San José, Costa Rica. Domingo 22 de enero, 2006.
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/LA NACIÓN

Yo me acuerdo... Los viejos paseos en tren a Puntarenas

El paisaje, los sonidos y las comidas

"¡Qué recuerdos!"

"Cómo no recordar cuando papá te llevaba a la estación del Pacífico a las 5:20 a. m. para comprar los tiquetes. Observar las locomotoras a escala expuestas en el salón de espera con ganas de jugar con ellas. Se abren los portones negros de rombos y la gente aborda los coches. Cómo no recordar el silbido del tren abriéndose camino por Belén, Orotina, Mata de Limón... Olor a torta de huevo, gallos de gallina, helados, refrescos... Y el conductor con su tic-tic para picar los tiquetes".

El muy añorado paseo

"Mis tres hermanas y yo esperábamos con entusiasmo el inicio de diciembre pues teníamos el paseo a Puntarenas. Salíamos tempranito en taxi hacia la estación, y todo el camino el tren sonaba tracatac, tracatac y se movía mucho. Aún recuerdo el sabor de los gallos de papa con pollo -amarillos del achiote-; las cajetas, huevos duros, empanadas, caimitos y marañones. La otra emoción esperada era divisar el mar... '¡Ya llegamos, huele a mar!'".

"Todo un jolgorio"

"Agarrábamos el tren de las 8 a. m. y el zig-zag del vagón hacía todo difícil: ¡hasta ir al baño de hueco del tren! Cómo olvidar los gallos de gallina y de papa con un vaso de Milory, o el susto de pasar el puente del río Grande en Atenas, o las guerras de semillas en el túnel en Caldera. Todo un jolgorio y aventura de cuatro horas".

Esteban Pacheco

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Más testimonios

Como no recordar cuando Papá te llevaba a la estación del Pacífico a la 5:20 am para comprar lo tiquetes para el Tren, medios o enteros preguntaba siempre el vendedor.

Observar con detalles las locomotoras a escala expuestas en el salón de espera con ganas de tomarlas y jugar con ellas.

Se abren los portones negros de rombos e inmediatamente las personas abordan los coches, los más cercanos a la máquina para ver los movimientos del maquinista y los brequeros claro está.

Como no recordar el silbido del tren abriendo espacio por las calles y las estaciones( Belén, Orotina, Mata Limón y Puntarenas).

Olor a torta de huevo, gallos de Gallina, helados, refrescos y más.

El sonido del Sr. conductor con su tick- tick para picar los tiquetes. Que recuerdos. Alvaro Artavia Amador, San José.

Claro que recuerdo un viaje a Puntarenas que hicimos para que mis dos hermanas menores conocieran lo que era viajar en tren; y sinceramente me traumó por muchos años. De regreso el tren se quedó varado antes de entrar al puente Barranca, era tan tarde de la noche (8 p.m.) , mi mamá y otros padres se fueron a buscar como devolvernos a San José, pero ya no había servicio de buses. Entonces esperamos a que llegara otra máquina y nos remolcara a Caldera y de ahí, nos cambiaron de tren, la cuestión fué que fuímos llegando a la Estación del Pacífico a eso de las 5:00 a.m. del día siguiente (lunes) fué horrible para nosotros dormir en el tren y turnarnos para ello, porque había que vigilar, ya que uno no sabía con quien viajaba, además recuerdo que debía ir a la escuela ese día.

Pasaron muchos años, antes de subirme nuevamente a un tren.

Y lo pensaría muchisímo en volver a hacer ese viaje! Gracias! Julieta Mudarra Castro, San Pedro, Montes de Oca.

Cómo poder olvidar cuando niño aquellos momentos cuando íbamos en familia a Puntarenas y el tren hacía una corta parada en la estación de Orotina, comunidad que me vio nacer. Durante esa parada veía los "alborotos" y no me refiero precisamente a algún desorden en particular, sino a aquellas deliciosas bolas de maíz (*) que estaban dulcemente cubiertas de miel de tapa de dulce y que se paseaban por los pasillos de cada vagón del tren.

(*)Referencia: se elaboraban con el maicillo de guinea que lamentablemente ya no se consigue en Costa Rica, sólo en Nicaragua y es el mismo que se utiliza para hacer el pinolillo.

Mientras mi tata me complacía con un alboroto; por las ventanas del tren era nuevamente tentado cuando asomaban aquellas cajas de madera de guácimo repletas de caimitos y marañones que, con sus colores y aroma, hacía la "boca agua" a más de uno sin olvidar los manguitos celes acompañados de un puñito de sal en la mano.

