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Reportajes
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| Alfredo Huerta/ ParaLA NACIN |
Sociedad
Escuelas ‘ticaragüenses’ Desarraigadosde su tierra, lejos de su familia y víctimas del choteo. Así viven en Costa Rica al menos 35.386 niños nicaragüenses. Los pequeños inmigrantes intentan acoplarse a sus nuevas escuelas, sin dejar de añorar las propias que dejaron atrás.
Carolina Ruiz Vega proa@nacion.com“¿Y cómo no voy a estar triste? ¿Cómo no me va a hacer falta mi familia, mis amigos, si estoy viviendo en un país que no conozco con gente con la que nunca había vivido?”
Era miércoles 7 de junio. La Escuela República de Nicaragua acababa de abrir sus puertas a los alumnos de la tarde. Jason Álvarez, nicaragüense de 9 años y vecino de Cristo Rey desde hace apenas 3 meses siguió narrando su historia: “sí, me siento triste porque me hacen falta mi hermanita y mi abuelita pero me gusta vivir aquí porque estoy con mi mamá”.
Jason es uno de los 35.386 niños nicaragüenses que viven con al menos un familiar en Costa Rica pero que, como muchos otros, se sienten arrancados de su tierra y su familia.
Sin recibir un adecuado proceso de inducción y a pesar de los choteos por parte de sus compañeros, los pequeños inmigrantes intentan acoplarse a sus nuevas escuelas, sin dejar de añorar las propias que dejaron atrás, donde quedó también la posibilidad de aprender la historia, geografía y cultura de su país natal.
El desarraigo y la nostalgia es la tónica presente en las vidas de estos niños, según reveló un estudio de la Universidad de Costa Rica (UCR) titulado La percepción y vivencia de la identidad étnica en ambientes educativos. El caso de niños y niñas nicaragüenses que viven en Costa Rica, de diciembre del 2005.
“Extaño a mi familia” Para la coordinadora del Área de Psicología Educativa de la Universidad de Costa Rica (UCR), Rocío Barquero, “el desarraigo presente en la niñez nicaragüense responde a la falta de sus vínculos afectivos”.
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Bryan Roberto Velásquez (en primer plano) es uno de los pequeños inmigrantes de la escuela República de Nicaragua. Alfredo Huerta/ ParaLA NACIN |
Y es que, pasar de vivir en familias numerosas, en las que abuelos, tíos y primos conviven en una sola casa, a vivir solo con papá y/o mamá, es un cambio drástico al que se enfrentan muchos niños nicaragüenses que migran a Costa Rica.
También es común que la mamá deje a sus hijos en Nicaragua y venga a Costa Rica a trabajar por varios años.
Según el psicólogo del equipo de atención integral de la Escuela República de Nicaragua, Johnny Espinoza, en el tiempo en que la madre no está con los niños, ellos crecen con otra figura.
“Cuando la verdadera mamá los manda a traer, vienen aquí y se topan con una madre que no es la figura materna con la que crecieron, inclusive a veces encuentran con que ella ya tiene otra pareja y otros hijos”.
Esta situación es tan difícil para el niño como para la mamá. Para el primero porque no ve en esa mujer a su madre y para la segunda, porque no ve a un niño sino al bebé que dejó años atrás.
“En ese tipo de situaciones la mamá no sabe poner límites y pueden ocurrir dos cosas: se vuelve súper-permisiva o híper-agresiva… Ninguna de esas alternativas es buena en la crianza de ningún niño, mucho menos en comunidades urbano marginales, donde viven la mayoría de nicaragüenses”, explicó Espinoza.
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“Me gustaría aprender más de Nicaragua”, dice Elton John Rivera. Alfredo Huerta/ ParaLA NACIN |
“Mi tierra” La familia no es lo único que extrañan los niños pues, como la mayoría vive en barrios urbano marginales, también dicen añorar las zonas verdes que rodeaban sus casas.
“El paisaje de Nicaragua no se le compara a nada. Si hubiera podido escoger dónde vivir nunca me hubiera venido”, aseguró Roberto Velásquez, nicaragüense de 11 años y vecino de Barrio Los Ángeles desde hace tres.
“Pero es como raro porque sí me hace falta mi familia y mi tierra, pero estoy alegre de estar aquí”, comentó Maribel Ramos nicaragüense de 12 años y vecina de Cristo Rey.
La psicóloga Barquero considera que el sentir de Maribel es común en la mayoría de los inmigrantes. “Ellos dicen estar felices de vivir en Costa Rica pues visualizan a este país como un lugar donde hay más trabajo, mejor educación, más comida y más juguetes pero eso no hace que extrañen menos de donde vienen”.
