cerdos hacían tanto ruido rascándose contra las paredes que no dejaban dromir” (Ver Parto a media luz).

Kristian Fajardo Gutiérrez, también prefirió mudarse de Aguas Claras a Upala centro por otro tipo de visitantes nocturnos.

En medio de la noche, los vecinos llegaban porque tenían tos o necesitaban una radiografía: “Yo les explicaba que no tenía con qué atenderlos, que todo lo necesario estaba en el EBAIS, pero ellos no parecían entender que yo tenía horas laborales y que esas no eran”.

Para Pablo Goyenaga Castro, los retos de las primeras semanas en Corralillo de Nicoya fueron distintos. Los teléfonos de sus profesores universitarios no dejaron de sonar. Pablo tenía algunas dudas al respecto a su trabajo, qué recetar, qué dosis, cada cuánto, será mucho, será poco, será bueno; más por inexperiencia que por desconocimiento (Ver Introvertido en el tope).

En el caso de María Rosa, lo primero que extrañó su afición deportiva al llegar a Chomes era un gimnasio. Decidió, entonces, comenzar a correr. En Chomes, la mayoría de personas no acostumbra hacer ejercicio, según cuenta esta médico; tanto, que en una ocasión, al verla correr, algún vecino solidario le ofreció un aventón porque se veía “muy apurada”.

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Mario rojas/LA NACIN

Figura pública. “Usted es aquí una figura pública”, sentenció un vecino de Aguas Claras a Kristian Fajardo. Kristian, inadvertido de su nuevo estatus, no entendió a qué se refería hasta que escuchó chismes dignos de tabloide farandulero, sobre sí mismo.

–“Decían que yo metía a una mujer distinta en mi casa cada noche”, cuenta acongojado, “¡Pero si yo ni tengo…!”, se detiene y un gesto de incomprensión y angustia parece terminarle la frase. Una cerveza en la boca de Kristian, al otro día se convierte en una borrachera en la lengua de la gente, según él mismo cuenta.

“Si vas a misa se fijan hasta si comulgás; si salís con un amigo ya cuestionan tu preferencia sexual…”, se queja Jorge Mario Rojas, médico que decidió prolongar su estancia en Upala, luego de hacer su servicio social en la comunidad de Las Delicias.

Algunos de los médicos además de ser enviados de un lugar rural, deben visitar comunidades cercanas. Así, María Rosa, aunque estaba en Chomes, visitaba Pitaya, Sardinal, Aranjuez y Chapernal. En cada uno de esos lugares la manera de relacionarse con los pacientes es distinta, comenzando por el lenguaje, donde la intuición y el sentido pueden jugar una mala pasada de cuando en cuando.

–“Me ‘ jinca’, es como decir me duele”, explica Erick sobre la jerga de Upala.

–¿Entonces, ‘ jincar’ es sinónimo de doler?

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debido
a la concurrida consulta María desayunó solo un chocolate.
Mario Rojas/LA NACIN

–“Más o menos”, no se convence, “porque a veces yo les preguntaba a los pacientes, ‘¿Siente como un dolor?’ y me respondían ‘¡No, no! es como un jinconazo’”.

“Vasca” para vómito o “pupusear” para diarrea, como muchos otros localismos, se han convertido en parte del léxico habitual de estos jóvenes.

María Rosa –después de ocho meses de servicio social– reconoce muchas de las costumbres, como la piedra rojinegra que prenden en pecho de los bebés para tratar de evitar el “mal de ojo”, y ya no se sorprende cuando alguna mamá justifica la diarrea de su hijo con el hecho de que un borracho los haya mirado.

Aunque son jóvenes (la mayoría ronda entre los 24 y los 27 años), no sienten que los vecinos vean con recelo su trabajo debido a su edad, pero el hecho de ser hombre o mujer sí ha resultado crucial.

El argumento, casi dogmático, de que tener pudor con el médico es irracional, aún no ha permedo a parte de los lugareños. Es común por ejemplo que los hombres tengan que hacer cambios con sus colegas de los EBAIS cercanos para que ellas efectúen las campañas de papanicolau u otros exámenes ginecológicos.

“Yo les he dicho que nosotros no estudiamos para ‘samuelearlas’, sino para cuidar su salud”, dice Kristian, cuyas prédicas parecen haber tenido efectos positivos, según comenta.

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enérgica.
María Rosa es vehemente cuando explica la indicaciones
Mario Rojas/LA NACIN

Hacer el tacto rectal, es el dolor de cabeza de María Rosa. Cuando quiere descartar algún problema en la próstata debe practicarlo y algunos se niegan rotundamente: “Aunque otros, sí se dejan. Me dicen, ‘bueno usted es la doctora’”.

