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| Bohuslav, Ucrania. 21 de julio de 1998. "La moto reemplaza al caballo", anuncia Vasil con filosofía. La vida es más fácil con el sidecar, les sirve para todo: desde ir a buscar las papas en su huerta hasta dar un paseo con sus nietos Vadim y Dimitri. |
Sociedad
El planeta en un álbum familiar Cinco continentes, 250.000 kilómetros, 130 países y cuatro años necesitó el fotógrafo alemán Uwe Ommer para retratar a un millar de familias. Su libro 1.000 familias recoge el testimonio gráfico de su largo viaje, una especie de álbum familiar del planeta.
Lola Huete Machado El País @nacion.comHace poco más de diez años, el fotógrafo alemán Uwe Ommer se regodeaba en su éxito y su buen nombre, ambos bien ganados a sus 50 años de edad como fotógrafo publicitario radicado desde muy joven en París.
Lejos de dedicarse al confort que su estatus bien podía prodigrarle por el resto de su vida, Ommer emprendió la gran aventura de su vida que resultaría, a la postre, una aventura inédita en el mundo: recorrió los cinco continentes durante cuatro años para retratar a familias de los más diversos países.
Se trató de un periplo de 250.000 kilómetros alrededor del planeta, durante el cual el impetuoso artista encontró bandidos y salteadores de caminos, nuevos amigos, elefantes capaces de sonreír para la cámara, y miles de escenas recopilables tras el lente o en su memoria.
Entre tanto, Uwe se casaba, aumentaba de peso, su cabeza se llenaba de canas, ponía a prueba sus habilidades diplomáticas con personas uniformadas de todos los continentes y maldecía los mapas. El resultado fueron millares de fotografías que sufrieron un cuidadoso proceso de selección hasta llegar a los 1.251 retratos que finalmente componen su álbum 1.000 familias, que no es otra cosa que una especie de álbum familiar del planeta Tierra.
En esta, su obra cumbre -Omner ya tenía en su hoja de vida otras publicaciones gráficas de alto calibre- ,hay miembros de la tribu Masai, agricultores que esperan mejores lluvias en Siria, la familia del imán de una mezquita en Mali, cultivadores de papas en Colombia, marinos de profesión en México, empleados de oficina de Brunei, amish, gente en migración y gente sedentaria, creyentes de todas las religiones...
Uwe Ommer se sumergió en las vidas de todas estas familias, se asomó a sus vínculos afectivos y a sus distintos modos de habitar este mundo. Como reza la introducción de 1000 familas, esta obra es "un verdadero fresco sociológico, antropológico, pero, sobre todo, vital".
El ensayista, productor y realizador francés Olivier Delahaye, describe la obra en forma y fondo. "Es el más precioso y más grande caleidoscopio que existe. Un tubo, un espejo, un lente de enfoque y un poco de astucia; el sistema es rudimentario y nos sigue asombrando. Pero aunque sea algo mágico, lo que en realidad nos fascina no es el sistema mismo, sino las combinaciones infinitas que permite a partir de elementos muy simples. Uwe ha sacado estos elementos de su recorrido y de sus encuentros. Un día decidió poner detrás de su cámara todo lo que puede componer una familia: niños, velos, narices aguje-readas, pies descalzos, ropa negra, sombreros de hombre, peinados femeninos, telas, collares, bigotes, barbas, animales domésticos, perros, gatos, cabras o elefantes; armas, colores, pieles oscuras, claras, diáfanas, mates o brillantes, un toque de poligamia, una cáscara de homosexualidad, una buena dosis de heterosexualidad, semillas de endoga-mia, un poco de exogamia, mestizaje, niños, tradiciones, oscurantismo, migraciones, soledad, carnes desnudas, cuellos alargados, sonrisas, belleza, música e instrumentos, algunos elementos más y sobre todo amor, mucho amor.Uwe Ommer nos abre los ojos para vernos a nosotros mismos. A pesar de los problemas que tenemos conviviendo juntos, él pone luz en la buena suerte que nos permite vivir juntos en este planeta. No ha fotografiado campos de guerra, masacres, tumbas clandestinas, violaciones o la ilimitada incapacidad de convertirnos en seres humanos. Tampoco fotografió los instintos más bajos. En cambio, fotografió aquello que nos une a los otros y nos permite perpetuarnos, las cosas que sobrepasan nuestros fracasos por entender a los demás, y el amor, que aunque a veces a ciegas, va de la mano con el deseo, el placer y la felicidad. Mirando a estos rostros podemos reconocer a una abuela, un amigo, un tío... Veremos hasta qué punto somos cercanos, parecidos y tan diferentes. Esta experiencia nos enseña a mirar a los demás de otra manera, a no fijarnos en el accesorio que nos impide ver".
Proles del mundo. Basta con hojear la espectacular obra para ratificar las impresiones de Delahaye.
