San José, Costa Rica. Domingo 09 de julio, 2006.
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Reportajes

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/LA NACIÓN
Internacional

Berlín, siempre mundial

En esta ciudad confluyen una historia, arquitectura y riqueza multicultural que la hacen única.

Si alguien le dice que el futbol es el deporte nacional en Alemania, no lo crea. Le están metiendo un gol. En Berlín, donde se juega hoy la final del mundial, los más practicados son otros bien distintos: el arte de la barbacoa en cualquier lugar en cuanto asoma un tímido rayo de sol (grillen lo llaman); el del despelote (freikörperkultur es el término), unido o no a lo anterior, y el de observar a los otros sin que parezca que observas, como que ni existieran, para poder así hacer luego lo que a uno le venga en gana sin preguntar, juzgar o pedir cuentas, y que a uno no le pregunten, juzguen o pidan cuentas.

Es decir, hacer y dejar hacer. Esa es la esencia de la cuestión berlinesa.

No es que aquí no importe el fútbol y en las otras 11 sedes del mundial sí. No. Pero el berlinés auténtico nunca renunciará a su forma de vida ni aunque hasta el periódico más izquierdista (Taz, la voz de la escena alternativa) le haya dedicado al balompié un suplemento de 112 páginas que ha titulado Esto es amor.

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LA MAJESTUOSA
estación Hauptbahnhof, recién inaugurada. Es la más grande de Europa.
AFP/LA NACIÓN

Veamos la estadística básica de la ciudad. Un total de 3.390.444 habitantes, un 50 por ciento de hogares monoparentales, 79.567 camas hoteleras, 16.570 euros por persona de deuda (está arruinada), 5.900 hectáreas de agua (lagos, canales o ríos), 4.500 artistas, 2.498 imbiss (puestos de salchichas), 979 puentes, 421 canciones sobre ella misma, 182 embajadas, 47 teatros, 41 piscinas, casi un 20 por ciento de extranjeros (mayoría turca) en algunas zonas, 12 distritos, 4 prisiones, 3 aeropuertos, 2 torres de televisión.

La mayor responsabilidad sobre ese tipismo la tiene la historia del siglo XX, que se encaprichó sin remedio de esta ciudad situada entre el este y el oeste del norte de Europa y la sometió a toda clase de vaivenes sociales y políticos. La convirtió en única.

A esto hay que añadir además la impronta del berlinés auténtico (el que asegura haberlo vivido todo, todo), concepto que define a un ser independiente, abierto, tolerante y crítico que siempre esconde un artista en su interior; amante de la cerveza, las salchichas al curry y el donner kebah; charlatán, activo, bien preparado, depresivo cíclico, prusiano a su pesar, desaliñado en el vestir y sibarita en el vivir.

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El MAGNÍFICO
teatro berlinés Schauspielhaus, durante un acto en honor a la Unión Europea.
AP/LA NACIÓN

Un estilo de ciudadano que marca los hábitos de la metrópoli: gusta del paseo, la bici, el chapuzón, la carpintería casera y el movimiento prolentitud de vida; trabaja lo imprescindible y consume lo justo, y, si es posible, en un segunda mano o un "bioladen" (tienda de productos ecológicos); protesta con fruición (especialmente contra el presidente George W. Bush, los neonazis y durante el Primero de Mayo), y al momento toma un avión con destino a Mallorca.

Llena teatros, óperas y galerías, de día; clubes de cualquier tendencia, género o estilo musical, hasta el amanecer (con esa luz tamizada, tan berlinesa), y los mercadillos tras el brunch, los domingos.

Lo apuntó ya el escritor Theodor Fontane en el siglo XIX con mucha visión de futuro: "Ante Dios, todos los seres humanos somos berlineses". Y lo somos: en ella está representada la humanidad entera.

La infraestructura actual es impresionante. Circulamos por el túnel de la Hauptbahnhof, la nueva estación central, que transcurre bajo el barrio gubernamental y desemboca en la Potsdamer Platz, esa impresionante amalgama de rascacielos, restaurantes y lujosos centros comerciales.

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ACÁ TODO
tiene "connotación" de evento mundial: el maratón de Berlín, con 36.000 participantes.
AP/LA NACIÓN

La estación es la más grande de Europa. Donde antes existía una vieja estación de ladrillo luce un complejo de 85.000 toneladas de acero y mucho cristal, construido en 13 años por el arquitecto Meinhard von Gerkan no sin disgustos, porque él quería hacerla aún más espectacular.

La superestación se suma a las muchas edificaciones levantadas en Berlín en los 90. Donde antes había descampados de frontera se alzan rascacielos, donde se caían las fachadas hay avenidas de moda.

Pero la capital alemana también está llena de rincones que se convierten en símbolo. Rezuman historia. Para apreciar esta sensación, se pueden seguir algunas recomendaciones.

Una de las más populares es seguir el rastro de los 150 kilómetros del famoso muro de Berlín en bicicleta, en patines o andando. Cuesta creer que todo ese paisaje grandioso estuviera 28 años separado.

También se puede visitar la llamada Gleis 17 en la estación de cercanías de Grunewald, desde donde enviaban a los judíos hacia los campos de exterminio. Uno de los monumentos más impactantes y desconocidos sobre las víctimas del nazismo. Los datos grabados sobre las vías indican día, lugar de origen y de destino (Theresienstadt, Auschwitz.), y número de viajeros.

