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| Jorge Castillo/LA NACIN |
Sociedad
El grano de oro en nuevas manos Cada año miles de personas se internan en los cafetales para recolectar el llamado “grano de oro”, que vive en diciembre su temporada alta. Nicaragüenses e indígenas se han incorporado con fuerza en este oficio por el que los ticos han ido perdiendo el gusto.
Randall Corella y Pablo Mediavilla rcorella@nacion.comCuando medio país se levanta de la cama en busca de un café, la familia de don José Segura Solano ya lo tiene en sus manos. Desperdigados por una quebrada montaña de Pata de Gallo, en San Rafael de San Ramón (Alajuela), sus hijos, yernos y nietos llenan los canastos que llevan atados a la cintura con los pequeños granos rojos de café.
El primer paso del negocio cafetalero, ese que no se recuerda cuando uno saborea el áspero calor de una taza, tiene lugar en decenas de fincas de todas las provincias hasta donde llegan día a día miles de recolectores, en medio del frío de la madrugada.
Sin embargo, cada vez son menos los costarricenses que se internan en los cafetales para recolectar el llamado “grano de oro”.
Los productores coinciden en que, en los últimos años, la mano de obra extranjera ha surgido como una opción “salvadora” para evitar que la cosecha se pierda y detener la agonía del tercer producto agrícola más exportado de Costa Rica (lo preceden la piña y el banano).
Hoy son pocas las familias, como la de don José, que en cada jornada reviven la tradición cafetalera que comenzó hace más de un siglo en una esquina de San José.
Para los Segura, el día comienza con el llamado de su padre poco antes de que salga el sol. En unos minutos el grupo está formado: botas, pantalones largos, algún pañuelo para el sudor y un sombrero para taparse del sol.
Seis de sus ocho hijos varones caminan hacia el viejo pickup, comprado en la bonanza de finales de los años 70 y principios de los 80, que el propio gamonal maneja hasta el cafetal.
Todos los miembros de la familia Segura tienen su propia parcela de café en algún lugar de las montañas de Pata de Gallo, pero siempre trabajan juntos pacuando se trata de coger café.
“Empecé con un pequeño terreno y pedía prestado para comprar el resto, claro trabajaba como un animal”, recuerda don José mientras observa a su nieto Leandro, en plena faena.
La montaña, convertida en una alfombra esmeralda de matas de café, está coronada por la casa familiar con vistas al Pacífico y a la ciudad de Puntarenas.
“Antes me iba para el cafetal con la doña y los carajillos debajo de un aguacero. Eran unos chiquitos, pero así salían con su saquito al hombro. ‘Los vas a joder todos’, me decía mi mujer, pero ya ve, lo valientes que salieron”, afirma con orgullo.
Mientras el patrón habla, “su cuadrilla” de hijos y nietos avanza poco a poco, un grano, una mata, una calle... todo el cafetal.
Marco Enrique, uno de los mayores, parece apasionado por su trabajo. No despega los ojos de la mata y mientras habla con una media sonrisa sus manos no dejan de moverse a gran velocidad.
“Mi hermano, Marvin, quedó primero en la Copa del Café de Pata de Gallo. Yo quedé de segundo por culpa de una hoja que había en mi canasto”, recuerda.
Moverse dentro de un cafetal como el de los Segura no es tarea fácil. El barro y la inclinación del terreno lo convierten en toda una prueba para los no iniciados, pero nada de eso parece afectar a los experimentados cogedores.
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Araceli Salmerón vino de Nicaragua a coger café en Naranjo. Jorge Castillo/LA NACIN |
Se divisan en un costado de la montaña y, al segundo, parecen estar a dos kilómetros de distancia, riendo, hablando de futbol, cantando bajo los acordes de un radio de baterías o tirándole granos de café en la cabeza a un pariente descuidado.
Solo algún escueto comentario sobre la maduración del corte recuerda que están ahí para ganarse la vida.
“Si las matas estuvieran bien maduras, sería otra la emoción y las ganas con que se cogería. Es una sensación única”, afirma Freddy Vargas, ingeniero de Coopepalmares, el lugar al que irán a parar todos los sacos y donde todos ellos podrán canjear los boletos por dinero.
“La familia Segura coge entre 1.000 y 1.200 fanegas cada temporada, casi el 2% de toda la cooperativa”, añade Vargas.
La mayoría de los 1.000 asociados que tiene Coopepalmares son productores de las montañas del valle occidental (Palmares, San Ramón y Naranjo), donde muchas pequeñas fincas familiares han logrado sobrevivir sin tener que recurrir a la mano de obra extranjera, como desde hace algunos años ocurre en las grandes haciendas de Alajuela, Cartago y la zona sur.