Ahí se lucen, tan juntas y tan diferentes, las proles del mundo. Sonríe la familia de Iba, consejero del sultán en Mandelia (Chad); sonríen los seis hijos de Mike, pescador en Georgetown (Estados Unidos); lo hacen también los del agricultor Florentino en Guambia Cuaca (Colombia); los del abogado Gagik en Sevansee (Armenia); los del bombero Vishvesh en la isla de Diu (India); las tres niñas de la zoóloga María, en Mertola (Portugal).
Todos aceptaron posar ante la cámara de Ommer. Y todos parecen estar felices. Sean de donde sean: gitanos europeos; masais, dogones o ndebele africanos; musulmanes de Malasia, católicos irlandeses o tibetanos; chinos, rusos, letones o latinoamericanos. De los lugares más ricos a los más miserables.
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| Al lado de Diffa, Níger. 24 de julio de 1997. Una familia de Peuls Bororo en plena "migración" con su ganado. Se divirtieron durante la sesión de fotos, aunque estaban algo perturbados impidiendo que el ganado se diseminara por los alrededores... |
No cuesta imaginar la escena del extranjero blanco, rubio, alto y amable que, un buen día, aparece acompañado de su asistente, en un Land Rover renqueante y dice que desea retratar a toda la familia. Y la gente corre, va a llamar a la madre, al hermano, al abuelo, a la tía., y traen al perro, la tortuga, la moto, la bicicleta, la tetera, la muñeca de la niña, el ganso, la vaca, el mono. Buscan estar todos para que no falte nadie en esa foto.
Le preguntan luego: ¿Nos vestimos de fiesta o nos quedamos así, con ropa de trabajo? ¿Les ofrecemos algo de tomar? ¿Desea ver la casa, el establo, el único pozo de agua que hay en kilómetros? ¿Le importa si posan con nosotros los vecinos, los primos, la aldea entera?...
A través de las imágenes se adivina la vida cotidiana en las mansiones de unos; en las casas de adobe, caravanas, barcos o chozas de otros.
Y Uwe Ommer -mientras les indica cómo colocarse ante un lienzo blanco que lleva consigo a todas partes- les pregunta por lo que más desean para el futuro.
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| Muang, Tailandia. 17 de enero del 2000. Siguen soñando con una hipotética vuelta a su país natal, Birmania. Acá no tienen papeles que les permitan circular libremente. Son una verdadera atracción turística por la forma tradicional en que visten. |
Alguien contesta: "vivir"; otros dicen: "comprar una casa", "más tierras", "más dinero", "otro hijo", "visitar Estados Unidos".
El sueño de Noufou, en Boundiali (Costa de Marfil), es tener 20 hijos; el de Tommy, reverendo en Memphis (Tennessee, Estados Unidos), reunir a las 300 parejas que ha casado; el del campesino Antonio, en Lugo (España), salud y trabajo. Pero son mayoría los que anhelan algo que no se consigue sino con política seria y un buen gobierno: retornar al país de origen, para que los hijos puedan estudiar y crecer en mejores condiciones, "que no mueran antes que uno".
Este horror le sucede, por ejemplo, a Guyo Boro, de 65 años, el consejero de mayor edad en el poblado de Gabra Scheme, en Kenia, al que Ommer retrató junto a su hija, su yerno y sus dos nietos.
Dos años después, Boro escribió al fotógrafo una carta en la que le informa: "Mi única hija, Arbe, ha sido asesinada por enemigos camino al pueblo. Dejo en manos de Dios el castigo de los criminales".
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| Lome, Togo. 13 de junio de 1997. Joven, cocinero y padre de familia, Kossi sueña con su propio restaurante y una casa. Pero ¿cómo? "Todo aumenta, ¡menos los sueldos! ¡Dile a nuestros compatriotas en Francia que no nos olviden!..." |
Corre el 2006 y a menudo Ommer se desvela pensando: ¿Qué habrá sido de Nicolae y Petria, los agricultores rumanos de Butoiesti? ¿De Anne y Gunther, los artistas callejeros de Suiza? ¿Cómo le habrá ido a Esat, el negociante albanés? ¿Y a la familia Atman, que habita en un antiguo harén del Bósforo? ¿Y a Karim y Fátima, del Sáhara Occidental? ¿Habrá terminado su mansión el abogado de Abiyán (Costa de Marfil), Dominique K.?