Y si me daba hambre, pues no había problema porque unos kilómetros más atrás, propiamente en la estación de Atenas, sabía que se habían montado varias señoras cargando enormes palanganas de aluminio y otras enlozadas que, aún sin haber llegado a mi vagón, ya podía atormentar aún más mi insaciable estómago con aquellos olores a gallina "achiotada", huevos duros, tamal de elote, mis favoritas tortas de masa con carne, tortas de papa con tortilla y si seguía escarbando aún más bajo las hojas de plátano que tapaban y conservaban el calor de los gallos, seguiría pidiendo y pidiendo otras delicias bien calientitas.

Pobre mi tata, cuántas angustias y congojas le ocasioné con aquella frase de niño que decía, ….Pacito, cómpreme una gallito…, Pacito, cómpreme aquello, Pacito, cómpreme esto… y gracias a Dios que hoy lo tengo con vida para decirle gracias, porque con esto me enseñó a valorar y apreciar hoy nuestras tradiciones y costumbres tan características y particulares en cada viaje en tren que hacíamos hasta el Puerto.

Si nos daba sed y el vendedor de refrescos que cargaba en su balde con hielo las inconfundibles colas, zarzas, orange crush y otras bebidas frías no aparecía, podíamos comprar, a través de la ventana, unos deliciosos refrescos de horchata fría, cargadita de maní que lo servían en aquellos vasos de "casco", tal y como se le conocían, que dicho sea de paso, estaban marcados o identificados en el fondo y por fuera con pintura de color con las iniciales o un número de su dueño, de manera que antes de que el tren continuara su recorrido, entre todos los vendedores los recogían para ser devueltos a sus dueños para lavarlos en la gran y redonda pileta ubicada dentro de la estación en Orotina, a la espera del próximo tren cargado de sedientos y ansiosos pasajeros.

El paso por el túnel de Cambalache era lo más esperado por nosotros los chiquillos de aquella época y ni qué decir de los adultos cuando aprovechaban la oscuridad total para robarle un beso a su pareja.

Para sellar con broche de oro aquellas inolvidables horas en tren, celebrábamos el momento cuando el tren pasaba por la Angostura, donde el olor del mar que, junto a la cálida brisa y el romper de las olas y los barcos en el antiguo muelle de madera, anunciaban el inicio de todo un día lleno grandes momentos y recuerdos, en especial cuando nuestras madres extendían sobre la playa aquellos manteles a cuadros, ojalá cerca de un tronco seco y bajo la sombra de un almendro o palmera, para disfrutar de un almuerzo muy a la tica, donde no podía faltar el tradicional huevo duro, frijolitos recién molidos, ensaladas, tortillas, algunas tortas de carne, un pichelito enlozado con el fresco de tamarindo o marañón, el termito con el café endulzado de mi tata y el aguadulce de mi amada madre.

Cómo poder olvidar cuando niño aquellos añorados y nostálgicos viajes en tren al Puerto. Gracias a Dios que me dio la dicha y la oportunidad de vivirlos en carne propia y a mis tatas por inculcar en mí ese sentimiento y cultura tan tica.

Gracias a todas estas experiencias vividas durante mi infancia, fue que se me ocurrió iniciar una memorable aventura turística con el ya tradicional Paseo en Tren a la Tica, donde muchos han podido revivir aquellos viejos tiempos y compartirlos hoy por hoy con las nuevas generaciones.

Juan Paniagua

Cuando éramos pequeñas mis tres hermanas y yo esperábamos con mucho entusiasmo los inicios del mes de diciembre pues todos los años teníamos el paseo a Puntarenas.

Salíamos bien tempranito en taxi, con todas las maletas, hacia la estación del tren, ahí comenzaba nuestro tan esperado paseo, el tren sonaba--- tracatac, tracatac, tracatac--- todo el camino y se movía mucho, llegar a cada parada era lindísimo puess todos lo pueblerinos salían a vender toda clase de comidas y frutas, recuerdo como sabían los gallos de papa con pollo, amarillos del achiote, las cajetas, las semillas de marañón, el huevo duro, las empanadas, las frutas como el caimito y los marañones.

La otra emoción esperada era divisar el mar, ¡ya llegamos! ¡huele a mar!, nos hospedábamos siempre en cabinas muy bonitas y cómodas, donde pasábamos varios días, despertarse oyendo el mar, disfrutar la playa, las piscinas, las visitas al centro, al mercado, el paseo de los turistas, el muelle.

