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| Manuel Canales/LA NACIÓN |
Tinta fresca: Visita nocturna Oculto en un arcón, el Diablo sonreía, sonreía.
Fernando Durán A. proa@nacion.comSe aparecieron, junto al lecho del rey, dos arcángeles, uno blanco y el otro negro. El rey creyó estar soñando y, sin mostrar temor o sorpresa, se apoyó en los codos y blasfemó a boca de jarro:
-¿Qué diablos quieren ustedes?
Los visitantes corearon un delicado parpadeo. "Además de insomnio, alucinaciones", pensó el rey, pero enseguida sintió -no oyó- la rectificación del arcángel blanco: "No sueñas, tampoco alucinas".
-¡Carajo -blasfemó de nuevo el rey con voz alterada-, me están leyendo la mente!
"Preferimos comunicarnos por telepatía, pero si te hace sentirte mejor podemos hacer vibrar el aire y hablar como los mortales".
-Sí, sí, prefiero hablar, que vibre el aire, rogó el rey. Le pasó por la mente la idea de que tal vez había muerto después de acostarse, pero el ángel blanco le aclaró acústicamente:
-No estás muerto.
El rey comprendió que, de toda forma, los ángeles siempre estarían practicando la telepatía, y en ese instante descubrió que él mismo telepatizaba con ellos, pues de otro modo ¿cómo se había dado cuenta de que eran, uno noruego y el otro senegalés?
-Ahora bien, señores arcángeles.
-Nos llamamos Abdiel y Lucifer -aclaró uno de ellos sin indicar cuál era cuál- tutéanos, no más, tutéanos.
El rey iba a abrir la boca para decir que Lucifer no existe, pero no le dieron tiempo:
"Su Majestad, Lucifer existe aunque el Vaticano haya decretado que no hay infierno", telepatizaron al unísono.
-¡Cómo que decretado! -saltó de la cama el rey-. Si el Vaticano nos dijo alguna vez que el infierno no existe, es porque Dios nunca lo creó.
-No es tan sencillo -intervino el ángel blanco-, si no hubiera existido, ¿cómo es que la Iglesia lleva casi dos mil años reclutando adeptos, más por el temor al infierno que por el amor a Jesucristo?
-Okay, Abdiel y Lucifer, ¿quiere decir que todo lo que el Vaticano decreta el cielo lo cumple al pie de la letra?
-No nos estás entendiendo -sentenció el negro-: lo que el Vaticano decreta, el cielo lo hace regir exclusivamente para los católicos.
El rey sintió vértigos. El blanco le explicó que para los creyentes de otras religiones, en cuyos mitos, tradiciones y doctrinas sigue figurando el infierno, todo sigue siendo igual. El negro agitaba el aire aleteando su asentimiento. El rey pensó, entonces, que nunca se dejaría convertir para no alejarse de una religión tan cómoda, en la que no hay infierno y no hace falta saber si Lucifer es noruego o es senegalés.
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