Segundo recorrido. Recientemente, estas preguntas asaltaron su mente con más insistencia. Porque no ha sido uno, sino dos los viajes alrededor del mundo que ha realizado el alemán durante esta década. El primero fue la travesía en sí, los cuatro años de recorrido geográfico y humano a lo largo de 250.000 kilómetros. Y cada mañana de esos 1.424 días hubo de organizar la ruta, elegir el destino, avistarlo desde el auto, llegar, preguntar, encontrar y saludar a los anfitriones, conocer a las familias, explicarles, hacerlas posar, sacar la cámara de su salveque, colocar los paraguas de luz, enfocar, retratar, conversar, tomar y comer, volver a conversar. Cada día quedó admirado con la belleza física y mental de las gentes; con las sonrisas de los niños que corren, cantan, atienden el ganado, se bañan, venden en los mercados, sufren, se abrazan a sus madres y a sus animales, miran divertidos a cámara.
Mil círculos de relaciones personales desplegados ante sus ojos delviajero y fotógrafo. Llegar a convertirse en alguien familiar. Encariñarse con unos y otros, con todo un pueblo, con sus espacios exteriores y circunstancias interiores, con los colores de ropas y puertos y orillas de río, luces de desierto, lagos de sal, el agua viva del Amazonas, la dimensión de los árboles africanos, la altura del Himalaya o los Andes. Luego, despedirse y partir.
Ese primer viaje duró hasta que ya no pudo ser. Ommer tuvo que reprimir las ganas, guardar la cámara. "Dije ¡basta!, porque descubrí que uno puede pasarse la vida entera moviéndose de un lugar a otro, sin meta, porque sí.". Era como una adicción, dice por teléfono desde París, su cuartel general. Hasta que se acabó. Y sus mil familias se convirtieron en serie gráfica publicada en revistas internacionales, en motivo de grandes exposiciones.
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| Pochutla, México. 6 de diciembre de 1998. Marino de profesión, Isaac trabaja en la base naval de Puerto Ángel, está a cargo del mantenimiento de las armas... ¡y de la fontanería! Azucena se ocupa de sus dos hijos y del hogar. |
El segundo viaje lo acaba de terminar: consistió en elaborar Tránsito, el making off de aquel largo viaje. Fueron tres años de obsesión, un no parar mental sin moverse del estudio. "No me gusta acumular objetos, pero llevábamos un carro grande y cargábamos con todo".
Billetes, mapas, monedas, ornamentos, herramientas, vestidos, frutos secos, armas, anotaciones en el diario.
Con eso y la ayuda del diseñador Renaud Marchand Ommer creó un collage de 720 páginas sobre una travesía feliz en la que hubo también tristeza: impotencia ante la pobreza, muchos sinsabores burocráticos y alguna que otra incomodidad (el clima que desespera, el carro que se descompone...)
Si 1.000 familias fue el álbum familiar del planeta Tierra, Tránsito es la narración visual de la epopeya emprendida por el fotógrafo para darle forma.
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| Curanipe, Chile. 6 de enero de 1999 "Antes de vivir en la costa, estábamos en el interior, donde vendíamos hortalizas. Hoy mi marido es pescador y yo vendo pescado. En verano, sale mucho pescado; en invierno, cangrejo". |
"Teníamos 950 páginas y hubo que eliminar 200, dejar fuera a mucha gente. Cuánto costó", cuenta.
Cuando cierra los ojos cada noche, ¿qué ve Uwe de aquello, qué guarda en la memoria? Y él responde sin pensarlo: "Todo y a todos. Cada familia, sus circunstancias, el tiempo juntos".
Una odisea terminada. Y otra que empieza. En noviembre del 2005, su acompañante por Asia, Isadora Chen, lo convirtió en progenitor de un niño al que han llamado Ulisses. La pareja posa feliz para la última página de Tránsito: la familia 1.001. Y también expresan deseos: "Que Ulisses, como sus padres, tenga las ganas y el sano sentido común para viajar por el mundo".
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Lente trovador
En pos de la fascinación
Aunque la travesía del fotógrafo alemán Uwe Ommer por 130 países en busca de sus mil familias es la que le ha conferido mayor reconocimiento en todo el mundo, en su obra anterior ya se adivinaba que este hombre, nacido en 1943 y radicado en París desde 1962, no tiene reparos cuando de perseguir la magia tras el lente se trata. Una de sus obras más trascendentes fue Black ladies ( Mujeres negras), libro en que el artista delata el hechizo que siente por el continente africano y sus mujeres. Para realizar este trabajo, recorrió durante dos años el África negra. Fascinado por la fotografía desde muy pequeño, llegó a París siendo un veinteañero y no tardó en conseguir trabajo como asistente de un fotógrafo, pero pronto logró abrir su propio estudio, que más tarde se convertiría en un líder de la fotografía publicitaria. En 1979 publicó su primera compilación, Photoedition Uwe Omner. En el 2002 fue nombrado miembro de la Royal Photographic Society debido al impacto de su trabajo en la sociedad. Hasta Kofi Annan, Secretario General de la ONU, le dedicó unas líneas, impresionado tras visitar la famosa exposición 1.000 familias: "Querido señor, sus retratos ilustran de manera admirable y positiva la diversidad y riqueza histórica de nuestro mundo".
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