Campiña. No ha salido el sol, pero ya Milagro Vargas Vanegas lleva algunos minutos esperando entre la penumbra. Serían las tres de la mañana cuando dejó las cobijas para alistar a sus tres hijos estudiantes y preparar el almuerzo que llevaría al cafetal.
Antes la esperaba casi una hora de camino, desde su casa en Cinchona de Santa Cruz de Turrialba, hasta el punto donde pasará el camión que la llevará a ella y los demás recolectores hasta la finca Aquiares.
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Marco Enrique Segura, Manuel Antonio Segura y Leandro Bolaños camino al cafetal familiar en Pata de Gallo, San Ramón, listos para la jornada de recogida. Jorge Castillo /LA NACIN |
Como todos los días, el viejo camión llega puntual al sitio de encuentro. Dada la escasez de mano de obra para la recolección y aunque no tiene una clientela fija, al menos seis vehículos van por los pueblos vecinos recogiendo a quienes amanecieron con ganas de trabajar.
La mayoría de ellos son vecinos de la región, turrialbeños de Santa Cruz, Pavones, Tuís, La Suiza, Mora o Grano de Oro. Amas de casa, jóvenes estudiantes que aprovechan sus vacaciones para ganar algunos “cincos” o desempleados a quienes la época de recolección les cayó como del cielo.
Los primeros camiones comienzan a llegar poco antes de las 6 a. m. Sus cajones vienen provistos con escaleras e improvisadas bancas de madera para que los peones viajen cómodos.
Cuando llegan a la entrada de la finca, una persona se encarga de contar cuántos cogedores arriban en cada camión. Después serán divididos en cuadrillas y subgrupos al mando de un “cortero” o supervisor que se encargará de llevarlos hasta el cafetal designado para la nueva jornada.
Milagro es parte de “los Fuereños”, uno de los cuatro grupos en los que se distribuyen los cogedores dentro de Aquiares.
Por otros parajes de las 900 manzanas dedicadas al cultivo del café, están las mujeres y pensionados, los peones que viven en la finca y los nicaragüenses de “los baches” o campamentos.
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En medio de las brumas de la campiña turrialbeña, la finca Aquiares cuenta con unas 900 manzanas sembradas de café. Allí cada jornada arranca antes de las 6 a. m.
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De los 700 cogedores que llegan en promedio cada día, un poco más del 50 por ciento son extranjeros. Aunque el número de recolectores costarricenses aumenta en los primeros días de diciembre, la atracción de este oficio ha disminuido año tras año.
Ya no se trata de las familias enteras que, una década atrás, veían en los cafetales un trabajo rentable y una atractiva fuente de subsistencia.
Los ticos que llegan al cafetal son en su mayoría campesinos de toda una vida, amas de casa o desempleados. En algunas regiones cafetaleras por excelencia son pocos los jóvenes que, al menos una vez en su vida, se han ceñido un canasto en la cintura.
“Aquel tiempo en que los papás traían a sus hijos desde pequeños al cafetal ya ha ido pasando. Antes había más gente. Ahora viene mucho joven, pero son muchachillos que se conforman con ganar ¢2.000 a la semana”, aseguró Eduardo Alvarado, supervisor de la finca.
En Aquiares, como en el resto de los cafetales de la campiña, ya no sorprende ver a cientos de nicaragüenses desgranando las matas. Tampoco son extraños los indígenas cabécares o guaymíes que llegan a la zona con sus mujeres e hijos para incorporarse a la recolección.
En el caso de los pinoleros, desde la década de 1990, la ajustada situación económica en su país los obliga a emigrar hasta aquí cada año, para obtener un ingreso mayor en una actividad a la que muchos ticos le han dado la espalda.
“Yo vengo de Matagalpa, una región netamente cafetalera, pero allá no nos va tan bien. Aquí también hay gente de Masaya, Jinotepe y San Carlos, que reúnen una platita para enviarle a sus familias”, afirmó Juan González, un nicaragüense de menuda figura que salió hace 13 años de su ciudad natal.
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A mitad de la mañana, Yader Fernández limpia el café que recolecta en una finca de Coopronaranjo. Jorge Castillo/ LA NACIN |
Frío comienzo. Con sombrero sobre la cabeza, un cuchillo al cinto y una vara de café en la mano, los “corteros” de la finca Aquiares avanzan a la cabeza de grupos compuestos por 20 ó 40 cogedores.
Tras una reunión tempranera con el mandador y los supervisores, ya saben cuál será la porción de la finca en la que sus peones trabajarán durante la jornada, y ahí conducen a la cuadrilla.