En su opinión, para disminuir el desarraigo que esta población siente sería necesario que en las escuelas con gran cantidad de niños nicaragüenses se desarrollen programas educativos que incluyan aspectos históricos, culturales, geográficos y políticos de su país de origen.
“Me gustaría que enseñaran más cosas de Nicaragua. Yo me vine hace cuatro años y ya se me están olvidando las cosas de mi país”, dijo Elton Rivera, nicaragüense de 12 años y quien vive en Cristo Rey.
Algunos podrían alegar que incluir esos temas entorpecería el proceso de formación de los ticos. Sin embargo, para el antropólogo social Fernando Mojica, “ese argumento es inválido porque en la variedad está la riqueza y más conocimientos permitiría más diálogo”.
“Aquí aprendo más” En definitiva los niños nicaragüenses y sus padres, que estudiaron en Nicaragua, coinciden en que la educación costarricense es mejor.
El problema de la disparidad de los programas educativos de ambos países es que los niños que interrumpen su ciclo lectivo en Nicaragua y lo retoman aquí dominan menos materia que la que deberían para el grado en el que matriculan.
Vilma Fonseca, profesora de primaria de la Escuela República de Nicaragua, en donde el 40 por ciento de los niños matriculados son nicaragüenses, asegura que las disparidades académicas se manifiestan sobre todo en Español y Matemática.
Cuando la diferencia es poca, programas de recuperación son suficientes para nivelar los conocimientos de estos niños.
En los casos en los que hay un rezago mayor, se les hace una prueba según el Reglamento de Evaluación de los Aprendizajes de la Conducta y se les ubica en un grado correspondiente con el conocimiento que poseen.
Sin bienvenida. La interrupción del ciclo lectivo también se debe a que estos niños no reciben un adecuado proceso de inducción cuando retoman las clases en nuevas escuelas.
“Un niño que cambia de escuela debe ajustarse a demandas del docente, del currículo, del grupo de compañeros, y en el caso de los nicaragüenses, de una nueva sociedad. Nada de eso ha contemplado el Ministerio de Educación Pública (MEP)”, afirmó la investigadora Rocío Barquero.
Fernando Mojica, en su investigación La migración nicaragüense hacia Costa Rica y su impacto en la sociedad costarricense, manifiesta que es común que los niños nicaragüenses no experimenten una única ruptura del proceso educativo.
“La búsqueda de mejores posibilidades de trabajo de sus padres y madres provoca que niñas, niños y adolescentes nicaragüenses se trasladen de una escuela a otra”.
Ejemplo de ello es Roberto. En los tres años que lleva viviendo aquí ha cambiado de escuela tres veces. “Ya mejor ni hago amigos ¿para qué, si ahorita me voy”.
Mojica sostiene que es necesario fortalecer las acciones en el Estado costarricense para conseguir el acceso, permanencia y aprobación de la población nicaragüense en la educación regular tica.
Al respecto, Leonardo Garnier, Ministro de Educación, aseguró que durante su gestión no se sentirá conforme con “dar acceso” sino que hará capacitaciones para facilitar el proceso de integración social.
Y es que es un hecho: la tasa de matrícula de niños nicaragüenses en escuelas ticas continúa creciendo pero los programas educativos se mantienen igual. Dentro de poco no bastarán iniciativas aisladas por fomentar la tolerancia, sino esfuerzos conjuntos por parte del Estado y de una sociedad que se vuelve cada día más ticaragüense.
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“No me diga paisa”
Los niños sufren por el choteo
Las actitudes de intolerancia, choteo, manejo de estereotipos relacionados con la nacionalidad, entre otros, son parte de los problemas que se viven en las aulas donde hay niños nicaragüenses. “No es común que se burlen del físico o de las costumbres o cosas así. Tampoco es común que los niños nieguen ser nicas. Lo que sí es común es que los chicos que llegan dejan el acento y empiezan a hablar como ticos para que no los molesten”, explicó Espinoza.“Lo curioso es que cuando dejan de hablar como paisas, como ellos dicen, se burlan de los nicaragüenses que sí mantienen el acento. Uno los oye diciéndoles paisa y no se acuerdan de cuando otros se lo decían a ellos”.Según Fonseca, cada maestro es quien tiene la responsabilidad de eliminar esas conductas xenófobas. “Yo les digo que uno tiene que sentirse orgulloso del país que vengan, vivan donde vivan. Lo mismo premio, ayudo o regaño a un tica que a un nica. No tengo preferencias con ellos y si hay algo que no permito es el choteo”, recalcó.Para Mojica resulta necesario, sobre todo en escuelas con alta matrícula de nicaragüenses, incorporar enfoques de multiculturalidad en la práctica pedagógica.En este sentido, la Escuela República Nicaragua realiza un buen esfuerzo al implementar el Proyecto Valores para Vivir para reforzar actitudes de tolerancia, respeto, etc.
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