San José, Costa Rica. Domingo 11 de diciembre, 2005.
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Manuel Canales/LA NACIÓN
Tinta fresca

Peor que el infierno

Todo hierve de humanidad enloquecida y enloquecedora

Jacques Sagot
jacquessagot@nacion.com

Tramos orilleros que brotan como excrescencias sobre las aceras del Mercado Central. Latas de zinc herrumbradas, iluminadas por bombillas peladas, colgajos desprovistos de lámpara bamboleándose en sus retorcidos cables. Ventas de pejibayes, jocotes y mangos en estación. Radios con charangas a todo volumen. Ventas de calzones y talladores con encajitos baratos, lacitos rosados y toda suerte de filigranas de tela basta y chillona. Me estremezco de horror al ver un tenderete donde se venden rulos de plástico rojos y chancletas rosadas. Arrecian las charangas. Aceras y caños transformados en botaderos de basura ad hoc. Inmundicia por doquier. El magma humano que se apretuja en las calles. Más charangas. El eco melancólico de algún villancico se abre paso a través del estrépito de una turbamulta exultante en el furor consumista de la Navidad. Revientan las aceras de gente, y la masa se desborda sobre las calles, vedando el paso de los vehículos. Las bocinas de los carros arman su propia sinfonía de estridencias sin fin. El ser humano pareciera ser una sola criatura policéfala, movida por la misma motivación, una criatura tentacular donde la voluntad individual ha cedido el lugar al automatismo colectivo de la turbamulta. Las charangas horadan los tímpanos, son una barahúnda polifónica, donde se entremezclan las voces de mil radios enronquecidos, un rugido indistinto de taladro ensañado contra mi cerebro. Veo en derredor y todo me resulta ofensivo: los olores como las formas, las texturas y los colores. No hay concepto de espacio, todo está apretujado, todo hierve de humanidad enloquecida y enloquecedora. La proliferación de los chinchorros torna imposible la circulación sin un grado intolerable de promiscuidad: los cuerpos se mueven en constante fricción y cargan la atmósfera de un tufo irrespirable, donde se mezcla además el olor de la fruta rancia y de los desechos que se acumulan en enormes túmulos. En una esquina, un hombre orina ante la indiferencia absoluta de la gente y la olfativa curiosidad de un perro callejero. Pienso en el descenso al Infierno de Dante, pero advierto que la comparación, a juzgar por las bellas ilustraciones de Doré, es injusta. Los círculos del Infierno son sitios vacacionales comparados con aquella Corte de los Milagros, marejada de basura, de humanidad desaliñada, vulgar, chancletuda. Tal es nuestra ciudad. Tal es nuestra Navidad. Tal es la miseria desprovista de dignidad e hidalguía en que hoy se retuerce nuestro país.





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