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Columnas
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| Augusto Ramírez/LA NACIÓN |
Tinta fresca
Azar, divino azar Bendito sea el sacramento de la casualidad
rariasformoso@nacion.comCasualidad, azar o coincidencia en lenguaje formal. Chiripa, guaba o chepa en palabras de uso diario. Tres ejemplos:
Al amigo JL lo raparon cuando ingresó a la UCR, costumbre de la época. Hoy día es chiva andar rapado; por entonces era castigo de reos o de piojosos. Mi hermana le prestó una preciosa boina que el abuelo había traído de España.
Cuando a él le creció el pelo, ella se la pidió, y él anduvo versátil en las excusas antes de devolvérsela.
Luego contó que se le había perdido y que una noche, cuando venía en el bus, recostó fatigado la cabeza y la vio incrustada entre el asiento y la pared. ¡El mismo bus, el mismo asiento, y la chiripa de que nadie la hubiera visto!
Una compañera mía de trabajo se fue a hacer mandados a San José. Llovía cruelmente, y en una de tantas perdió la sombrilla. Triste regresó a la UCR. Se bajó del bus, empezó a corretear de alero en alero.
Entre el tumulto de estudiantes divisó una sombrilla muy parecida a la suya.
Se acercó cautelosa, estudiándola. Al cabo no se aguantó y le dijo a la muchacha: "Viera que hace un par de horas perdí mi sombrilla en San José, era igual..." "¡Sí, yo me la encontré!", respondió la otra, "acompáñeme hasta donde voy y se la devuelvo".
Joaquín Gutiérrez me contó que una tarde deambulaba por su querida Santiago, allá en Chile. Se topó a un amigo que iba para una entrevista de trabajo a Reuters. Lo acompañó, para hacer algo.
Cuando el otro terminó, un tipo le preguntó a Joaquín si él también quería ser entrevistado. Joaquín aceptó... y le dieron el empleo. Años después, su brillante trayectoria como periodista lo llevaría a la URSS, a China, a ser el primer corresponsal latinoamericano en Vietnam.
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| /LA NACIÓN |
Asimov decía en un ensayo que las casualidades no tienen nada de mágico.
Entre los millones de circunstancias que nos acaecen en la vida, alguna muy curiosa tarde o temprano ocurrirá. En el otro bando, hay quienes creen en la premonición o la telepatía, y sobre todo en la mano de Dios.
El azar, como hecho rotundo e indiscutible, queda bien con todos. Al científico le gustará saber que tal suceso maravilloso tenía probabilidad de una entre millones; al religioso le estimulará su fe sentirse objeto de una simpática travesura del "de arriba".
Ambos, en un buen momento de paz, deberían exclamar: ¡bendito sea el sacramento de la casualidad!
(El clavo, por supuesto, es cuando a uno solo le falta que lo orine un perro, pero dejémoslo para otra ocasión).
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