Cuando la voz en mi cabeza se volvió insoportable, y me reconocí incapaz de callarla con otro whisky o unos zapatos nuevos, comencé a ir a terapia. Dejé de tomar por varios meses. Corrí una media maratón y me fui de viaje a Perú. Fue como una película cliché de Julia Roberts, chiquillos.

 15 marzo, 2015

Al que me hizo la primera escena de celos. Al que me dejó por otra. Al que comenzó conmigo teniendo novia y luego comenzó con alguien más mientras estaba conmigo.

Al que planeó un viaje a mis espaldas y me avisó tan solo unas semanas antes de irse.

Al que, cuando me terminó por teléfono, me dijo que yo no era “material para novia”.

Al que no pudo imaginar un futuro conmigo.

Al que solo quería ser amigos.

Al que no se quería casar nunca, pero cuando terminamos se casó con otra...

Gracias, chiquillos. De corazón. Les agradezco porque cuando cumplí treinta me atacó la loca. De repente, la certeza de que iba a quedarme sola, seca, sin hijos, se apoderó de mí al tiempo que juntaba los pedacitos de mi última ruptura. Mientras me tomaba un whisky tras otro y no paraba de llorar, sintiendo una profunda lástima por mí misma, un delirio espantoso se fue perfilando frente a mis ojos: era verdad, yo no me había dado a respetar nunca. Era verdad, los hombres escogen a cierto tipo de mujer para casarse y sentar cabeza. Era verdad, yo era otro tipo de mujer, con la que los hombres pasaban el rato, pero no se comprometían...

Querer queriendo
Querer queriendo

Cuando la voz en mi cabeza se volvió insoportable, y me reconocí incapaz de callarla con otro whisky o unos zapatos nuevos, comencé a ir a terapia. Dejé de tomar por varios meses. Corrí una media maratón y me fui de viaje a Perú. Fue como una película cliché de Julia Roberts, chiquillos. Una película mala, con amorío internacional incluido, en la que yo andaba perdida y al final me encontraba. Y me encontré en dos verdades gigantescas, irrefutables, que han regido mi vida amorosa desde entonces: primero, que no hay personas malas sino problemas de casting; segundo, que cuando una más desesperación siente por estar acompañada es cuando más necesita estar sola.

Soy mejor persona gracias a ustedes. Ya no le tengo miedo a la sensación de vacío que deja una ruptura. Hasta he podido terminar relaciones yo misma, cuando no me siento satisfecha con lo que me ofrecen. Decidí no volver a traicionarme a cambio de un abrazo, una sonrisa o una mano que sujete la mía cuando camino por la calle. Tomé la decisión de quererme más de lo que quiero a los otros. De querer a los otros sin dejar de quererme.

Todo lo que me sucedió en su paso por mi vida me enseñó a no dejar de lado mis aspiraciones y anhelos con tal de estar acompañada. Aprendí a ser honesta conmigo misma y con quienes me rodean. A decir en voz alta cuáles son mis expectativas de una relación de pareja, sin miedo a que mi interlocutor salga huyendo despavorido. Aprendí que soy la persona más importante de mi vida y que cuando todo acabe, estaré sola conmigo misma: mi única compañera desde siempre y para siempre. Por todo lo bueno que nos dimos y, sobre todo, por lo malo: mil gracias.

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