San José, Costa Rica. Domingo 12 de marzo, 2006.
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/LA NACIÓN

Tinta fresca: La despedida de Beethoven

¿Qué hacer cuando llega la hora de guardar la batuta?

fduran@nacion.com

Una leyenda pretende que el 7 de mayo de 1824 Beethoven dirigió, en Viena, el estreno de su Novena Sinfonía, y que cuando esta concluyó, el genio de Bonn, totalmente sordo, no se dio cuenta y continuó agitando la batuta frente a músicos y cantantes.

Una versión tan ligera de los hechos ignora que en aquella ocasión el director de la orquesta fue un músico llamado Michael Umlauf, aunque sí es cierto que al lado de él se hallaba el compositor "tomando parte en la dirección del conjunto", como lo consignaba el programa del concierto.

Lo que, en el teatro abarrotado, no escuchó Beethoven desde su profunda sordera, fue la reacción del público: para permitirle "ver" los aplausos, una de las cantantes debió acercársele y voltearlo con gentileza hacia la concurrencia.

Lo menos que se nos podría ocurrir sería adoptar una actitud conmiserativa con respecto a un creador cuya inmortalidad es indudable, pero debemos admitir que una escena semejante habría hecho llorar de emoción hasta al más insensible de los humanos.

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Augusto Ramírez/LA NACIÓN

Por otra parte, la idea de que el gran compositor no se hubiera percatado de que la ejecución del movimiento final de su sinfonía coral había concluido, despierta tal sensación de tierno y profundo patetismo que nos hace preferir, a la realidad, la mentira de la leyenda.

Y después de eso, ¿cómo no asociar esa idea sublime con otra, rabiosamente cómica y patéticamente real, la de un estadista cualquiera que, al final de su mal gobierno, cuando ya no se espera de él más que un ansiado y discreto mutis, continúa implorando aplausos imposibles mientras agita su flácida batuta política frente a músicos y corifeos que ya "ni le dan pelota"?

Por cierto, se lee en una de las biografías de Beethoven que en 1741, cuando sus abuelos, los Bettenhoven, emigraron desde Holanda a Alemania, el príncipe elector cuya sede era la ciudad de Colonia residía de hecho en la cercana Bonn porque, como resultado de una revuelta popular acontecida en el siglo XIII, dicho príncipe no podía permanecer en "la capital" más de tres días seguidos.

¿Cómo no pensar que algún país centroamericano pudo haberse salvado de cosas terribles si hubiera modificado a tiempo la constitución política para que el presidente tuviera que residir en el extranjero cuatro de cada siete días?

Como se ve, la fórmula funcionó bien en Colonia desde el siglo XIII hasta 1806, año en que Bonaparte disolvió el Sacro Imperio germano para aplicarle a cada una de sus partes una especie de TLC forzoso.





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