O bien, recorrer la avenida del Kudamm, con sus tiendas de marca, sus cafés, las fachadas de sus casas señoriales; es el Oeste más burgués, rico y ostentoso. Un Berlín de ayer y de hoy. Luego subirse al metro y aparecer en Marzahn, barrio del Este: decenas de bloques inmensos idénticos, casas colmena modelo socialista y puestos de salchichas en los cruces de las calles.

Si quiere sentirse como un berlinés, puede sentarse en uno de los muchos cafés en cualquier esquina de Kreuzberg, Prenzlauer Berg o Mitte y dedicarse a mirar durante una mañana entera. O quizá quiera programar una visita a un club cada noche, necesitará más de cien.

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Un bar
en playa artificial justo frente a lo que fue el tenebroso Muro de Berlín. Eso es Berlín hoy.
AP/LA NACIÓN

Puede visitar algunas ciudades vecinas como Potsdam o Köpenick y algunos de sus lagos. Súmese a uno de los recorridos en barco desde el Nikolassee. Allí se ven las hermosas villas construidas a la orilla del agua. Mucho de la guerra se decidió allí.

La historia. ¡Uf! ¿A quién le importa ahora, con jugadores e hinchas por todos lados y los graffitis de Nike con los colores de la selección brasileña y el lema "Joga bonito"?. Pero sí, sí importa. Y además es irrefutable porque incluso muchos edificios ultramodernos, verdaderos emblemas mundiales, echaron sus raíces décadas atrás.

Como la construcción de la torre de la televisión de Berlín Este, erigida en 1969 en la Alexanderplatz. Su silueta destaca más hoy porque Telekom, otro patrocinador, la ha transformado en balón de fútbol rosa. Con 368 metros de altura tiene un café giratorio en lo alto que aún conserva su estilo retro. Las vistas, espectaculares, lo han convertido en uno de los edificios más visitados. En un día claro se puede abarcar el todo Berlín: un paisaje sembrado de edificios, el verde claro de los parques cercanos y el más oscuro de los lejanos bosques; hasta Brandeburgo y el azul de los lagos parecen marcar el horizonte. Las colas para ascender son de horas, igual que ocurre con la cúpula del Reichstag.

Pero volvamos a la historia.

Hasta finales de mayo se ha celebrado la IV Bienal Berlinesa de Arte Contemporáneo. Sus escenarios son una sola calle de Mitte: Auguststrasse. Se pueden ver obras en patios y galerías, en la antigua escuela judía de niñas, en una iglesia, en pisos privados y hasta en un contenedor metálico instalado en el número 52.

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PARA NO OLVIDAR:
las cruces recuerdan a algunos caídos en su intento por saltar el Muro.
Archivo/LA NACIÓN

Dos bailarines se mueven lento, se besan suave, se tocan, se tumban una y otra vez uno sobre otro, se incorporan, y giran y giran mientras los visitantes deambulan alrededor de ellos, en una coreografía de círculos y gestos infinitos en un espacio de espejos empañados con la pátina del tiempo, cristales avejentados, estucos, zócalos. Aquí están las huellas del Berlín de principios de otro siglo, aquel que se disolvió entre guerra, odio, dolor y mucho amor al arte, a la música; mucho fanatismo.

Vivió Berlín entonces el esplendor artístico de los años veinte, el horror del nazismo en los treinta, el exterminio de los judíos, los bombardeos de castigo, el suicidio de Hitler. Sufrió la agonía de la derrota tras 1945, la partición de su territorio entre rusos y aliados -"para mí, el Este; para ustedes, el Oeste"-, el furor dictatorial de comunismo, la aparición del muro: calles, familias y vidas rotas durante tres décadas en ese permanente estado de susto que fue la guerra fría. Cientos de muertos por intentar saltar la valla. Miles de víctimas por secuelas. También es estadística. Lo que nunca se tabuló quizá debidamente es el peso de la culpa por esos 12 años de dominio nazi y los 60 millones de muertos en todo el mundo.

Nadie se ha olvidado. Pero han pasado seis décadas. Es otra generación. No hay país que haya hablado y hable tanto de sí. Que se analice y obsesione. "Miremos hacia adelante, hacia los retos del futuro", se lee en un especial del diario Spiegel titulado Los alemanes. "Hagamos vacaciones de nosotros mismos", recomienda el semanario Die Zeit ante la celebración del mundial. Por primera vez tras la reunificación, ha crecido la ilusión conjunta, se ha hecho nacional.

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La famosa
puerta de Brandemburgo.
Archivo/LA NACIÓN

El muro se derrumbó hecho añicos en 1989, y la RDA y la República Federal de Alemania (RFA) se hicieron país completo y desigual. La reunificación apresurada en 1990 dejó agujeros físicos, económicos y psicológicos que aún no se han cerrado. Zanjas en el paisaje y en el hombre. Los alemanes descubrieron, tras la euforia inicial, el abatimiento en forma de crisis, de cinco millones de desempleados, de crecimiento económico congelado. Aún hoy, Alemania son dos países distintos, dos percepciones que han resumido bien los periodistas Angela Elis y Michael Jürgs en su libro Typisch ossi, typisch wessi (ossis son los del Este, y wessis, los del Oeste): "Tenéis miedo de la libertad, ossis", "Tenéis miedo de la unidad, wessis". Pero Berlín, una vez más, sigue ahí, siempre en medio. Con sus infinitos mundos múltiples.





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