Opinión

Otra tragedia clásica

Actualizado el 02 de abril de 2013 a las 12:00 am

Lo acordado para Chipre puede afectar a otros países de la eurozona

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De las aguas espumosas de Chipre salió Afrodita, Venus en la mitología romana, la diosa del amor (no del amor cristiano, sino del que más cerca está de la lujuria). Hoy en Chipre, una pequeña economía que no sobrepasa el 0,2% del PIB de la Unión Europea, tienen sus ojos puestos muchos inversionistas del mundo. También, por cierto, las autoridades de Italia y España, quienes temen que sus economías sean contagiadas por lo que suceda en la vecina nación del Mediterráneo.

Chipre se convirtió en un importante centro financiero (en particular offshore ) y hoy los depósitos bancarios y no bancarios, como proporción de la economía, son de los más altos del mundo. Supuestamente bien supervisada y con buenas políticas de “anti-lavado” que, al decir de muchos, eran buenas en el papel pero no en la práctica, la banca local operó como agente financiero de acaudalados inversionistas rusos cuyos recursos, al decir de algunos, eran de dudosa procedencia.

Las entidades chipriotas invirtieron mucho en títulos de deuda griega que, como sabemos, pagaban tasas altas en momentos que en otros mercados prácticamente no se pagaba nada, pero que iban acompañados de un riesgo alto.

El sistema financiero chipriota entró en aprietos con la crisis internacional y la crisis fiscal griega; aprietos que por el enorme peso del sistema financiero en su economía eran insoportables a lo interno. Por ello, de inmediato las autoridades solicitaron el apoyo de sus hermanos mayores en la eurozona. El apoyo llegó, pero fuertemente condicionado.

La solución propuesta (o, mejor, impuesta) fue que el esquema de seguro de depósitos solo cubriría a los pequeños depositantes y que los grandes, y los poseedores de otra forma de acreencia financiera, soportaran la proporción de las pérdidas que les correspondiera.

La solución es adecuada si se tiene presente que los pequeños depositantes no suelen tener pleno conocimiento de los riesgos del sistema financiero, ni de los intermediarios con los que mantienen relación, pero los grandes sí; o al menos deberían tenerlo. La salida (protección para los pequeños e ingenuos depositantes; caveat emptor para los demás) lo que se propone es mantener bajo control el riesgo moral que en esta materia suele estar presente.

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Aquí se ve la mano de los alemanes, finlandeses y de una mayoría de los habitantes del norte de Europa, que con esfuerzo han logrado mantener ordenadas sus economías y finanzas personales, y que están cansados de que sus impuestos soporten el costo de lo que consideran irresponsabilidad macro de los países del sur, los miembros del Club Med.

Pero lo acordado para Chipre puede afectar a otros países de la eurozona, en particular a los de la periferia sur, como Italia, España y Portugal, quienes se sienten huérfanos de lo que creyeron eran esquemas pan-europeos de “solidaridad” que, al atender prontamente las necesidades fiscales y del sistema financiero, por grandes que ellas fueran, garantizaban la estabilidad de sus economías y la solidez de la moneda común: el euro. No hay tal cosa. Ahora el sentimiento es que si bien el euro merece ser salvado, no ha de ser a cualquier costo. En particular, no lo será atizando el riesgo moral en los países que conforman la eurozona.

Yo no sé si la eurozona sobrevivirá en la forma concebida al adoptar las reglas de convergencia de Maastricht (bajos déficit fiscal, endeudamiento público e inflación), que fueron acompañadas de respeto a la soberanía de los países. La eurozona podría reducirse a los países que sí son capaces de cumplir con Maastricht o hasta podría desaparecer y cada uno de sus miembros volver a sus anteriores monedas – el marco, la lira, el dracma, la peseta– lo cual, ante una crisis, al menos les da oportunidad de devaluar. También podría la eurozona sobrevivir, pero con una enorme pérdida de soberanía de los países que la conforman, la cual le sería entregada a algo así como la actual “Troika”, representada por la U.E., el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional.

La historia no ha terminado todavía. Por su parte, Afrodita puede decir que nada de esto es su culpa.

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