Así como saben sus reticencias y sus dichos, los doctores también conocen profundamente sus carencias. La angustia de María Rosa lo retrata: “A veces no sé cómo decirle a alguien que tenga una dieta balanceada, si el dinero apenas le alcanza para el arroz y los frijoles”.

Consejeros espirituales, psicólogos, líderes comunitarios y a veces hasta policías; ser médico de pueblo tiene que ver con profesiones y habilidades que no se relacionan con las interminables clases de anatomía o el examen psicosométrico que hicieron para ser admitidos a la carrera.

Cindy lo supo cuando tuvo que convencer a un padre de familia que había raptado a su hijo de que lo devolviera a su casa materna y cuando con determinación tuvo que sacar del EBAIS a quien se excedía bebiendo chicha y llegaba a su consulta.

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Cindy Muñiz/ParaLA NACIN

En Chomes, una familia completa llegó a buscar la ayuda de María Rosa. Cuando ella les preguntó que cuál era la emergencia, ellos respondieron que se sentían mal porque su padre había muerto: “No todos los problemas se resuelven en 10 minutos, para mí no estoy siendo más que una médico, porque veo mi quehacer desde una perspectiva integral. Si alguien quiere llorar en la consulta, que lo haga por el tiempo que quiera”.

Nuevos comensales. Cada uno retuerce la cara cuando se le pregunta sobre la vida social.

Sin embargo, a pesar de tener menos opciones, Erick confiesa saberse todas las canciones ochenteras de karaoke, producto de su estancia en la Zona Norte, Cindy se reunía con las amigas en Talamanca y Pablo iba a las lunadas nicoyanas donde mataban una gallina criolla para después prepararla.

Quién ya hizo el servicio social recuerda que, con la suma de días en el calendario, la balanza también parecía sumar kilos de más. Todos (excepto la atlética María Rosa) se quejaron de que la comida era especialmente grasosa, algunas hasta la abundancia, como el caso del “frito” que comía Erick, un estofado de vísceras de cerdo.

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Rebeca Arias/ParaLA NACIN

Kristian parece un vendedor de cuajadas (un tipo de requesón), alimento que ha probado gracias a sus generosos pacientes de Aguas Claras. Por largos minutos nos describe su textura, su sabor, las maneras de combinarlo (“¡Sabe riquísimo con pan dulce!”) y hasta nos invita a probarlo, pero se muestra más renuente a promocionar la carne de guatusa (un tipo de roedor) o el tepezcuintle.

Todos hablan de su época de servicio social con un dejo de nostalgia. Coinciden en que lo que más extrañan (o extrañarán, en el caso de quienes lo realizan en este momento) es la gente, que a pesar de sus necesidades nunca escatimaron recursos para hacer sentir bienvenido al “doctorcito”: vegetales, animales, huevos y dulces son parte de las ofrendas.

Hasta Kristian, deja por un momento su picardía y dice: “Algunos son pacientes difíciles, pero todos son magníficas personas”.

Se nota una simbiosis especial entre el médico y la comunidad, cuyo mérito es de ambas partes. El médico que batalla cuando en ocasiones carece de ambulancia, equipo, electricidad o capacitación en un lugar adverso y empobrecido.

Y de las comunidades, que encargan confiadas su salud, cuentan sus secretos, exponen su intimidad y acogen al médico como un invitado de honor.

Introvertido en el tope

Las fiestas patronales son visita inneludible

Varios minutos tardó Pablo Goyenaga Castro en explicar dónde estaba Corralillo de Nicoya. Si es difícil ubicar a esta localidad mentalmente, lo es aún más, en efecto, llegar a ella. Que lo diga este médico de 27 años que en más de un par de ocasiones debió dejar el carro en media carretera y volver al día siguiente a sacarlo con un chapulín.Su ficha (la número 27) le hubiera permitido quedarse cerca de su casa en Moravia. Sin embargo, prefirió vivir “la aventura” del servicio social con todo su esplendor y con todas sus implicaciones. Atender a una población de 4.500 personas en un lugar era solo parte de ese reto que implicaba, para comenzar, mantenerse económicamente. Hubo, en efecto, tropiezos como que el EBAIS que coordinaba no contaba con ambulancia; no obstante, él mismo hacía traslados cuando no había un vecino disponible que pudiera hacerlo; es más, lo hacía en su carro particular.A Pablo el servicio social le cambió la vida, dice que de tímido y callado pasó a social y “entrador”. Este médico, inclusive, se convirtió en un líder comunitario al cooperar con asuntos del pueblo, participar en reuniones y ser el representante de la localidad en diversas mociones.La timidez fue cosa del pasado, comenzando por el tope local en el que participó con el caballo que sus pacientes le habían conseguido. Ante su argumento de que solo se presentaría si pudiera conseguir una bestia –con la esperanza de escaparse del evento– los vecinos le consiguieron caballo hasta para sus amigos. Con base en su propia experiencia, cree que todos los médicos deberían realizar el servicio, más que para poner en práctica sus conocimientos, para potenciar sus habilidades humanas.

