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Un ‘tsunami’ silencioso

Actualizado el 18 de julio de 2008 a las 12:00 am

 Es necesario un “contrato social” entre particulares y empresas transnacionales

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Un ‘tsunami’ silencioso

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La frase dio la vuelta al mundo: “Estamos ante un tsunam i silencioso que está afectando a casi todos los países en vías de desarrollo”. Quien así habla sabe lo que dice, es Josette Sheeran, directora ejecutiva del Programa Mundial de Alimentos (PMA) de la ONU. Un Programa que se ve a sí mismo como “el canario en las minas de carbón”. Es decir, como el primero que se da cuenta de que empieza a faltar el oxígeno, para la supervivencia de todos los demás.

Aunque se trataba de un desastre anunciado, no fue sino hasta este mes de junio “cuando los precios iniciaron una agresiva espiral de aumentos, cuando el planeta, por fin, empezó a prestar atención”, observa Sheeran. Es, en realidad, algo peor que un tsunami . Sumadas todas las víctimas de los desastres naturales de los últimos años, incluyendo el terrible tsunami asiático, ni de lejos alcanzan la cifra de 290 millones de personas, que se estiman como víctimas potenciales de la actual subida de precios de los alimentos.

Situación grave. La gravedad de la situación la reflejan en parte los números. No solo los de aquellos sobre cuyas vidas recaen la pobreza y el hambre. También las cantidades de las ayudas para remedios. Basten un par de comparaciones. Analistas estiman que la financiación necesaria para asistir de manera inmediata a las poblaciones más pobres en 53 países en desarrollo, más vulnerables a la subida de precios de los alimentos, es tan solo de $14.500 millones; y, si ese “tan solo” extraña al lector, compárelo con estos números: desde diciembre de 2007 la Reserva Federal de los EE. UU. ha ofrecido $510.000 millones y el Banco Central Europeo, $500.000 millones para sacar adelante el sistema financiero internacional.

Claro que es importante, pero ¿costará tanto a políticos y economistas apreciar, al menos de parecida manera, el valor de millones de vidas humanas de los países “en vías de desarrollo”? Unas últimas cifras de contraste: la ayuda internacional actual a la agricultura alcanza $4.000 millones, apenas algo más del 3% de los $125.000 millones con los que los países ricos de la OECD subsidiaron directamente a sus agricultores en el 2006. Mientras tanto, el presupuesto del PMA de la ONU para este año es de $755 millones.

Causas del problema. Para saber si en Costa Rica estamos preparándonos para enfrentar y prevenir los resultados del desastre que se avecina (en 34 países ya se han producido disturbios sociales por comida, incluyendo luchas por el agua), hay que retomar el análisis de las causas del problema.

No es fácil, porque el problema es múltiple e interrelaciona muchos factores: la crisis alimentaria, la energética, la financiera y ciertos rasgos del actual estilo y trayectoria de crecimiento al punto que algunos, como el propio economista jefe del FMI, piensan que la situación actual puede convertirse en “la tormenta perfecta”.

Por otra parte, porque dos décadas y media de bombardeo doctrinario han pintado un cuadro idílico de un mundo regido solamente por las fuerzas del mercado, con Estados debilitados y a la agricultura como especie de reliquia bucólica de sociedades premodernas. Finalmente, porque la dinámica de la actual globalización condiciona y limita el margen de acción para un pequeño país como el nuestro.

Posibilidades. Las mencionadas son dificultades reales. Pero no menos innegables son las posibilidades con las que cuenta un país de nuestras dimensiones. Claro que, para realizarlas, es preciso ante todo saber actuar como unidad. No apelando a una supuesta igualdad, de la que nos hemos ido alejando cada vez más en los últimos años. Más bien, construyendo objetivos comunes, tras identificar intereses generales, a partir de la innegable diversidad social y económica que caracteriza a nuestra sociedad, y con un ojo puesto, de manera privilegiada, en los más afectados por esta conjunción de crisis.

Como siempre, a quien más tiene, más se le puede pedir. Al Estado, por función, y a las empresas, sobre todo las transnacionales, por el control cada vez mayor que ejercen sobre la producción y distribución de alimentos y de agua. Unos y otros tienen un protagonismo que ejercer en esta tarea, si quieren actuar con responsabilidad. El secretario general de la ONU, con acierto, ha recordado a la Asamblea General que estos temas de alimentación son materia de derechos humanos.

Por eso, los Gobiernos no pueden dejar a un lado su obligación de proteger a la población de los efectos negativos que puedan tener, por ejemplo, prácticas monopolísticas que atenten contra el derecho a la alimentación y a la seguridad alimentaria: tecnologías que impiden la regeneración de las semillas, y el uso de derechos de propiedad intelectual sobre ellas que no vaya compensado equilibradamente con la defensa de los derechos de los pequeños productores agrícolas, así como los de los consumidores, para producir y consumir con independencia los alimentos más saludables.

Otro secretario general de la ONU, Boutros Boutros–Ghali, advirtió, hace años, que “no existe un sistema mundial coherente de rendición de cuentas que corresponda al ámbito mundial de las empresas transnacionales”. No existe un “contrato social” entre los particulares y las empresas transnacionales, y, si se elaboraron normas de derechos humanos para que los Gobiernos no abusaran de su poder sobre los ciudadanos, en una época en que las empresas son más poderosas que los Gobiernos, hay que ampliar el ámbito de aplicación de las normas de derechos humanos para que no abusen de la posición de poder que han adquirido.

Quizás no sea tan utópico pensar que ese tipo de “contrato social” pueda edificarse en un país como Costa Rica.

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