La experiencia en los cafetales permite a los cogedores saber, con solo una mirada a las primeras matas de cada corte –la primera calle pendiente de coger–, si la jornada estará tan productiva como para olvidar el sueño y el cansancio de la madrugada.
Milagro y sus vecinos santacruceños se abren paso entre las matas todavía húmedas por el rocío para encontrar la calle que les tocará desgranar.
En las primeras matas de cada corte es común encontrar mochilas y bolsas plásticas que cuelgan de las bandolas. Adentro están recipientes térmicos que intentan mantener fresco el alimento preparado desde la madrugada: un poco de arroz, frijoles, una botella con fresco, un termo con café y algún trozo de pan que sirva de merienda.
A veces el frío de la madrugada y el hambre de la mañana comienzan a pasar la factura, incluso antes de comenzar la jornada, y algunos abren sus termos para tragar unos sorbos de café que les caliente el cuerpo.
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Por ¢500, los cogedores de Aquiares pueden comprar almuerzo en una fonda. Arroz, frijoles y huevo. Jorge Castillo/LA NACIN |
Otros se valen de capas y de bolsas plásticas para evitar que el agua les moje hasta los huesos, y unos más tragan una bocanada de aire y se sumergen entre las plantas empapadas como si fueran peces.
En cuestión de segundos, el cafetal se llena con el golpe seco de los primeros granos maduros que caen en el fondo de los canastos. Las tradicionales cestas de mimbre que por décadas fueron compañeras fieles de los recolectores costarricenses, poco a poco han ido cediendo ante las coloridas de plástico. Para muchos, en especial los nicaragüenses, resultan más livianas, baratas y duraderas; aunque tampoco faltan los que se ahorran los ¢1.000 del canasto y prefieren usar baldes o cubetas de pintura.
El ruido de los granos no tarda en ser acompañado por las risas, bromas, chistes y hasta canciones que los cogedores gritan de calle a calle sin detener su labor. Mientras las manos van arrancado los granos, algunos aprovechan para ponerse al día con los chismes, saber en qué quedó la telenovela y hasta esbozar sus propios pronósticos para el partido de futbol de la noche.
“¿ Chiro, cuál va a salir hoy?”. “Vos sabés que está bonito el 33, pero yo creo que salió”. “Mae, ayer le compré el regalo a aquella güila”... Las charlas ayudan a matar el tiempo, mientras llega la hora del almuerzo.
Aunque no faltan los apurados que comen con prisa para sacar provecho de una calle buena, la hora de la comida representa una pausa obligada para la mayoría de los cogedores. Al grito de “¡almuerzo!”, una multitud se congrega en los callejones empuñando la cuchara.
Como en otras cafetaleras, los cogedores que viven en Aquiares compran su comida en la fonda de la finca. Por ¢500, llenan sus termos con arroz blanco, frijoles y huevos con salchichón.
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| Jorge Castillo/LA NACIN |
Medida. Unos minutos de reposo después del almuerzo sirven para recargar baterías antes de volver al cafetal bajo una ligera llovizna que solo unos minutos atrás era el sol penetrante de Turrialba.
A veces el clima en el cafetal es un poco indeciso y, si a ello se suman los riesgos propios del trabajo en el campo, es mejor andar preparado.
Para internarse entre las calles, la mayoría de los cogedores viste una especie de uniforme. En la cabeza, llevan un sombrero o una gorra para esconder la cara de los rayos del sol, una capa los protege de la lluvia y, bajo esta, una camisa de manga larga evita los raspones que provocan las ramas secas o las picaduras de los gusanos.
Y es que en los cafetales son comunes los mosquitos, las hormigas y las avispas. También las culebras, de ahí que las botas de hule no solo sirven para tener mejor tracción en terrenos empinados.
Alrededor de la 1 p. m. llega quizá el momento más esperado de la jornada: “la medida” y el pago. Uno a uno, los cogedores van sacando al callejón el café que durante el día han guardado en sacos. Ahí esperan a que llegue el tractor con el pagador.
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Cada canasto lleno equivale a una cajuela de café. Jorge Castillo/LA NACIN |
A esas alturas del día, el cansancio y la espera dejan una postal extraña. Algunos aprovechan para armar una mejenga en medio callejón, otros prefieren reponer el sueño perdido tomando una siesta en pleno suelo, bajo la sombra de un árbol.
Al llamado del mandador, una larga fila se forma junto a la carreta del tractor. Son decenas de cogedores que cargan los canastos llenos sobre su cabeza para alcanzárselos al encargado de medir en cajuelas la cantidad recolectada durante el día.