El momento de regresar era también esperado, volver al tren, a los pueblos,

buscábamos qué productos comprar para llevar a la casa.

Este tiempo de recreación era planeado por mis padres, con mucho esfuerzo, porque no éramos pudientes, pero fue bueno, se hizo lo mejor que se pudo y dejó un buen sabor. Mayra Solís Jiménez, Desamparados, San José.

Nuestros viajes a Puntarenas en tren iniciaban a eso de las 4 de la mañana cuando saliamos con mis abuelos de su casa al llegar a la estacion eran aproximadamente las 6, tomabamos asiento mi hermana y yo cada una en una ventana para poder observar el paisaje, al escuchar el silbato del tren la emocion era indescriptible iniciaba nuestro esperado viaje; luego de un rato de andar mi abuela sacaba de su canasta "gallitos" mientras nosotras no despegabamos nuestros ojos de la ventana, ver los rios, poblados y sobre toda la vegetacion era algo impresionate. Al llegar a Puntarenas disfrutabamos del día en la playa y a las tres montabamos el tren para regresar. Aunque mi abuelo ya falleció al escuchar el silbato del tren pasar por San Pedro me lleno de nostalgia lo recuerdo a él y ese inolvidable paseo. Paula Fonseca S., Cartago, Verano del 55.

Mi papá tiene un Studebaker pero la carretera a Puntarenas tiene muchas vueltas y mi mamá se marea si tenemos que ir detrás de algún camión porque echan mucho humo. Mis hermanos no se marean pero a mí me duele mucho el estómago y mi papá siempre tiene que estar parando porque quiero vomitar. Por eso, ahora, venimos en tren.

Se vino con nosotros la mamá de mi papá a la que le decimos nona pero papá le dice mamá. Ella no se marea en carro pero le gusta más andar en tren y le gusta mucho, como a mí, comer de todo lo que venden las señoras que se suben cada vez que para el tren. Mamá no prueba nunca nada porque siempre ha sido muy asquerosa.

En un lugar que se llama Orotina hace mucho calor y el tren dura más que en otros lugares: ¡No sé por qué!

El señor que le hace huequitos de corazones a los tiquetes conoce a nona y a mi mamá. Estuvo hablando con ellas de futbol mientras el tren estaba parado. También les contó que el hijo se está haciendo doctor. A mí me preguntó que en qué grado estaba y yo le dije que soy muy chiquito y que hasta este año voy a entrar al kinder.

Cuando lleguemos a Puntarenas mi papá y mis hermanos nos van a estar esperando en la estación. Ellos se vinieron en carro.

Vamos a pasar unos días en un hotel que es adonde venimos siempre. Desde el hotel se ve el mar y tiene una pila de natación.

Después, seguro, volvemos todos a Cartago en carro... pero de noche para que no nos mariemos, ni mi mamá, ni yo. Juan Antonio La Fuente

¿Cómo olvidar esos vacilones en el tren? Esos paseos familiares que iniciaban con levantarse temprano para agarrar el tren de las 8 a.m., en los que el zigzag del vagón hacía todo difícil: hasta ir al baño de hueco del tren! Mucho menos olvidar los famosísimos gallos de gallina y de picadillo de papa con un vaso de "Milory", o el susto de pasar el puente del río Grande en Atenas o las guerras de semillas en el túnel en Caldera, incluyendo las rápidas ventas de fruta en Orotina o Mata Limón. En fin, todo un jolgorio y aventura de 4 horas que siempre recuerdo al ver ahora el tren. Lic. Esteban Pacheco M.

Nosotros todos los años haciamos un paseo a Puntarenas o Mata De Limon , normalmente nos ibamos en el tren de las 3 delamadrugada . un sabado pasamos por Orotina y el tren paraba como 10 minutos , mi papá y mi padrino siemprese bajaban a tomar unos traguillos ahi y una vez el tren arrancosin sonar el pito y ellos tuvieron que pegar carrera y colarse del famoso cabus nosotros estamos niños y empezamos allorar porque creimos que los habiandejado botados nos calmamos cuandolos vimos , pero eso fue comentario para todo el resto del viaje porque nuestras mamas los regañaron por bajarse a tomar el dichoso traguillo . Que buenos recuerdos de esa epoca esto fue en el año de 1964. Maria Del Carmen Chacon M. San Jose.

