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| Manuel Canales /LA NACIN |
Los que se olvidan, los que perduran ¿Somos lo que somos por azar o por trabajo?
Jacques Sagot jacsagot@gmail.comCuando hablamos de titanes como Bach, Haydn o Mozart, asumimos que siempre fueron tratados con la reverencia que hoy les tributamos. Esto, amigos, es tan solo una ilusión retrospectiva.
La verdad es que hasta la llegada de Beethoven, el gran emancipador, los músicos –aun los más grandes– no pasaban de ser empleados de la corte o de las capillas reales.
Jerárquicamente no estaban por encima del palafrenero, el jardinero o el cocinero de palacio. Todos ellos se sentaban a la mesa con los sirvientes de la corte. Se van ustedes a indignar con la carta que el gran Juan Sebastián Bach dirige a su patrón en 1733:
“Mi clementísimo y serenísimo Señor: entrego a Vuestra Alteza Real, con la más profunda devoción, este modesto trabajo, fruto de mi escaso conocimiento de la música, con el humildísimo ruego de que Vuestra Alteza Real lo juzgue con su clemencia mundialmente reconocida y no de acuerdo a su ínfimo valor”
¡Qué obligado servilismo, de parte del más grande compositor de que los hombres tienen memoria! La pieza “de ínfimo valor” era nada menos que la Misa en Si menor, la obra sacra más perfecta de todos los tiempos.
El destinatario de la misiva es el Rey Augusto III de Sajonia, un reycillo del que nadie hoy se acuerda.
Pero con Beethoven las cosas cambian, ¡y de qué manera! Ahora es él la gran figura a la que los “poderosos” rinden pleitesía.
He aquí una anécdota. Caminaban una tarde por un parque de Viena Beethoven y Goethe, conversando sobre temas quizás triviales, quizás trascendentales, ¿quién lo sabrá jamás?
Sus palabras las escuchó tan solo el viento, que es discreto y olvidadizo. De pronto, se cruzaron con un atildado aristócrata.
Goethe, viejo frecuentador de palacios, se quitó el sombrero y se inclinó al pasar el príncipe. Beethoven, en, cambio, siguió impertérrito su camino.
“Por el amor de Dios, Ludwig, ¿no te das cuenta de lo que has hecho?” –preguntó Goethe perplejo. A lo que Beethoven respondió: “Mi cortés y palaciego Wolfgang: lo que el príncipe es lo debe al azar y a su cuna; lo que yo soy lo debo a mi talento y mi trabajo.” El artista como héroe cultural había nacido.
Y ahora, un desafío para ustedes lectores: una refrigeradora gratis para el que pueda decirme quiénes diantres eran Augusto III de Sajonia y Colloredo de Salzburgo, patrones de Bach y Mozart respectivamente. ¿Quiénes, en nombre de Dios, eran estos pelmazos, y a quiénes deben el honor de ser siquiera recordados?
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