Si el recipiente metálico se llena hasta arriba, el pagador deja caer ¢600 dentro del canasto vacío, antes de que este regrese a manos de su dueño, quien volverá a llenarlo para engrosar la fila una vez más.
En días malos, Milagro coge unas tres cajuelas, pero cuando la cosecha está en su mejor punto, logra llenar su canasto más de 15 veces en una jornada. Esa tarde esperaba con su hija Yuri, junto a tres sacos llenos, que inspiraban la seguridad de haber cumplido con la faena.
Pasadas las 2 p. m., tras el tractor con el café desfilan de nuevo los camiones para regresar a los cogedores a sus casas en los pueblos vecinos. Los nicaragüenses y los indígenas tienen posada en los campamentos de la finca, aunque no hay seguridad de que estén ahí por mucho tiempo.
“Hoy están aquí, mañana en otra finca, en Heredia, Tarrazú, Naranjo o Tambor de Alajuela. La mano de obra va migrando a otras fincas según la maduración. Siempre buscan dónde la cosecha está mejor”, subrayó Eduardo Alvarado.
Milagro Vargas y sus vecinos, en cambio, son peones más constantes. Es casi un hecho que, a la mañana siguiente, ellos –como los hijos de don José Segura– estarán en las entrañas del cafetal antes de que salga el sol.
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Trabajo que ya no atrae
El 50% de los cogedores son foráneos
El próximo mes de abril terminará la cosecha de café y en ella, según cálculos del Instituto del Café de Costa Rica (Icafé), habrán trabajado cerca de 200.000 recogedores. Más de la mitad son extranjeros, principalmente nicaragüenses y, en menor medida, panameños. Los indígenas guaymíes se concentran en las fincas del sur. El desplazamiento de mano de obra nacional a sectores como el turismo, la industria o la emigración a Estados Unidos, son algunos factores que explican el fenómeno. Según Warner Villegas, vocero del Icafé, “sin la mano de obra extranjera no sería factible cosechar toda la producción nacional. En muchos foros del sector cafetalero se ha expresado que el déficit de trabajadores condiciona la cantidad de fanegas que nuestro país puede producir. Efectivamente, gracias a ellos el negocio cafetalero ha podido seguir adelante”.Johnny Ruiz, jefe de Migraciones Laborales del Ministerio del Trabajo y Seguridad Social, cree que “la llegada de trabajadores foráneos debe basarse en su integración pero también en un intercambio ordenado para los meses de cosecha”, en relación con los acuerdos con Nicaragua sobre migración.Ruiz agregó que, respecto a la situación legal de los recogedores, el Ministerio “busca el orden, la armonía y el encauzamiento”.Las estimaciones sitúan la producción en 2,5 millones de fanegas –café en grano con cáscara y líquido–, que equivalen a 2,4 millones de quintales de café oro –listo para el tueste–. Es decir, Costa Rica producirá en café un peso equivalente a 610 aviones Boeing 747-200. Un 80% del café oro se exportará y el 20% restante se destinará al consumo nacional. En el 2005, EE.UU. fue el principal cliente del café tico y el total de expor-taciones generó ingresos de $231 millones en el sector.
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Naranjo-Madrid
El recorrido del café
El ciudadano X que toma un capuccino en alguna de las 18 tiendas que Starbucks tiene en Madrid y Araceli Salmerón no se conocen.Ella tiene 17 años, es de Santo Domingo, Nicaragua, y trabaja en una finca de Naranjo, de 6 a. m. a 1 p. m. Gana $1,3 (¢700) por cada cajuela de café en grano que recoge en CooproNaranjo. De esa cajuela se obtienen 2,3 kilos de café oro, sin cáscara ni líquido, listo para el tueste.El gigante norteamericano de cafeterías, Starbucks, tiene un contrato por cinco años con Coopronaranjo que estipula un precio invariable de $3 por kilo de café oro. Es mejor que los $120 por quintal que marcaba la Bolsa de Nueva York el jueves pasado. Este arreglo es de $136 por quintal más $5 de premio por calidad. Por tanto, la cooperativa gana $5,6 por cajuela, sueldo del cogedor ya restado. Según Yanuario Herrera, socio de Coopronaranjo, “con un kilo de café oro se pueden hacer 100 tazas, que venden a $3 cada una en sus tiendas”. La calculadora dice que, si multiplicamos las 230 tazas que se consiguen con una cajuela por $3, Starbucks gana $683,5. Claro está, habría que restarle los gastos de la compañía en logística, tueste y servicio al público, que al cierre de esta edición no habían sido facilitados a La Nación.
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