La Tragedia del Virilla
Dr. Rafael Jiménez, historiador y escritor
Por estar con sus padres en San José, Philip Grimes obtuvo permiso para dormir con sus amigos en la finca de los López.
Desde la madrugada, los compañeros no pararon de reír y temprano salieron a caminar bajo los árboles. Cada uno pensó en el amanecer con distintas sensaciones. Uno vio una doncella en el horizonte y otro quiso saltar de nube en nube. Mario agachó la cabeza por la luz y Philip sintió una fealdad a su alrededor. ¡Qué lejos estaba de suponer que los fosos abiertos por el sol en el firmamento se llenarían dentro de poco!
Después del desayuno, los jóvenes se marcharon a bañarse al río y descendieron sesenta metros agarrados del zacate y prendidos de la prudencia. Philip se detenía de vez en cuando, no para tomar aliento ni ver el paisaje, sino por una molestia que le impedía respirar.
El embalse al que llegaron lucía candoroso, y en pocos minutos los zapatos quedaron sobre las piedras y la ropa se humedeció con los saltos constantes de los nudistas. Al nadar y consumirse, Philip se engañó con una clarividencia de ferrocarriles y se le ocurrieron tonterías que rechazó para no entristecerse.
Cuando los amigos rabiaban por la precisión de los rayos solares, oyeron que el pito de una locomotora burlaba la tranquilidad del ambiente. Como una calesa, aquel sonido se fue abriendo pestillos y atravesando potreros. El conjunto de jóvenes se aprestó a ver pasar el tren por el puente de metal arriba de ellos. Idéntico entusiasmo sentían más de mil personas en el expreso.
Los excursionistas de los tres coches de segunda no se diferenciaban en su alegría y bullicio de los de primera; igualmente abarrotados. Sólo los vestidos de domingo hacían la diferencia entre ambos grupos de provincianos.
Un humo blanco acompañaba a la máquina de vapor, al ténder y a los seis vagones de pasajeros. Por conocer de ferrocarriles, Philip reconoció el pitazo para entrar a un puente y notó la locomotora a toda velocidad. Aun para él resultaba poco común vivir el paso de un tren desde un precipicio, e intuyó que el carbonero debía trabajar a brazo pleno para llevar ese ritmo. Conmovido por el estrépito de la chiquillada imaginó que un sonajero cruzaría en lo alto.
-De seguro viene una cuesta y después una curva -se dijo al oír dos silbatos.
No tuvo tiempo de meditar más. Un chirrido extraño se escuchó al terminar el último coche de atravesar el puente.
-¿Qué pasó? –le preguntaron a Philip.
-Probablemente se descarrilló un carro… o varios.
El sonido de la locomotora al perderse los iba a hacer olvidar el asunto, cuando de repente se oyó una gritería. Todo fue tan rápido que –como en una película en retroceso- vieron tres coches desprendidos corriendo sin control hacia atrás. El primero saltó sobre los rieles de la curva y chocó contra los férreos bastiones, quedando atrapado verticalmente, como un balancín, entre los hierros de aquella pasarela metálica. Entretanto, los otros dos vagones se abalanzaron al abismo mientras las techumbres y carrocerías se desprendían y una caja de pólvora estallaba en uno de ellos.
Para los espectadores desnudos no hubo aviso, nadie los previno que en aquel escenario verían una escaramuza salvaje y criminal. Todos gritaron, pero sus gritos no fueron comparables a los de las familias enteras que caían ante su vista saltando por el aire.
¿Cómo se vistieron? ¿Por dónde comenzaron a correr? Nunca lo supieron. Lo único que recordarían ver cómo del carro vertical en el flanco del puente se desprendía un aullido humano detrás de otro. Al faltarles apoyo, al agotárseles las fuerzas, no tuvieron más opción que desgranarse ante el llamado de la gravedad, de la gravedad de lo acontecido.
Mientras los adolescentes volaban sobre las piedras, el agua se enrojeció y los cuatro amigos lloraron. Por haber oído sobre accidentes ferroviarios, Philip fue el que más triste se puso. Su cuerpo le temblaba y, al notar el agua teñida y ver en ella trozos de seres humanos, casi pierde el sentido. En poco tiempo comenzó a desfilar un torrente de pedazos y ninguno pudo continuar avanzando ante aquella macabra corriente. Sin embargo, al entender que muchos los necesitaban, continuaron la carrera llegando de primeros.
