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Columnas
Cartas a María: La paz cultural de los cementerios María Pérez-Yglesias, comunicadora Comunicadora@nacion.comLos cementerios forman parte de nuestro patrimonio cultural. ¿No cree usted que si se elaboraran guías turístico-culturales, más personas los visitarían y disfrutarían de su valor histórico? G. Brenes Tencio
María responde:
La muerte en Occidente nos resulta temible y el lugar donde reposan los muertos, un lugar triste que nos recuerda el final de nuestra propia vida. Pero usted tiene razón, como monumentos, como espacios de identidad cultural, como huellas del pasado, como creatividad e imaginación, los cementerios nos presentan “la otra cara de la moneda”. El Cementerio General fue para mi primera infancia un lugar mágico, donde me llevaban y podía hablar con mi madre. Amplio, blanco, lleno de rincones y flores, de ángeles y vírgenes de mármol, de Cristos clavados en la Cruz, mirando nostálgicos el aire.
Luego viene la época escolar donde la intriga por nombres y familias, se mezcla con los fuegos fatuos, los ladrones de tumbas, el misterio de los cuerpos a los que se comen los gusanos. La adolescencia nos atrapa sobre cómodas tumbas, donde se puede estudiar en un silencio solo interrumpido por un funeral. Adulta, los cementerios solo me atrapan si la persona es muy cercana y el sol no quema, ahora prefiero acompañar a los deudos en las funerarias o en las casas de habitación.
El mundo cambia. El grosero dicho “el muerto al hoyo y el vivo al bollo” es una realidad tangible, como lo es la moda de pedir que nuestras cenizas sean tiradas al viento o usadas para alimentar un árbol nuevo. Ya ni muertos queremos visitar el cementerio.
Por eso su idea de convertir estos hermosos espacios en lugares de visita, como se hace en otros países, es buena.
Buena mientras nuestros muertos queridos y tradiciones sean respetadas y, verdaderamente, se logre un disfrute estético e histórico de algo tan natural y tan trágico como la muerte.
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