"Recuerdo que en los años 60, mis primas y yo anhelábamos que llegara el verano para relizar el maravilloso viaje en tren a Puntarenas. El sonido de su pito y el vaivén de sus carros eran inconfundibles; el solo escucharlo nos llenaba de emoción y también a los transeúntes que lo miraban pasar. Nos gustaba comer en él pues subían señoras muy alegres, con sus delantales blancos, vendiendo comida como pollo, huevos duros, refrescos y cajetos. Todo era una delicia. En Orotina, unos se bajaban, y otros nos ofrecían semillas de marañón, caimitos, mangos y marañones en su cajita de pino. Hoy, al observar las fotos del ayer lejano, nos llenamos de recuerdos. Quizá muy pronto lo tengamos de nuevo hasta Puntarenas". Patricia Sagot Leytón, Heredia.

¡Por supuesto que me acuerdo de los viajes en tren a Puntarenas!!

Mis papás nos llevaban a mi hermana menor y a mí en tren a Puntarenas en las vacaciones de medio año. Era toda una aventura, ya que para nosotras era como si fuéramos a otro país... desde el momento en que se abordaba el tren, todo un abanico de sorpresas nos esperaba durante el camino... el paisaje, los puentes, los túneles, los vendedores de comida en las paradas... y sobre todo, esa experiencia difícil de explicar que significaba el ver la imnensidad del mar que junto a la línea del tren, nos recibía saludándonos con sus olas...

De regreso al atardecer el tren de 6 era el que nos traía de vuelta a casa.... de noche... oscuro, constante, taciturno y siempre mágico!!... Este es un grato recuerdo de mi infancia. Zulma Sánchez Fuentes, Curridabat

Entre los años 30 y 40 viajar a Puntarenas no estaba al alcance de muchas familias (muy pocas personas conocían el mar). No se pensaba en bronceadores, sandalias ni trajes de baño. Se preparaban alimentos para comer durante las casi 4 horas que tardaba el viaje. El tren salía a las 8:00 a.m. Había tiquetes de primera y segunda clase. Los de primera clase tenían asientos más confortables; los de segunda, eran de madera. Sonaba el pitonazo que anunciaba la salida. Los vendedores recorrían los vagones ofreciendo toda clase de golosinas. Un señor uniformado recogía los boletos. El tren hacia su parada en Río Grande de Atenas donde otros vendedores, a ambos lados del tren, ofrecían gallos de carne de pollo, picadillo, refrescos, frutas….

Al llegar a Puntarenas los lugareños esperaban para ofrecer alojamiento a los viajeros. Habían fondas donde se podía comer y dormir. En un lugar llamado "Los Baños" alquilaban trajes de baño y baños para quitar el agua salada del cuerpo. Estaba cercado por una empalizada como medida preventiva. El "chicote" (mecate grueso) donde se sujetaban las personas más miedosas. La visita al muellecito, donde llegaban y salían "gasolinas", embarcaciones de carga de productos y pasajeros hacia Guanacaste y Zona Sur, identificadas cada una con su nombre: "La Rosita", "La Negra"…. Los montones de sacos con maíz, frijoles, jaulas con loras y pericos, javas con gallinas….

La visita al mercado para comprar caimitos, guapinoles, marañones o pasados, y, caracoles, conchas o figuras de carey que sirvieran de recuerdo de aquella visita a Puntarenas. Abigail Mora de Valerio. Ciudad Quesada.

Mi madre me contaba que en su viaje en tren pasaba una señora vendiendo, entre otras cosas, gallos de huevo duro los cuales exhibía en sus bandejas de comida. De repente el tren frenó y los relucientes huevos duros fueron a parar al suelo. La señora sin inmutarse corrió tras ellos colocándolos nuevamente en su bandeja. Creo que en ese compartimiento no vendió mucho ese día! Katia de Goeyen

Mi tio Gorge Masis trabajo para el ferrocarril al pacifico 35 años el le regalaba los tiquetes que le obsequiaban todos los años a mi mamà , lo que mas recuerdo es a la Señora flaquita que con una gran palangana mas grande q ella : gallos de pollo bañados en achiote con huevo duros y las paradas de orotina. Jannet Zúñiga, Tres Rios

De los antiguos viajes en tren a Puntarenas, recuerdo que en el servicio sanitario había un letrero que avisaba a los usuarios que no debían usarlo mientras el tren estuviese en una estación, lo cual se explica porque los excrementos iban a dar directamente a la línea férrea. De modo que si no se atendía el aviso, quedaban en los centros de población de esas paradas. Pues bien, recuerdo que debajo del letrero algún usuario escribió lo siguiente: "Me causa risa y espanto este anuncio tan estrafalario, pues quiero que sepa el empresario, que el culo no tiene horario". Bernardo Rodríguez Villalobos.





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