Aquel fracaso en el porvenir de tantas personas producía náuseas, pensándose que tal vez todo pudiese ser mentira. Terriblemente era verdad. Los racimos humanos, atravesados por hierros y partidos por la guadaña hicieron suponer a los jóvenes lo que es a una guerra, donde los rostros quedan para siempre sin facciones.
Un boyero cerca de la vía, el único campesino que apreció el accidente del lado opuesto a la catástrofe, salió como una ráfaga hasta Santo Domingo; sin resuello interrumpió el sermón. En medio de su llanto pudo contar con dificultad lo ocurrido. Nadie tuvo duda de lo que debía hacer. El cura bajó del púlpito y los feligreses se solidarizaron de inmediato. Los ricos y humildes, pero sobre todo las mujeres, fueron a proteger vidas y a aquietar moribundos, mientras los sacerdotes imponían la Extremaunción y los médicos evaluaban los casos más graves.
Cada parroquiano llevó medicinas y bebidas sin tener idea de lo que encontrarían. Cuatrocientas personas habían caído al cañón y se observaban desperdigadas en las copas de los árboles o alfombrando la aridez de los peñones. Esas imágenes oscurecían la vista de los improvisados enfermeros, de los policía y de los militares, haciéndolos creer que un rayo lanzado desde un campanario ruin llegó a la dirección supuestamente equivocada.
Con el desconsuelo de una ciudad a punto de morir, la capital se desplazó hacia el lugar con sus carros, camiones, trenes y coches de alquiler, convertidos todos en ambulancias. El Hospital San Juan de Dios se transformó en un nosocomio de campaña lleno de heridos, curiosos y familiares preguntando por sus parientes. Imposible saber los nombres ni deducir el número de víctimas porque no podían armarse los rompecabezas de cadáveres. Alguien habló de trescientos ochenta muertos pero la cifra no importaba.
Al igual que el resto de la población, Philip y sus amigos se convirtieron en héroes. Durante todo el día sacaron heridos de aquel tajo, espantaron aves de rapiña, persiguieron ladrones y taparon muertos con hojas de plátano. Grimes escuchó los cometarios: los culpables son los del ferrocarril porque los enganches estaban viejos o descompuestos…, el tren llevaba exceso de pasajeros…, hay que linchar al maquinista y al conductor…, no habrá dinero para que la Northern indemnice a los parientes de las víctimas…
Cuando llegó agotado a su casa, Philip se puso a llorar con su madre, y al no encontrar a Wilfred sintió miedo por la furia que la gente tenía contra los empleados ferroviarios.
-Dicen que van arruinarnos.
-Philip, no se preocupe por su padre. Nadie es culpable y tal vez todos lo somos. No se puede decir por qué ocurren las desgracias. Recemos, es lo único que podemos hacer.
-No quiero hacerme ingeniero, quiero estudiar medicina para evitar tanta muerte.
Al irse a dormir y quitarse el pantalón lleno de sangre, del ruedo cayeron migajas de hueso y de carne, guardadas ahí para su historia personal.
A pesar de que la colonia española quiso perpetuar la tragedia con un monumento en el sitio del suceso, no se aceptó, y las generaciones futuras olvidarían dónde y cómo fueron los hechos. El accidente ferroviario con más muertos en el mundo durante cincuenta años, quedaría únicamente en los cuentos de los que vivieron el duelo nacional de tres días. En las ediciones posteriores, la prensa nacional ensalzó el heroísmo de los domingueños y dijo:
“Esos campesinos puros fueron los primeros en auxiliar a los compatriotas heridos y merecen el respeto de todo el país. Su acción debe ser emulada por los que piensan que la humanidad es mala y por aquellos que han olvidado que los seres humanos somos lo mejor de la creación.
Exquisitos, solidarios y estoicos, esos hombres y mujeres, con sus mecates de cabuya, tinajas con agua y licor, cafeteras y botiquines, pero sobre todo con su trabajo inagotable y la voluntad destellando en cada aliento, lograron rescatar decenas de heridos, que puestos en las manos de los abnegados médicos les devolvieron la salud cuando se pudo.”
Por supuesto, nadie habló jamás de los muchachos anónimos, protagonistas en letra minúscula del salvamento, que sostuvieron manos, calmaron espíritus y llevaron –primero que nadie- estandartes de inocencia, luz y consuelo, a un gran número de romeros que no pudieron llegar hasta el santuario de Cartago aquel agónico domingo de marzo de mil novecientos veintiséis.
Rafael Jiménez
Tomado de la novela Un siglo de veinte siglos.
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