Sin ambulancia

Parto a la luz de las velas

No tenía ambulancia, ni electricidad, pero Cindy Muñiz Monge lo cuenta con tal naturalidad que uno se imagina que ningún altercado ocurrió jamás. Al contrario, Cindy cuenta múltiples eventualidades, como la noche en que el río se desbordó y a las 6 de la tarde llegó una mujer parturienta a su consulta. Encendió la planta eléctrica a la que casi había que darle cuerda para que funcionara. Hora y media después, dejó de funcionar y la mujer aún no había dado a luz. En el EBAIS contaban con un panel solar, pero había llovido con fuerza y apenas logró encender una lámpara. “Le dije a la enfermera que por favor me trajera candelas, mientras le pedía a Dios que bendijera mis manos”, recuerda ya aliviada de que todo saliera bien.Aunque disfrutó plenamente de su año de servicio (efectuado en el 2005), algunas situaciones culturales le parecían incomprensibles. Por ejemplo, la poligamia sororal, es decir, el hecho de en Secuepe fuera común que un hombre tuviera como esposas a dos hermanas. Cuando tuvo que combatir la corriente del río, cuando debió despedir de la consulta a hombres ebrios y cuando los cerdos y los murciélagos no la dejaban dormir, pensaba que había gente “que pagaría por vivir esas aventuras”, en un intento de extremo optimismo.“Allí aprendí que cada persona se merece la mejor de la atenciones, sea quien sea, venga de donde venga”, dice mientras muestra satisfecha las fotografías que retratan aquella experiencia.

Hotel de casa

Mucho espacio para sí

Erick Mora estuvo dos meses en un hotel. Alquilar una casa solo para él le parecía excesivo, no sabía ni qué hacer con tanto espacio. Al final, encontró un apartamento y, con menos que administrar, se hospedó en él.De febrero del 2004 hasta enero del 2005, la ficha 116 lo llevó a Bijagua de Upala: “Al principio pensé que no iba a aguantar”. Recuerda entre quejas el cansancio de manejar 700 kilómetros semanales para trasladarse de Upala centro a Bijagua a diario y movilizarse los fines de semana a su casa en San Pablo de Heredia para ver a su novia y a su familia. Sin embargo, lo que primero parecía dar solo molestias, pronto mostró su lado positivo: “Con la gente sencilla es más fácil vincularse, se establece muy rápidamente una relación de confianza”.Durante el servicio social, aunque existían menos posibilidades para recrearse, Erick aprendió ha disfrutar los nuevos espacios: “Uno nada más se sentaba en el parque o en una soda a hacer nada, y se divertía”.Pero la lección más valiosa que le dio el servicio social y que ahora aplica como residente de ginecología en el Hospital San Juan de Dios, fue el ponerlo “en el lugar de la gente que viene desde lejos a recibir atención médica”. Erick quiere repetir en un futuro la experiencia de ser el médico de un pueblo como el que dejó para poder continuar su carrera profesional. Al enterarse de que nos iríamos a Upala a entrevistar a otro médico, emocionado nos encargó repartir saludos para la gente de los EBAIS.

En vías de extinción

Pocos cupos para el servicio

El servicio social nace en la década de 1940. Su fin ha sido llevar servicios médicos a zonas de bajos índices socieconómicos y de salud. Por ley, es un requisito para poder ejercer la profesión en Costa Rica.Sin embargo, desde principios de la década de 1980, la cantidad de cupos para realizar el servicio social ha sido inferior al número de recién graduados. En esos casos, quien participe en la rifa de plazas y no obtenga ninguna de ellas, puede ejercer su profesión.Con la creación de los Equipos Básicos de Atención Integral en Salud (EBAIS) en 1994, una buena parte de las plazas de zonas alejadas han sido asignadas a médicos permanentes. Por otro lado, tanto la CCSS, como las comunidades, han procurado prolongar la estancia de los médicos en el puesto, lo que ha desembocado en una disminución de la cantidad de cupos destinados a hacer el servicio.En la rifa realizada en enero de este año, solo se disponía de 34 plazas que más de 150 médicos disputaron. Todos estos factores apuntan a la inevitable desaparición del servicio social, según explicó Rodrigo Bartels Rodríguez, asistente de la Dirección General de Gestión Regional de la CCSS.Los médicos parecen ser los grandes perdedores, por no contar ya con una oportunidad para trabajar por un año –cuando existe un desempleo creciente entre estos profesionales– pero sobre todo, por las grandes lecciones que da una comunidad al ajuar humano de los médicos.





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